17/03/08

Biografía y Contacto


Nació en Manizales el 25 de abril de 1941. Bachiller del Instituto Universitario de Caldas y estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Caldas. Escritor y Periodista.
Ha sido profe­sor de enseñanza secun­daria y también en varias universidades: Universi­dad de Buenaventura, Universidad de la Saba­na (antiguo INSE), Impa­hu. Escribe hace aproxi­madamente 40 años. Ha publicado artículos en El Tiempo, El Espectador, La República, La Patria, El Siglo, El Pueblo, El Oc­cidente, El País, Van­guardia Liberal; igual­mente en varias revistas:Arco, Puesto de Combate, Consigna, Nueva Frontera, Común Presencia. Dirigió por 3 años la Re­vista Siglo XX.
En 1972 quedó finalista en el Primer Concurso de Cuento "Onix Sello Ne­gro” convocado a escala nacional. En 1973 publicó su primer libro de cuento "Color de Hor­miga”, en la Colección Popular del Instituto Colombiano de Cultura, Colcultura. En 1974 se publica El Café volumen 3 de la Enciclo­pedia del Desarrollo Co­lombiano y Artes Gráficas, volumen 2 de la Enciclopedia del Desarro­llo Colombiano en colaboración con Gonza­lo Canal Ramírez; en 1977 El Ca­fé, Cultivo e Industria, Editora 2.000. En 1976 His­toria Universal, Editorial Universitaria de América); Sicología, Edito­rial Universitaria de Amé­rica (1977). En 1980 El Contador de Cuentos, segundo lugar en el Concurso de Cuento convocado con motivo de los 70 años del Departamento de Caldas. En 1983 publica El oficio de preguntar, ensayo. En 1984, Diario de una Infancia. En 1987, Marguerite Yourcenar o la profundidad, ensayo. En 1993, Las muertes de Caín, cuento. En 1996, La escritura como pasión, ensayo. En 2001, Trilogio, cuento.
Antes de ingresar a la Federación de Cafeteros, estuvo vinculado a la empresa Canal Ramírez- Antares y allí fue Director Académico de la Enciclopedia del Desarrollo Colombiano. Para esa colección diseño la publicación y programó los contenidos de los 50 volúmenes que la conformarían y trabajó directamente en la elaboración de dos de ellos: Las Artes Gráficas y El Café.
Su aproximación al tema del café se dio con la publicación de "El Café", Vol.III de la Enciclopedia del Desarrollo Colombiano que apareció en 1974.
Ya como Asistente de Relaciones Públicas, y luego como Jefe de Publicaciones de la Federación publicó:
"El Café, cultivo e industria" Editora dos mil, Bogotá, 1976
"Colombia, café y paisaje, Interprint Editores, Bogotá, 1986
"El café en la vida de Colombia", Editorial Carvajal, Bogotá, 1987
"El café, relato ilustrado de una pasión", Editorial Colina, Medellín 1989
"Aventuras ilustradas del Café", dirigido a los niños, Editorial Colina, Medellín, 1990.
"Don Leo" Editolaser, Bogotá 1991
"Un caballero del café" Ed. Común Presencia, Bogotá, 1997
"Vida y hechos del café en Colombia" Editorial Común Presencia, Bogotá 1998.
“La caficultora en el Huila”, 2000.
“Don Pedro, el liderazgo cafetero desde la provincia”, 2007
Sobre el tema del café ha publicado numerosos artículos en periódicos y revistas nacionales y extranjeros. Con sus escritos ha contribuido al conocimiento del cultivo del café y de la industria que se sustenta en su producción: comercio, transporte e industrialización.
De su actividad como pintor resaltamos:
EXPOSICIONES INDIVIDUALES
Galería La Nacional de Seguros - Manizales, 1991 Casa del Marqués de Valdehoyos - Cartagena, 1993 Universidad INCA de Colombia - Bogotá, 1993 Galería Distribuidora El Libro - Bogotá, 1993 – Fondo Cultural Cafetero, Bogotá, 1994- Centro Colombo-Americano. Bogotá, 1995-Instituto Caldense de Cultura, Manizales, 2001
EXPOSICIONES COLECTIVAS
Intercambio de Estampa - La Habana, Cuba, 1992-1993 Primer Salón de la Demencia - Academia de Artes de Bogotá, 1993 Gráfica Solidaria - Casa de las Américas, Bogotá, La Habana, 1993 Agenda 94 - Taller Big Bang, 1993-1994 Taller Armada Intangible - Cartagena, 1994 Tren a Gran Velocidad por América Latina - Lieja, Bélgica, 1994 – V Bienal de Arte Latinoamericano de Suba, Bogotá, 2005- VI Bienal Internacional de Arte Latinoamericano de Suba, Bogotá, 2008
E-mail: chalarcajose@hotmail.com

Trilogio

Por Óscar Castro García

El título de este libro puede interpretarse como la unión de trilogía –las obras dramáticas o tragedias en la antigua Grecia– y elogio, de lo que se considera bien acabado; o también como la unión de tres –obras de cuento– con logos, o palabra, expresión, discurso y razón... De esta manera, varios cuentos de Color de hormiga (1973), El contador de cuentos (1980) y Las muertes de Caín (1993), se reúnen como tríptico-alabanza de treinta años de trabajo literario. Catorce cuentos de un narrador no convencional y directo, dedicado a la crítica, la creación literaria y la docencia; y que ahora selecciona la propia obra en forma autocrítica.

Aunque la distribución de los cuentos en el libro propone consideraciones cronológicas, en ellos se encuentran temas y sentidos que se sobreponen al opresivo paso del tiempo, porque inquietan sobre asuntos más esenciales para el hombre: la presencia del mito y de la cultura, en forma intertextual, con preponderancia de lo trágico desde la perspectiva del mito, y de lo irónico desde la perspectiva de la historia, en El pan de los perros, relato en el que Cristo sobrelleva un destino que no acepta y que tampoco puede quitarse de encima; en Edipo dice que no, donde la arrogancia y la incredulidad de su protagonista mantiene en vilo al pueblo de Tebas, mientras él cumple su destino en forma ciega y egoísta; y en La segunda pasión de Medea, en el que la mujer, insaciable y también egoísta, busca acabar con su condición de esposa separada y víctima del matrimonio.

Chalarca propone también mirar de nuevo el que, a mi modo de ver, es el más interesante tema de la antología: el erotismo. Con frecuencia, los adolescentes se vuelven víctimas de las frustraciones de los adultos, como en el cuento anterior, en el cual Medea seduce al joven novio de su hija con los melindres y los encantos que dan más su dinero y sus lujos que sus atractivos físicos o intelectuales; en Erótica, cuento que muestra cómo la mujer, aprovechando la momentánea ausencia del marido, trata de iniciar al joven trabajador, en un coito interruptus que la lleva al borde del peligro ante la súbita presencia del hombre; y en El mudo, personaje que con un fuerte golpe rompe el idilio y los deseos reprimidos del muchacho por la mujer ajena. Se destaca en este campo Con el alma en la boca, porque reúne la polimorfa manifestación del erotismo en un joven sicario, quien prefiere muertos a sus amantes Marcia y Ever, y a su bebé, a que otros los disfruten, o a que se vean sometidos al escarnio de la policía y de los periodistas.

