17/03/08

Biografía y Contacto

Nació en Manizales el 25 de abril de 1941. Bachiller del Instituto Universitario de Caldas y estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Caldas. Escritor y Periodista.

Ha sido profe­sor de enseñanza secun­daria y también en varias universidades: Universi­dad de Buenaventura, Universidad de la Saba­na (antiguo INSE), Impa­hu. Escribe hace aproxi­madamente 40 años. Ha publicado artículos en El Tiempo, El Espectador, La República, La Patria, El Siglo, El Pueblo, El Oc­cidente, El País, Van­guardia Liberal; igual­mente en varias revistas:Arco, Puesto de Combate, Consigna, Nueva Frontera, Común Presencia. Dirigió por 3 años la Re­vista Siglo XX.

En 1972 quedó finalista en el Primer Concurso de Cuento "Onix Sello Ne­gro” convocado a escala nacional. En 1973 publicó su primer libro de cuento "Color de Hor­miga”, en la Colección Popular del Instituto Colombiano de Cultura, Colcultura. En 1974 se publica El Café volumen 3 de la Enciclo­pedia del Desarrollo Co­lombiano y Artes Gráficas, volumen 2 de la Enciclopedia del Desarro­llo Colombiano en colaboración con Gonza­lo Canal Ramírez; en 1977 El Ca­fé, Cultivo e Industria, Editora 2.000. En 1976 His­toria Universal, Editorial Universitaria de América); Sicología, Edito­rial Universitaria de Amé­rica (1977). En 1980 El Contador de Cuentos, segundo lugar en el Concurso de Cuento convocado con motivo de los 70 años del Departamento de Caldas. En 1983 publica El oficio de preguntar, ensayo. En 1984, Diario de una Infancia. En 1987, Marguerite Yourcenar o la profundidad, ensayo. En 1993, Las muertes de Caín, cuento. En 1996, La escritura como pasión, ensayo. En 2001, Trilogio, cuento.

Antes de ingresar a la Federación de Cafeteros, estuvo vinculado a la empresa Canal Ramírez- Antares y allí fue Director Académico de la Enciclopedia del Desarrollo Colombiano. Para esa colección diseño la publicación y programó los contenidos de los 50 volúmenes que la conformarían y trabajó directamente en la elaboración de dos de ellos: Las Artes Gráficas y El Café.

Su aproximación al tema del café se dio con la publicación de "El Café", Vol.III de la Enciclopedia del Desarrollo Colombiano que apareció en 1974.

Ya como Asistente de Relaciones Públicas, y luego como Jefe de Publicaciones de la Federación publicó:

"El Café, cultivo e industria" Editora dos mil, Bogotá, 1976

"Colombia, café y paisaje, Interprint Editores, Bogotá, 1986

"El café en la vida de Colombia", Editorial Carvajal, Bogotá, 1987

"El café, relato ilustrado de una pasión", Editorial Colina, Medellín 1989

"Aventuras ilustradas del Café", dirigido a los niños, Editorial Colina, Medellín, 1990.

"Don Leo" Editolaser, Bogotá 1991

"Un caballero del café" Ed. Común Presencia, Bogotá, 1997

"Vida y hechos del café en Colombia" Editorial Común Presencia, Bogotá 1998.

“La caficultora en el Huila”, 2000.

“Don Pedro, el liderazgo cafetero desde la provincia”, 2007

Sobre el tema del café ha publicado numerosos artículos en periódicos y revistas nacionales y extranjeros. Con sus escritos ha contribuido al conocimiento del cultivo del café y de la industria que se sustenta en su producción: comercio, transporte e industrialización.

De su actividad como pintor resaltamos:

EXPOSICIONES INDIVIDUALES

Galería La Nacional de Seguros - Manizales, 1991 Casa del Marqués de Valdehoyos - Cartagena, 1993 Universidad INCA de Colombia - Bogotá, 1993 Galería Distribuidora El Libro - Bogotá, 1993 – Fondo Cultural Cafetero, Bogotá, 1994- Centro Colombo-Americano. Bogotá, 1995-Instituto Caldense de Cultura, Manizales, 2001

EXPOSICIONES COLECTIVAS

Intercambio de Estampa - La Habana, Cuba, 1992-1993 Primer Salón de la Demencia - Academia de Artes de Bogotá, 1993 Gráfica Solidaria - Casa de las Américas, Bogotá, La Habana, 1993 Agenda 94 - Taller Big Bang, 1993-1994 Taller Armada Intangible - Cartagena, 1994 Tren a Gran Velocidad por América Latina - Lieja, Bélgica, 1994 – V Bienal de Arte Latinoamericano de Suba, Bogotá, 2005- VI Bienal Internacional de Arte Latinoamericano de Suba, Bogotá, 2008