La muerte también se impone su presencia, un tanto sarcástica en Troski como resultado de las frustraciones personales; o sutil y elegante, plena de tragedia, en Muerte limpia, en la que una vida sin sentido elige una muerte solemne; o como parte de una labor rutinaria o sublime, como sucede, en forma paradójica, en Con el alma en la boca.

En fin, en estos cuentos también se encuentra lo anodino o pasajero de nuestra condición, como en La pela, Lucero, Embriaguez, El pesebre, Su futuro está en las ventas y Color de hormiga, cuentos que revelan la poca trascendencia que tiene la vida para quienes ni buscan ni encuentran trascendencia en sus vidas.

A lo temático se unen el humor, la ironía, la visión realista y sardónica de la realidad –en una escritura limpia de afeites y directa en sus pretensiones–, así como la sensación de que la vida es intensa en cada momento o para siempre inútil y sin sentido.

Trilogio: "Juan Nube"

Por José Chalarca

Juan Carlos alcanzó una nube y la hizo su cabalgadura. Era luminosa, grácil, veloz. Transportarse en la nube volvió a Juan Carlos más alegre, más cordial. La libertad de movimiento que le permitía su nube-caballo le ganó entonces más amigos y también muchos enemigos.

Día con día Juan se tornaba más transparente y generoso. Todos podían ver los movimientos de su corazón. Muchos le dijeron : cuídate. El mundo se ha dañado y no ve con buenos ojos la luz y la alegría, menos aún, la bondad de corazón.

Él, bueno como era, no les dio crédito y una noche tenebrosa los chicos de la pandilla del odio lo abordaron en un callejón sin salida.

–Bájate de la nube, le dijeron.

–¿Por qué?

–¡La queremos. Es más luminosa y rápida que las nuestras!

–¡Pero es que mi nube soy yo!

–Estupideces, dijeron en coro los hijos del odio.

Entonces uno de ellos disparó un revólver y la bala pegó directo en la frente de Juan. Mientras el niño caía, la nube se deshizo en infinitos hilos de plata que se bebió el suelo oscuro.

La escritura como pasión: "Espinosa, la novela como creación poética"

Por José Chalarca

De un suceso histórico, la toma de Cartagena por Jean Bernard Desjeans, barón de Pointis, ocurrida en el mes de abril de 1697, toma pie Germán Espinosa para escribir una gran novela La Tejedora de Coronas.

Espinosa inicia su novela con la presentación de la vida tranquila en la Cartagena colonial, de dos familias de pro: los Alcocer y los Goltar, vista con los ojos de una muchacha que contempla ante el espejo las primicias de la femineidad que empieza a emerger en las formas de su cuerpo, Genoveva Alcocer y quien narrará en primera persona todos los sucesos de la novela.

En el contrapunto está Federico Goltar, adolescente también, cultivador de la astronomía, quien será el gran amor de Genoveva. Por ella y en su honor, Federico nombrará con su nombre —Genoveva—, un planeta nuevo que ha logrado descubrir con su telescopio y a ella sólo confía el hallazgo que no puede comunicar a nadie más por la acechanza del Santo Oficio.

Espinosa tiene una manera singular de encadenar los hechos múltiples que jalonan la novela. Genoveva Alcocer, la narradora, cuyo nombre significa tejedora de coronas, aparece sentada ante un auditorio invisible para urdir ante sus ojos abismados las hebras infinitas con las que teje y colora el tapiz magnífico de su historia.

Pese a las casi 400 páginas en las que se da cuenta de más de 80 años de historia que no concluyen, cuya terminación queda librada a la fantasía del lector, el novelista, con gran maestría narrativa, nos hace sentir que todo ocurre de un solo tirón de relato.

No hay en el texto más puntuación que las comas, recurso éste utilizado con efectividad porque de él surte la fluidez, la continuidad ininterrumpida del relato.

Genoveva aparece como la personificación de la lucidez. Del sentido común. Frente a Federico ganado por la fantasía y el ensueño, que con ingenuidad de niño ve en los piratas la posibilidad de evadir los límites estrechos de la colonia para llegar hasta la tierra prometida de Francia y estudiar allí sin limitaciones, sin temores, sin premuras el universo de los astros, Genoveva es el sentido de la realidad, que percibe la terrible verdad que los aguarda.

Espinosa mantiene con acierto el suspenso. Desde las primeras páginas anuncia lo que va a suceder, plantea lo que constituye el nudo de la obra y capítulo tras capítulo, va acumulando situaciones, avanzando matices que sólo alcanzan su contorno definitivo en las últimas páginas del libro.

Con esta Genoveva medio bruja, medio sibila, medio vidente, medio ninfomaníaca, pero mujer total, Espinosa nos lleva a recorrer la Europa sacudida por las revelaciones de la Ilustración, entusiasmada con el estudio de la naturaleza, estrenando un sentimiento nuevo que le hace tener conciencia de la humanidad como de ella misma en la realidad de sus aciertos y de sus torpezas. Desconfiada de la historia y con una concepción de Dios en la que sólo se le permite la función de creador o primer motor de la existencia.

En esta Europa, Genoveva Alcocer, de belleza exótica y sexo generoso, peregrina por los lechos de los hombres de ciencia, incluido el gran Voltaire; participa en sociedades secretas cuya misión es catequizar en los principios de la nueva ciencia, penetra en los recintos del Vaticano para hablar con el Papa y llega en su itinerario hasta los confines de la Santa Rusia. Todo sin dejar de ser ella misma y sin perder contacto con su querencia la Cartagena violada, saqueada, ensangrentada por los piratas, confundida en su conciencia y en su carne por los arrebatos de la Inquisición.

En la Europa del siglo XVIII Genoveva aprendió que: la creación, el universo, es una escritura críptica que debemos descifrar antes de llegar a convertirnos en dioses, estamos escritos en un texto divino donde se confunden presente y futuro, ya que de cierto modo, el futuro ha ocurrido tanto como el pasado, sin que ello deteriore nuestro libre albedrío.

Este saber es el que quiere transmitir a su gente de Cartagena y de todo el mundo nuevo aherrojado por las cadenas oscurantistas de la política colonial. Ello porque tiene la conciencia de que uno empieza a ser un cadáver cuando ya no puede ofrendar su recuerdo sino a las tumbas.

Luego de convulsionado periplo, Genoveva Alcocer regresa a su Cartagena y encuentra que hay en ella terreno fértil para dejar caer las semillas del saber que recogió en su travesía por tantas tierras, de su yacer en tantos tálamos que le brindaron la oportunidad de conocer en la fuente y en el reposo del ejercicio amatorio, toda la verdad que guardaban sus amantes.

Llega a Cartagena con la belleza del cuerpo marchita de tanto transitada pero no se amilana, no se acongoja, porque la alienta la convicción profunda de que la única belleza que es posible conservar es la espiritual y ello a condición de no hacer demasiadas concesiones a los demás precepto que ha cumplido con rigor.

Genoveva asiste, ya en los últimos ester-tores de la novela, a la ejecución de la bruja de San Antero, condenada a instancias del Santo Oficio. En este acto y mientras uno espabila, el autor con mano diestra confunde ante el lector los papeles y como por un ensalmo de prestidigitación, Genoveva es la bruja de San Antero que se quema en la hoguera, pero es también y a la vez la Genoveva Alcocer que remata el cuento de su aventura. Es algo similar a lo que ocurre con Gian Pier Francesco Orsini, el duque de Bomarzo, en la novela magistral de Manuel Mujica Lainez.

¿Muere Genoveva? Yo creo que no, porque Genoveva es esta América nuestra, de piel cetrina, crisol de razas que busca todavía su identidad, que está en el camino de definir las proporciones de su alma, de trazar la fisonomía de su espíritu, de fijar los rasgos de su personalidad.

Hay en esta novela de Germán Espinosa, todos los elementos que se requieren para lograr las obras maestras en su género: historia, fantasía, suspenso. Contiene pasajes de un lirismo estremecedor y el lenguaje que la confecciona está matizado del más encendido color poético, para el que aplico la exclamación que el autor pone en boca de Genoveva: qué decir de los narradores, a quienes nadie ha llamado poetas, pero que son a veces más poetas que los poetas.

Creo que esta novela de Espinosa, no tiene parangón en la novelística colombiana y que sólo admite comparación con dos grandes muestras en su género dentro de la literatura hispanoamericana: Bomarzo y El Siglo de las Luces y no vacilo en afirmar que ella es la mejor, la más lograda, la más bella que se ha escrito en Colombia en los últimos veinte años, después de Cien Años de Soledad.

Vida y hechos del café en Colombia

Por José Chalarca

Orígenes del Café. El cafeto es oriundo de Abisinia, hoy República de Etiopía, situada en la parte nororiental del continente africano.

Por mucho tiempo se pensó que este arbusto cuyo fruto ha jugado un papel de tanta importancia dentro del proceso de la cultura occidental, era originario del Yemen, al sur de la Arabia Feliz, quizás en razón de que las más antiguas leyendas relacionadas tanto con el cultivo, como con el descubrimiento del café como bebida surgieron en Arabia.

Los escritos más antiguos sobre el café proceden de Arabia o de países de cultura o influencia árabe. Entre los más famosos de estos escritos está el titulado El Triunfo del Café, compuesto por un sabio de la Meca llamado Abu-Bek, en los primeros años del Siglo XV y traducido al francés en 1699 por el orientalista Antoine de Gailland traductor también de las Mil y Una Noches.

Igualmente se debe a Gailland la versión de Las Pruebas y Demostraciones más Fuertes en Defensa de la Legitimidad del Café, cuyo primer manuscrito está fechado en 1559 y del que es autor un cheik de Medina llamado Ab-El-Kader Ansari Jazariel Hambali.

Entre las muchas leyendas y tradiciones sobre el descubrimiento del café y su utilización como bebida, la que ha tenido mayor difusión y ha sido más aceptada es la del pastor Kaldi. Dice la leyenda que el joven Kaldi vio un día el comportamiento extraño de su ganado: sus cabras saltaban y corrían presas de una euforia desbordante. La curiosidad le llevó a observar y establecer luego que los animales cambiaban su proceder después de comer los cogollos de un arbusto que producía pequeñas cerezas rojas. Probó él mismo las hojas y al poco tiempo experimentó similar inquietud.

En la primera oportunidad llevó algunas ramas y frutos al superior de un convento ubicado en las cercanías de su campo de pastoreo. Contó al abad lo sucedido con su rebaño y lo experimentado por él. El superior del convento procedió entonces a cocinar ramas y frutos pero la bebida obtenida resulto de un sabor tan desagradable, que arrojó la cocción a las llamas.

Cuando los frutos empezaron a quemarse, producían un aroma tan agradable, que el buen monje tuvo la idea de preparar la bebida a partir de los granos tostados. Y así nació el café, bebida.

Difusión del consumo y del cultivo. Los árabes descubrieron pronto las virtudes del café y más que sus virtudes, sus posibilidades económicas. Por ello guardaron desde un comienzo todo el sigilo posible sobre las técnicas de cultivo y procuraron por todos los medios impedir la salida de semillas.

El café inició su conquista del mundo como bebida. A Europa entró por Italia en el año 1645 por obra del comerciante veneciano Pietro Della Valle aunque el autor H.J.E. Jacob sostiene en su libro Cuentos y Victoria del Café que el consumo de la bebida en Europa comenzó por Viena con ocasión de la marcha de los turcos sobre la capital austríaca al mando de Kara-Mustafá y atribuye la apertura del primer café, no sólo en Austria sino en el continente europeo, a un héroe polaco de aquella jornada: José Koltschitzky, quien inició labores en un local del Centro de Viena, el 12 de septiembre de 1683.

Los ingleses empezaron a tomar café en 1650 gracias al comerciante Daniel Edwards, de quien se afirma fue también el primero en abrir un establecimiento dedicado al expendio de la bebida, no sólo en Inglaterra sino en Europa entera.

A Francia el café entró por el puerto de Marsella. Se afirma que en 1660 algunos comerciantes marselleses que conocieron en sus correrías las bondades del café y se habituaron a su uso, hicieron traer de Egipto algunas cargas y para 1661 se abrió en Marsella la primera cafetería.

La historia señala el nombre de Solimán Agá, embajador ante la corte de Luis XIV, como el introductor del uso del café como bebida entre la alta sociedad parisiense.

El expendio del café en lugares públicos de París lo hicieron por primera vez un oriental llamado Pascal Armeniano que abrió una tienda de café hacia 1672 en el tradicional Saint Germain y un siciliano de nombre Procopio que abrió, en el mismo vecindario, otro expendio cuyo recinto logró congregar, merced a la calidad y buen gusto de su café, a la mejor sociedad parisina. En 1689, Procopio trasladó su negocio a un local que daba frente al teatro de la Comedia Francesa, en donde permaneció por mucho tiempo. El café de Procopio llegó a tener un gran prestigio en toda la capital de Francia.

Llegada del café a América. Antes de llegar a la América y a Colombia el café cumplió un largo periplo. En 1690 el holandés Nicolás Witzen, logró burlar la vigilancia de los árabes y llevar, desde Moka, un arbusto o unas semillas —las fuentes no lo precisan— a la ciudad de Batavia (antigua capital de las Indias Orientales Holandesas y hoy capital de la República de Indonesia, Yacarta). Witzen tuvo éxito, el café prendió fácilmente y ese mismo año el gobernador de esa colonia envió un pie de cafeto para que se cultivara en los invernaderos de Amsterdam. Seguramente los holandeses de ese entonces pretendieron cultivar el cafeto en su propia tierra con lo que disminuirían los costos y los riesgos del transporte de aquellos años y su intento resultó fallido porque, como lo veremos más adelante, el cafeto es un arbusto propio de la zona tropical de la tierra y su cultivo es imposible en otras latitudes del planeta.