E-mail: jotachalar@yahoo.com.mx

Trilogio

Por Óscar Castro García

El título de este libro puede interpretarse como la unión de trilogía –las obras dramáticas o tragedias en la antigua Grecia– y elogio, de lo que se considera bien acabado; o también como la unión de tres –obras de cuento– con logos, o palabra, expresión, discurso y razón... De esta manera, varios cuentos de Color de hormiga (1973), El contador de cuentos (1980) y Las muertes de Caín (1993), se reúnen como tríptico-alabanza de treinta años de trabajo literario. Catorce cuentos de un narrador no convencional y directo, dedicado a la crítica, la creación literaria y la docencia; y que ahora selecciona la propia obra en forma autocrítica.

Aunque la distribución de los cuentos en el libro propone consideraciones cronológicas, en ellos se encuentran temas y sentidos que se sobreponen al opresivo paso del tiempo, porque inquietan sobre asuntos más esenciales para el hombre: la presencia del mito y de la cultura, en forma intertextual, con preponderancia de lo trágico desde la perspectiva del mito, y de lo irónico desde la perspectiva de la historia, en El pan de los perros, relato en el que Cristo sobrelleva un destino que no acepta y que tampoco puede quitarse de encima; en Edipo dice que no, donde la arrogancia y la incredulidad de su protagonista mantiene en vilo al pueblo de Tebas, mientras él cumple su destino en forma ciega y egoísta; y en La segunda pasión de Medea, en el que la mujer, insaciable y también egoísta, busca acabar con su condición de esposa separada y víctima del matrimonio.

Chalarca propone también mirar de nuevo el que, a mi modo de ver, es el más interesante tema de la antología: el erotismo. Con frecuencia, los adolescentes se vuelven víctimas de las frustraciones de los adultos, como en el cuento anterior, en el cual Medea seduce al joven novio de su hija con los melindres y los encantos que dan más su dinero y sus lujos que sus atractivos físicos o intelectuales; en Erótica, cuento que muestra cómo la mujer, aprovechando la momentánea ausencia del marido, trata de iniciar al joven trabajador, en un coito interruptus que la lleva al borde del peligro ante la súbita presencia del hombre; y en El mudo, personaje que con un fuerte golpe rompe el idilio y los deseos reprimidos del muchacho por la mujer ajena. Se destaca en este campo Con el alma en la boca, porque reúne la polimorfa manifestación del erotismo en un joven sicario, quien prefiere muertos a sus amantes Marcia y Ever, y a su bebé, a que otros los disfruten, o a que se vean sometidos al escarnio de la policía y de los periodistas.

La muerte también se impone su presencia, un tanto sarcástica en Troski como resultado de las frustraciones personales; o sutil y elegante, plena de tragedia, en Muerte limpia, en la que una vida sin sentido elige una muerte solemne; o como parte de una labor rutinaria o sublime, como sucede, en forma paradójica, en Con el alma en la boca.

En fin, en estos cuentos también se encuentra lo anodino o pasajero de nuestra condición, como en La pela, Lucero, Embriaguez, El pesebre, Su futuro está en las ventas y Color de hormiga, cuentos que revelan la poca trascendencia que tiene la vida para quienes ni buscan ni encuentran trascendencia en sus vidas.

A lo temático se unen el humor, la ironía, la visión realista y sardónica de la realidad –en una escritura limpia de afeites y directa en sus pretensiones–, así como la sensación de que la vida es intensa en cada momento o para siempre inútil y sin sentido.

Trilogio: "Juan Nube"

Por José Chalarca

Juan Carlos alcanzó una nube y la hizo su cabalgadura. Era luminosa, grácil, veloz. Transportarse en la nube volvió a Juan Carlos más alegre, más cordial. La libertad de movimiento que le permitía su nube-caballo le ganó entonces más amigos y también muchos enemigos.

Día con día Juan se tornaba más transparente y generoso. Todos podían ver los movimientos de su corazón. Muchos le dijeron : cuídate. El mundo se ha dañado y no ve con buenos ojos la luz y la alegría, menos aún, la bondad de corazón.

Él, bueno como era, no les dio crédito y una noche tenebrosa los chicos de la pandilla del odio lo abordaron en un callejón sin salida.

–Bájate de la nube, le dijeron.

–¿Por qué?

–¡La queremos. Es más luminosa y rápida que las nuestras!

–¡Pero es que mi nube soy yo!

–Estupideces, dijeron en coro los hijos del odio.