Dicen los historiadores que un militar de apellido Ressous llevó a Francia la primera planta de café procedente de Holanda. Esta planta fue presentada al Rey Luis XIV en Marly en el año de 1712 y que de allí se envió al Jardín de Plantas de París donde produjo flores y frutos; pero muy pronto murió. Ante este hecho el burgomaestre de Amsterdam, señor Brancas, envió otra planta al rey en 1714.

José A. Osorio Lizarazo, historiador y novelista colombiano, anota que este cafeto enviado a Luis XIV por el Consistorio de Amsterdam no fue un don gratuito, sino el resultado de largas negociaciones diplomáticas a raíz de la Paz de Utrecht en 1713, al frente de las cuales estuvo el abate Polignac. Que la planta llegó a París en 1714 y fue recibida por el Rey acompañado de su corte en Marly.

La pequeña planta se entregó al cuidado del botánico Antoine de Jussieu, el primer científico europeo en hacer su descripción y que clasificó, a fines de 1714 como (Jasminus Arabicum Laurifolio, cujus semen nos caffe dicitur: (Jazmín de Arabia con hojas como de laurel, cuyas simientes nosotros llamamos café).

Jussieu logró que el cafeto prosperara, diera semillas y produjera otros arbustos, pero fue removido de su cargo de director del Jardín Botánico de París. En su reemplazo nombraron al médico Chirac quien, en 1723 confió a un militar, de nombre Gabriel De Clieux el transporte de una plantita a las colonias francesas de América, concretamente, a la isla de Martinica.

El café pegó bien en Martinica y según todos los datos conocidos, del arbusto traído por De Clieux, proceden todos los cafetales que empezaron a sembrarse en América Latina; esto a pesar de la estrecha vigilancia sobre las semillas que establecieron los franceses con el ánimo de convertirse en abastecedores únicos del mercado.

Llegada del Café a Colombia. Existen varias versiones sobre la llegada del café a Colombia. Para algunos las primeras semillas o plantas entraron por el oriente a territorios de los departamentos de Norte de Santander y Santander, procedentes de Venezuela; para algunos otros, el cafeto llegó por la región de Urabá, desde Centro América.

La versión más autorizada sobre la plantación de las primeras semillas de café en territorio colombiano es la del sacerdote jesuita español José Gumilla, quien consigna en su obra El Orinoco Ilustrado, la siembra de la planta en la misión de Santa Teresa de Tabage, fundada por la Compañía en la desembocadura del río Meta, en el Orinoco, hacia 1730.

Según fuentes autorizadas los jesuitas llevaron luego semillas de café a Popayán y las sembraron en 1736 en el seminario que tenía la comunidad en esa ciudad.

Son muchas las noticias de siembras de café en distintas regiones del país durante el siglo XVIII; el Virrey Caballero y Góngora, en carta de 1787, afirma que el café se produce bien en todas las regiones de Girón (Santander) y Muzo (Boyacá); sin embargo el cultivo industrial de la planta solo se inició hacia la tercera década del siglo XIX ya que la primera exportación registrada por la cifra de 2.592 sacos de 60 kilos data del año 1835. También es seguro que estos cultivos comerciales se realizaron primero en el oriente del país, en la región que hoy ocupan los Santanderes.

Difusión del cultivo. Las características particulares del suelo colombiano hicieron que el café pegara bien y facilitaron su cultivo. A esta circunstancia se añadieron otras de carácter económico y social tales como el hecho de que el país necesitara de un producto de exportación que garantizara la entrada de divisas suficientes para sustentar su economía y procurar su desarrollo.

De otra parte, la siembra y el beneficio del café ofrecían posibilidades de organizar empresas de tipo familiar que generaban empleo de mucha mano de obra.

Ya dijimos que el cultivo comercial del café se inició en la parte oriental del país, en el territorio de los actuales departamentos de Norte de Santander y Santander. En esa región uno de los principales impulsores de la caficultura fue el sacerdote Francisco Romero, quien estuvo al frente de varias parroquias de la región entre ellas la de Salazar de las Palmas. Este sacerdote, valiéndose del púlpito y del confesionario —imponía como penitencia la siembra de una o varias matas de café—, jugó un papel de mucha importancia en la difusión del cultivo cafetero.

A partir de 1850 el cultivo del café fue desplazándose desde Santander hacia otras regiones del país, particularmente hacia Antioquia.

Este desplazamiento se hizo más efectivo entre 1874 y 1900 y recibió un particular impulso con la inauguración del ferrocarril de Antioquia en 1893, que ofrecía a los nuevos caficultores facilidades para transportar sus cosechas.

El café en la música, el teatro, la poesía y la pintura

Sobre influjo del café en la cultura occidental podrían escribirse numerosos volúmenes; nosotros tenemos que contentarnos con una breve enumeración de las obras más notables que nos lo demuestran.

Juan Sebastian Bach (1685-1750), uno de los más grandes músicos de todos los tiempos, compuso, en 1732 una Cantata del Café (Schweigt Stille), —una de sus poquísimas cantatas profanas—, en la que campea el mismo genio que impregna las demás obras de su inspiración en este género; en esta cantata Bach se manifiesta en un aspecto de comicidad sobria, insólito en él, siempre tan ceñido a la estructura casi matemática de su obra. El contenido del texto es una disputa entre un personaje que odia el café y su hija, que lo encuentra más agradable que cualquiera otra cosa en el mundo.

Otra de las muchas obras que hicieron época en Europa, no ya en la música sino en el teatro, es la comedia en tres actos del célebre comediógrafo veneciano Carlo Goldoni (1707-1793).

La Bottega del Café (El café), estrenada en 1750. El café de Goldoni, es una comedia de caracteres y al mismo tiempo de intriga en la que el verdadero protagonista es un café y uno de sus asiduos clientes, don Marzio, de alma charlatana, despreocupada y alegremente chismosa.

El café, dada su significación en la vida colombiana ha sido motivo de inspiración para novelistas, compositores, poetas, cuentistas, pintores, fotógrafos y otros muchos cultores de las diversas formas de expresión artística.

En el campo de la novela, las obras más logradas con el café al fondo son La Cosecha de José A. Osorio Lizarazo (1900-1964), cuyo tema es la vida de un sector de la población cafetera colombiana. Al pie de la ciudad del novelista antioqueño Manuel Mejía Vallejo (1923), distinguido internacionalmente con el premio Nadal y, Cuando pasa el ánima sola del novelista antioqueño Mario Escobar Velásquez, obra ganadora del premio Vivencias.

En poesía cafetera cabe destacar el poema descriptivo Coffea Arabica de Nicolás Bayona Posada; Romance del Café de Guillermo Edmundo Chávez, el Canto al Café del poeta caldense Ricardo Arango Franco y El Café, soneto de Ismael Enrique Arciniegas, cuyo texto transcribimos como ejemplo:

El Café

De mi tierra en los ásperos breñales

he visto abrirse sus fragantes flores,

que parecen, del sol a los fulgores

nieves sobre los verdes cafetales.

Y después, como fúlgidos corales,

en explosión de vírgenes olores,

lo he visto entre los gajos tembladores,

a la sombra de bosques tropicales.

Ahora..., humea! riega tu perfume;

del ideal las alas desentume

y agita en rauda conmoción mis nervios.

En mí la inspiración sus rayos quiebre;

mi frente nimbe y en sagrada fiebre,

mis versos surjan graves y soberbios.

Ismael Enrique Arciniegas

Los compositores de música popular han encontrado en el café un rico motivo de inspiración. Entre las composiciones más conocidas hay que mencionar el bambuco Sangre de Café de Carlos Botero Henao con letra de Iván Cocherín; Mi Cafetal de Crescencio Salcedo; El Cafetal de Gonzalo Vergara y el bambuco Cafetal de Luis Carlos González.

Dentro de la música culta la obra mas sobresaliente es la del maestro antioqueño Fabio González Zuleta: Sinfonía del Café.

La pintura colombiana con el tema del café cuenta con importantes trabajos de Alipio Jaramillo, Gonzalo Ariza y el pintor caldense Eduardo Ramírez Castro, quien es el que ha realizado una obra más importante con temática cafetera como lo son sus series: Historias del Café, Crónica Visual de Caldas y Adiós al Café.

En fotografía cafetera sobresalen los nombres de Luis A. Ramos, antioqueño, quien hizo magníficas fotografías hacia 1930; José Obando, también antioqueño y de la misma época de Ramos y Félix Tisnés Jaramillo, caldense, distinguido con varios premios nacionales y mundiales de fotografía y logró reunir uno de los archivos más impresionantes sobre el tema: 20.000 fotografías, muchas de las cuales le han dado la vuelta al mundo.

Las Muertes de Caín: "Lucero"

Por José Chalarca

Para Leonel Góngora

Le dije a papá que eran muchas cosas, que no debíamos echar­las todas en un sólo viaje. Pero no me hizo caso.

A esa hora –casi las seis de la tarde–, estaba de mal humor. Era el final de un día difícil, pesado; no habíamos logrado conseguir ningún trabajo y la espera resulta siempre más fatigosa que la acción.

Yo estaba hambriento; apenas tomamos un vaso de leche a la hora del almuerzo y tenía –literalmente–, el estómago pegado a las costillas.

Cuando llegó la señora y después de discutir con varios carretilleros y se avino al precio fijado por papá sin ver las muchas cosas que era necesario movilizar, yo sentí una mezcla de alegría y de pena. De un lado la perspectiva de regresar a casa; de otro el esfuerzo que tendría que hacer el pobre Lucero, nues­tro caballo.

Entre los dos terminamos de subir los corotos a la carretil­la como a las seis y media y de inmediato iniciamos la marcha. El trayecto era corto pero casi todo por una de las más empinadas calles de Manizales.

Yo iba detrás halando la carretilla, con todas las pocas fuerzas de mis diez años. Faltaba una parte escasa del recorrido y de pronto Lucero pisó en falso y se fue al suelo sobre sus manos. El impacto del golpe rompió los lazos y todos los enseres que transportaba la carretilla se esparcieron por la calle.

Papá desenganchó a Lucero que no pudo pararse. Rápidamente terminamos de arrimar a hombro las cosas del trasteo y volvimos a ver lo que ocurría al animal.

Tenía la mano derecha fracturada. Cuando miré a sus ojos grandes diciéndome el dolor que padecía, sentí que el mundo se derrumbaba a mi alrededor. Hice un esfuerzo para contener las lágrimas; delante de papá no se podía llorar porque era un fanático de la sentencia: “los hombres no lloran”.

Dijo entonces que no había nada que hacer y se fue en búsqueda de un policía que rematara a Lucero de un tiro de revólver. Cuando el agente cumplió su cometido tuve entonces plena conciencia de que con el caballo se iba una amistad entrañable y se precipitaba sobre nuestro hogar una densa sombra de hambre y de penuria.

Un circo que hacía temporada en Manizales compró a papá el caballo para alimento de las fieras. Le dieron treinta y cinco pesos, más dos entradas para la función de la noche en locali­dades de platea.

Aunque era el primer circo de mi vida, con la complicidad de la semipenumbra dejé correr mi llanto y recé por Lucero durante todo el espectáculo. Desde entonces nunca he podido gustar del circo.

Erótica

Poco o nada sabía de lo que los curas llamaban pecados de la carne. Todo en su mente eran fabulaciones edificadas sobre retazos de conversaciones que escuchara aquí y allá de algunos adultos descuidados. O de los relatos fantasiosos cargados a veces de malicia e inocente procacidad de los muchachos de la escuela matriculados en cursos superiores. O de las imágenes entrevistas, miradas de soslayo y a hurtadillas en revistas. Pero nada concreto. Las urgencias de la libido recién despierta habían sido acalladas a fuerza de roces contra el colchón y al calor de fantasmas eróticos que no tenían forma precisa. No conocía aún otro cuerpo desnudo distinto del suyo. Lo había observado meticulosamente, palmo a palmo y registrado con sumo cuidado las modificaciones que empezaron a aparecer cuando cumplió los trece años. Esto lo hacía cuando tomaba el baño y muchas veces tiritando de frío por el agua helada que dejaba correr para alejar las sospechas de los suyos por la prolongada permanencia encerrado en la ducha. Eran ya sus quince años. Estaba en aquella casa porque sus familias eran amigas y porque ayudaba con los oficios para ganar con qué pagarse la ropa y mantener uno que otro centavo en el bolsillo. La familia estaba compuesta por el señor, un hombre alto y corpulento; la señora bajita y un tanto gorda, cuarentona ya pero de rostro agraciado y mucha simpatía –y tres muchachos entre los doce y los tres años. Una tarde estaban solos la señora y él. Los niños en la escuela, el marido en el trabajo. No supo por qué razón ni cómo aterrizaron en el tema, pero lo cierto es que resultó diciendo que él sabía dar besos como los artistas de cine en las películas. Y ella le dijo que le enseñara. Él muerto de susto le dijo que sí e intentó de inmediato lo que había visto muchas veces en la pantalla. Ese fue el comienzo. Luego ella quiso saber qué tenía e introdujo las manos en sus bolsillos y acarició su sexo intocado hasta entonces y sintió el fuego de unos labios febricitantes sobre la piel del cuello. Otro día que avanzó más en sus pesquisas le llevó tras una puerta y, con mano maestra abrió la bragueta del pantalón y trajo a la luz su masculinidad enhiesta. Luego se agachó para observarla mejor y depositó sobre ella un beso fervoroso. Una noche, después de muchas mañanas y muchas tardes de asedio, ella llegó hasta el cuarto de los niños, arrimó al lecho del mayor con quien el muchacho dormía, lo despertó y le hizo señas para que le siguiera en sigilo hasta la alcoba del matrimonio. El marido tenía turno de trabajo y sólo llegaría en la madrugada. No le dio tiempo a ponerse el pantalón y tuvo que levantarse en calzoncillos. Hizo que se tendiera en el lecho y terminó de desnudarlo como obedeciendo a un propósito largamente meditado; en forma parsimoniosa, se dio a la tarea de acariciarle con las manos todo el cuerpo, demorándose en cada trecho como si quisiera palpar milímetro a milímetro cada centímetro cuadrado de su piel. La excitación crecía a cada instante e inflamaba todo su cuerpo hasta la raíz del cabello. En forma intermitente se le ponía la piel de gallina como si el frío le entrara a raudales a través de las infinitas ventanas de sus poros abiertos. Por momentos los transportes de placer eran tan intensos que llegaban hasta el extremo del dolor. Sus sentidos caminaban extraviados por un sendero erizado de sensaciones cuyo término desconocía. De pronto ella suspendió las caricias y llevó una mano del muchacho para palparse los senos por encima del camisón. Luego y como poseída por un frenesí incontenible la mujer se despojó de la ropa de dormir y presionó su cuerpo desnudo contra la piel tierna del adolescente. El muchacho ignorante raso en las lides amorosas, no sabía cómo responder y entre confundido y mohíno le dejaba toda la iniciativa. La exitación y el susto mantenían alerta su carne que en teoría tal vez supiera como proceder, pero en la práctica era presa de una confusión paralizante. Sobrevino una estación de calma que se prolongó por unos segundos, suficientes para que la mujer tomara en cuenta la impericia de su iniciado amante y asumiese un procedimiento adecuado a la circunstancia. Se tumbó de espaldas y atrajo a su regazo el cuerpo del muchacho que se dejó llevar sumiso y flexible. Tomó luego con sus manos el sexo inexperto pero pletórico de entusiasmo para llevarlo hasta la puerta abierta de su entraña y al punto se le deshizo entre los dedos como un pedazo de hielo. Afanosa y angustiada por los dos, redobló las caricias y con palabras dulces procuró volver la tranquilidad y la potencia de su joven amante y, cuando ya estaba por conseguirlo, sintió la llave girar en la cerradura del portón. Presurosa, movida más por el temor y la angustia que por la razón, se levantó, vistió el camisón y con una fuerza que no supo de donde le venía, tomó al muchacho en brazos y lo condujo al cuarto de los niños. Caminando rápido en puntillas volvió a su lecho y se metió entre las sábanas a esperar que el esposo que se desnudara con parsimonia y sacara de su entraña el fantasma de su frustración.

Marguerite Yourcenar o la profundidad (fragmento)

Por José Chalarca

El amor es un tema recurrente en la obra de Mar­guerite Yourcenar y casi puede afirmarse, sin caer en la exageración, que es el resorte, el eje sobre el que gira y la trayectoria que describe en los despla­zamientos de su escritura.

Sabe bien Yourcenar que el amor no tiene defini­ción; que sólo es cuando se vive. Frente al amor qui­zá sea posible rastrear sus motivos, lo que lleva a él o inventariar lo que deja cuando muere, tarea tam­bién difícil porque es vacío de amor, lo que queda de la forma del agua cuando se vierte de la copa.

El amor es un estado, una situación del alma. No existe por sí mismo, no tiene entidad, no tiene di­mensión, no tiene término. No está ahí como algo que se puede tomar o dejar. Sólo es en los seres que aman.

No es posible hablar entonces del amor como ser, no existe. Su existencia está referida siempre a los que aman -hombres y mujeres-, y sólo en el mo­mento en el que acceden o caen, en el estado de gracia amoroso. En última instancia el amor no es sino en los amantes.

Reitero, el amor no existe, el amor no es sino en la ausencia de su objeto porque se deshace con el mero roce del ser que lo enciende. Es en mí como ser que ama elación, angustia, sensación inefable, pasión absurda que no tiene semejante. El amor no es sino mi amor por el ser amado sin ninguna posi­bilidad de encontrarse con él porque su amor por mí es su amor por mí, idéntico a sí mismo, ardor que al .igual que mi ardor se consume en su propio fuego.

Pero entremos ya en materia y tomemos uno de los primeros libros de Marguerite Yourcenar, Fue­gos, escrito en 1935 y conformado por cinco relatos de amor.

"Fedra o la desesperación" abre el libro. Aquí Marguerite Yourcenar se sumerge sin escafandra en las aguas profundas que son el corazón de Fedra,

la segunda esposa del héroe Teseo -a quien la leyen­da atribuía la fundación de Atenas-, para buscar los bancos coralinos donde toma pie el amor por su hi­jastro, el bello Hipólito.

Nos encontramos en este relato frente al amor pa­decido, en el que su objeto, el ser amado, deviene en pretexto para explicar nuestro tormento; en el que el amante se destroza contra las paredes de una urna de vidrio polarizado de la que no hay salida y que en la que no puede penetrar la mirada del ama­do.

"En el lecho de Teseo, siente el amargo placer de engañar de hecho al que ama y con la imaginación al que no ama". (1)

Fedra padece un amor que le abrasa sin tregua, como las llamas de la zarza bíblica que no consu­mían las ramas que alimentaban su fuego. "Ante la frialdad de Hipólito, imita al sol cuando choca con un cristal: se transforma en espectro. Habita su cuerpo como si del propio infierno se tratara. Re­construye un laberinto en el fondo de sí misma. en donde no puede por menos de encontrarse: el hilo de Ariadna ya no le ayuda a salir pues se lo enrolla en el corazón" (2).

El dolor conduce a la desesperación. La pena del desamor le lleva de la mano a fraguar la pérdida del indiferente, no obstante la seguridad de que la muerte del desdeñoso Hipólito, no hará otra cosa que extender más, si cabe, la inmensa llaga de su amor insatisfecho.

Movida por esa sabiduría que le hace decir "No hay amor desgraciado: no se posee sino lo que no se posee. No hay amor feliz: lo que se posee ya no se posee", (3) Marguerite trata de penetrar luego en el misterio de Aquiles, el protagonista de La Iliada.

El Aquiles que nos muestra la autora en este rela­to no es el soldado imbatible de los campos de Ho­mero, sino el hijo de la diosa Tetis que, en la ciega esperanza de burlar al destino, le ha llevado a la isla de Escira vestido de mujer, para que viviera entre niñas y escape así de morir como guerrero en el es­plendor de la juventud. De allí le saca Ulises con su astucia paradigmática y se lo lleva a engrosar las fi las de los griegos, dejando atrás los amores de Dai­damia y Misandra, cuyos corazones traspasaron el secreto que ocultaban las vestimentas femeninas del héroe.

"Patroclo o el destino", es el tercer relato del libro.

Aquí la autora, fiel a su vocación por los abismos, apoyada en los recios hombros de los dos griegos de la lliada, otea la pasión que enlazó las almas de Aquiles y Patroclo cuyos arrebatos pusieron en peli­gro la suerte de su ejército e hicieron tambalear su victoria sobre Troya:

"Desde la muerte del amigo que había llenado el mundo y lo había reemplazado, Aquiles no abando­na su tienda alfombrada de sombras. Desnudo, acostado en el suelo como si se esforzara por imitar al cadáver, se dejaba roer por los piojos del recuer­do. Cada vez con más frecuencia la muerte le pare­cía un sacramento del que sólo son dignos los más puros: muchos hombres se deshacen, pero pocos hombres mueren. Todas las particularidades que recordaba al pensar en Patroclo -su palidez, sus hombros rígidos, más bien altos, sus manos que siempre estaban algo frías, el peso de su cuerpo desplomándose en el sueño con densidad de pie­dra- adquirirían por fin su pleno sentido de atributos póstumos, como si Patroclo hubiera sido, estando vivo, un esbozo de cadáver.

"El odio inconfesado que duerme en el fondo del amor predisponía a Aquiles hacia la tarea de escul­tor: envidiaba a Héctor por haber rematado aquella obra maestra; tan solo él tenía derecho a arrancar los últimos velos que el pensamiento, el ademán, el hecho mismo de estar vivo interponían entre ellos, para descubrir a Patroclo en su suprema desnudez de muerto". (4)

Está aquí, en este relato, toda la fuerza, toda la densidad del hierro derretido al rojo blanco que ca­racteriza pero nunca define, ni mucho menos explica o aclara siquiera la amistad entre hombres.

Con la misma sabiduría, con la misma penetra­ción, Marguerite Yourcenar nos lleva luego a con­templar a Antígona que purga en su carne inocente el crimen de su abuelo Layo, a esa virgen atormen­tada por una culpa que no es suya, tomada en el mo­mento en que la verdad ha matado a Yocasta y "Edi­po se ha quedado ciego de tanto manipular esos ra­yos oscuros" y "solo Antígona soporta las flechas que dispara la lámpara de arco de Apolo, como si el dolor le sirviera de gafas oscuras. " (5)

En "Lena o el Secreto", quinto relato de Fuegos, la Yourcenar se asoma apenas, con los ojos de Lena a manera de gemelos para disminuir la distancia, al universo de Harmodio y Aristogitón para contamos, con Lena como protagonista, el amor callado, resig­nado. "En la pasión -escribe en otro de sus libros Marguerite-, hay un deseo de satisfacerse, de sa­ciarse, a veces de dirigir, de dominar a otro ser. En el amor, por el contrario, hay abnegación" (6) y abne­gada es Lena cuando Aristogitón es arrastrado por el vértigo de la pasión que le suscita Harmodio. Esta abnegación alcanza su punto culminante cuando Aristogitón, acosado por los celos, da muerte a Hi­parco -hermano de Hipias, ambos hijos del tirano Pisistrato-, y Lena sufre entonces por el amor de Aristogitón la persecución desatada por Hipias, quien dio a la muerte de su hermano un significado político, pero que no era más que una cortina de humo, una excusa, que le permitiera asumir el po­der.

Este amor de Lena es el amor vergonzante, al que la respuesta del ser amado le viene como limosna; como los restos de la cena que se disfrutó en otra mesa; pero, amor al fin y, como amor, estado de gracia que le movió -según la leyenda y tal como lo cuenta ese delicioso chismógrafo Indro Montanelli_, a que, cuando fue detenida y torturada por la policía para que revelase los nombres de los cómplices en la conspiración que promoviera Aristogitón, se cor­tara la lengua de un mordisco y la escupiera luego, a la cara de sus verdugos.

En "Maria Magdalena o la salvación", Marguerite Yourcenar hace una incursión afortunada como to­das ¡as suyas, en el Evangelio V toma el pasaje de Marta V Magdalena; Magdalena ... la pecadora, la del amor correcaminos que puso sus ojos en el Cris­to V que a la muerte del amado dice "Hice bien en dejarme llevar por la gran ola divina; no me arre­piento por haber sido rehecha por las manos del Se­ñor. No me ha salvado ni de la muerte, ni del mal, ni del., crimen, pues gracias a ellos nos salvamos. Me ha salvado tan solo de la felicidad" (7).

El amor que María Magdalena siente por el Cristo es ya el amor.

Cuando aparece el Nazareno y la deslumbra con la gracia de su palabra y con el encanto de su presencia de hombre recio y adivina los arrebatos a que podría conducirle el ardor de su Iíbido contenida por las largas travesías, los ayunos, el esfuerzo de la predicación, percibe en su entraña sabia que con él le sería posible encontrar por fin lo que ha buscado en su prolongada travesía por la carne. Que segura­mente con él alcanzaría el estadio en el que por el abrazo de los cuerpos se llega a la fusión de los es­píritus y se accede -por un instante solamente- al paraíso de la otridad.

Entre este relato sobre Magdalena y "Fedón o el Vértigo" Marguerite Yourcenar anota "La indiferen­cia ignora; el amor sabe; deletrea la carne. Hay que gozar de un ser para tener la ocasión de contemplar­lo desnudo. Ha sido preciso que yo te ame para lle­gar a comprender que la más mediocre o la peor de las personas humanas es digna de inspirar allá arri­ba el sacrificio de Dios". (8).

Los dos últimos relatos de Fuegos son "Clitem­nestra o el crimen" y "Safo o el suicidio". Antes del primero la Yourcenar escribe: "El amor es un casti­go ... Somos castigados por no haber sabido quedar­nos solos" (9) y entra luego a indagar los terribles motivos de Clitemnestra para destruir con sus ma­nos el ser objeto de su amor. El sentimiento de Cli­temnestra tiene la terrible y desesperada intensidad del amor único en el que se agota toda la posibili­dad, en el que se quema toda la capacidad de amar que cabe a cada hombre y a cada mujer. "No existe más que un hombre en el mundo -dice Clitemnestra ante sus jueces-: los demás no son más que un error O un triste consuelo y el adulterio es a menudo una forma desesperada de la fidelidad". (10) Este amor de Clitemnestra por Agamenón es su concreción del amor.

“Solo amamos una vez, pues sólo una vez se está perfectamente equipado para amar (11) escribió Ci­ryl Connolly en La Tumba sin Sosiego.

¿Por qué Clitemnestra le da muerte? Tal vez por­que, como anota el mismo Connolly, "el objeto de amar es acabar con el amor" (12), o porque por un pecado de razón perdió el estado de gracia del amor y cayó en la sima sin fondo del desamor.

Como el agua que fluye es otro libro de amor escrito por Marguerite Yourcenar; en él nos da tres no­velas cortas caídas de su inspiración en distintas épocas. Ana Soror escrito en 1925; Un hombre Os­curo, compuesta en 1935 y revisada en 1979 y, Una hermosa mañana, escrita igualmente en 1935.

Ana Soror, la narración que abre el libro, es una historia de amor; del amor, ese gran histrión, perito en caracterizaciones, que echa mano de todas las máscaras posibles para asumir un papel que no se acaba pese a la repetición hasta el infinito.

El amor que fluye en Ana Soror, no es el amor co­rriente que brota en las fuentes de la legalidad y lo permitido; no, es el amor proscrito por la ley huma­na, perseguido por la moralidad, condenado por la dictadura de la costumbre: el amor incestuoso.

Los protagonistas de esta pasión que empieza de­licada, fresca y ligera como rocío mañanero y acaba en tempestad con rayos y centellas, son los hijos de don Alvaro y doña Valentina, gobernadores españo­les de Nápoles, durante la época en que en los domi­nios del imperio hispano, todavía no se ponía el sol.

Sus nombres son doña Ana y don Miguel. Juntos recorren el itinerario de una pasión que acrecienta su ardor con el paso de los segundos pero que, no obstante su fuerza arrollante, la angustia terrible conque los sacude, no los desborda, no rebasa su cauce y sólo les destroza a ellos en medio de tormentos tantálicos, sin que dejen escapar el más significante gesto que los delate, que los insinúe quiera ante la numerosa concurrencia que mal siempre a sus orillas.

Su drama no sale de los escenarios de su intimidad. Es silencioso, no tiene atuendos llamativos. Su tragedia no asume jamás las dimensiones de ostentación, de exhibicionismo vulgar que matiza -demos por ejemplo-, la relación turbulenta de César y Lucrecia Borgia.

Dice Marguerite Yourcenar refiriéndose a la escritura de Ana Soror: "Mi experiencia sensual era bastante limitada por aquella época: la de la pasión: hallaba aún a la vuelta de la esquina; sin embargo el amor de Ana y Miguel ardía dentro de mí. El fenómeno es, sin duda, muy sencillo de explicar: todo, ha sido ya vivido y revivido por los seres desaparecidos que llevamos en nuestras fibras, del mismo modo que en ellas llevamos también a los millares de seres que un día serán" (13). El incesto en su forma de amor entre hermanos es un fenómeno de incidencia frecuente en la historia del hombre. Desde la fórmula ritual. muchas veces sin amor, prescrita en algunas culturas para las fa­milias reinantes -solo para ellas-, hasta la modali­dad que se da entre las comunidades marginadas, condicionado allí por el hacinamiento y la promis­cuidad o en las de altos ingresos como forma de evadir el tedio del hartazgo, esta expresión del amor ha sido siempre territorio vedado.

¿Por qué lo escogió entonces la Yourcenar? Deje­mos que ella misma nos responda: " ¿Por qué escogí el tema del incesto? Empecemos por afrontar la hipótesis de los ingenuos que siempre se imaginan que toda obra nace de una anécdota personal. Ya expliqué en alguna ocasión que las circunstancias sólo me dieron un hermanastro diecinueve años mayor que yo y cuya presencia, entre huraña y taci­turna aunque por suerte intermitente, había consti­tuido aspecto negativo de mi infancia... " .

"EI trivial adulterio ha perdido mucho prestigio debido a la facilidad del divorcio. El amor entre las personas del mismo sexo ha salido en parte de la clandestinidad. Sólo el incesto sigue siendo incon­fesable. Y casi imposible de probar, aún sospechan­do su existencia. El oleaje suele lanzarse con mayor violencia contra los acantilados más abruptos". (14)

Un hombre oscuro, segunda narración del volu­men, es también, en el fondo, una historia de amor. Nathanael, su protagonista, camina desde una in­fancia sin calor de hogar hasta una muerte en la pe­numbra, por un camino sembrado de dificultades, levantadas a cada recodo para abatir su condición humana y reducirlo a simple desperdicio.

Pero en su alma arde una llama que le mantiene firme y no deja que su voluntad se doblegue ante las situaciones más adversas. Llega al amor empujado por la soledad y se entrega confiado en brazos de Sarai, prostituta judía que lo engaña a su gusto y ter­mina por abandonarlo, llevándose al hijo concebido una noche en que el alcohol y el entusiasmo, le hi­cieron olvidar las precauciones.

Una vez desaparecida Sarai, quien pese a todo, fue una corta estación de calma en su vida de cons­tante peregrinaje, Nathanael, acosado ya por la en­fermedad de los pulmones que le llevará a la tumba, luego de un acceso de pulmonía que le mantuvo por mucho tiempo en el hospital, sale a prestar sus ser­vicios como jardinero, en casa de un señor con pretensiones de científico, que le hace narrar ante su grupo de amigos octogenarios, para quienes el sexo se ha retirado a los cuarteles de la fantasía, narrar digo, pintar con los colores más atrevidos las pasa­das aventuras de cama vividas por Nathanael entre exóticas tribus de salvajes.

Cuando la enfermedad estrechó su cerco y Natha­nael no sirvió siquiera como entretención de los po­bres viejos de oído verde, se le mandó a cuidar una propiedad de los señores en una isla desierta en donde un día o una tarde o una noche, acaba por dormirse definitivamente.

Una hermosa mañana, es un cuento corto, conti­nuación de la narración anterior, en el que un her­moso y despierto niño, seguramente el hijo de Nathanael y Sarai, educado por uno de los clientes cul­tos -actor especializado en la obra de Shakespeare-, en uso de buen retiro que llegaba por temporadas al generoso hotel que regentaban Sarai y su madre, consigue ser enrolado como actor, en una compa­ñía de cómicos ambulantes.

Lazare, como se llama el pequeño, ha aprendido de memoria varios papeles y lo hace con tanto arte que logra convencer al director para que lo lleve consigo. Así, en esa mañana, antes de la salida del sol, este muchachito se coloca en la vía de la erran­cia que le marcara un padre que nunca conoció.

(1)- Marguerite Yourcenar. Fuegos. Trad. Emma Calatayud. Edi· torial Alfaguara. Madrid 1983. Pág. 28.

(2) - Margerite Yourcenar. Ibd.

(3) - Marguerite Yourcenar. Opus Cit. pág. 32.

(4) Marguerite Yourcenar. Opus Cit. pág. 46

(5) Marguerite Yourcenar. Opus Cit. pág. 53.

(6) Marguerite Yourcenar, “Co9n los ojos abiertos”, trad. Elena Berni. Emecé editores, Bs. Aires, 1962 pág.88

(7) Marguerite Yourcenar, opus Cit. pág. 83.

(8) Marguerite Yourcenar, Opus Cit. Pag. 86.

(9) Marguerite Yourcenar, Opus Cit. Pag. 100.

(10) Marguerite Yourcenar, Opus Cit. pág. 106.

(11) Ciryl Connolly "La Tumba sin Sosiego" Trad. Ricardo Baeza.

Edit. Sur Buenos Aires 1949. pág. 25.

(12) Ciryl Connollv Opus Cit. pág. 17.

(13) Marguerite Yourcenar. "Como el agua que fluye" Trad Emma Calatayud. Edit. Alfaguara. Madrid 1983. pág. 259. I

(14) Marguerite Yourcenar. "Como el agua que flu­ye". Págs. 260 y 261.