Entonces uno de ellos disparó un revólver y la bala pegó directo en la frente de Juan. Mientras el niño caía, la nube se deshizo en infinitos hilos de plata que se bebió el suelo oscuro.

La escritura como pasión: "Espinosa, la novela como creación poética"

Por José Chalarca

De un suceso histórico, la toma de Cartagena por Jean Bernard Desjeans, barón de Pointis, ocurrida en el mes de abril de 1697, toma pie Germán Espinosa para escribir una gran novela La Tejedora de Coronas.

Espinosa inicia su novela con la presentación de la vida tranquila en la Cartagena colonial, de dos familias de pro: los Alcocer y los Goltar, vista con los ojos de una muchacha que contempla ante el espejo las primicias de la femineidad que empieza a emerger en las formas de su cuerpo, Genoveva Alcocer y quien narrará en primera persona todos los sucesos de la novela.

En el contrapunto está Federico Goltar, adolescente también, cultivador de la astronomía, quien será el gran amor de Genoveva. Por ella y en su honor, Federico nombrará con su nombre —Genoveva—, un planeta nuevo que ha logrado descubrir con su telescopio y a ella sólo confía el hallazgo que no puede comunicar a nadie más por la acechanza del Santo Oficio.

Espinosa tiene una manera singular de encadenar los hechos múltiples que jalonan la novela. Genoveva Alcocer, la narradora, cuyo nombre significa tejedora de coronas, aparece sentada ante un auditorio invisible para urdir ante sus ojos abismados las hebras infinitas con las que teje y colora el tapiz magnífico de su historia.

Pese a las casi 400 páginas en las que se da cuenta de más de 80 años de historia que no concluyen, cuya terminación queda librada a la fantasía del lector, el novelista, con gran maestría narrativa, nos hace sentir que todo ocurre de un solo tirón de relato.

No hay en el texto más puntuación que las comas, recurso éste utilizado con efectividad porque de él surte la fluidez, la continuidad ininterrumpida del relato.

Genoveva aparece como la personificación de la lucidez. Del sentido común. Frente a Federico ganado por la fantasía y el ensueño, que con ingenuidad de niño ve en los piratas la posibilidad de evadir los límites estrechos de la colonia para llegar hasta la tierra prometida de Francia y estudiar allí sin limitaciones, sin temores, sin premuras el universo de los astros, Genoveva es el sentido de la realidad, que percibe la terrible verdad que los aguarda.

Espinosa mantiene con acierto el suspenso. Desde las primeras páginas anuncia lo que va a suceder, plantea lo que constituye el nudo de la obra y capítulo tras capítulo, va acumulando situaciones, avanzando matices que sólo alcanzan su contorno definitivo en las últimas páginas del libro.

Con esta Genoveva medio bruja, medio sibila, medio vidente, medio ninfomaníaca, pero mujer total, Espinosa nos lleva a recorrer la Europa sacudida por las revelaciones de la Ilustración, entusiasmada con el estudio de la naturaleza, estrenando un sentimiento nuevo que le hace tener conciencia de la humanidad como de ella misma en la realidad de sus aciertos y de sus torpezas. Desconfiada de la historia y con una concepción de Dios en la que sólo se le permite la función de creador o primer motor de la existencia.

En esta Europa, Genoveva Alcocer, de belleza exótica y sexo generoso, peregrina por los lechos de los hombres de ciencia, incluido el gran Voltaire; participa en sociedades secretas cuya misión es catequizar en los principios de la nueva ciencia, penetra en los recintos del Vaticano para hablar con el Papa y llega en su itinerario hasta los confines de la Santa Rusia. Todo sin dejar de ser ella misma y sin perder contacto con su querencia la Cartagena violada, saqueada, ensangrentada por los piratas, confundida en su conciencia y en su carne por los arrebatos de la Inquisición.

En la Europa del siglo XVIII Genoveva aprendió que: la creación, el universo, es una escritura críptica que debemos descifrar antes de llegar a convertirnos en dioses, estamos escritos en un texto divino donde se confunden presente y futuro, ya que de cierto modo, el futuro ha ocurrido tanto como el pasado, sin que ello deteriore nuestro libre albedrío.

Este saber es el que quiere transmitir a su gente de Cartagena y de todo el mundo nuevo aherrojado por las cadenas oscurantistas de la política colonial. Ello porque tiene la conciencia de que uno empieza a ser un cadáver cuando ya no puede ofrendar su recuerdo sino a las tumbas.

Luego de convulsionado periplo, Genoveva Alcocer regresa a su Cartagena y encuentra que hay en ella terreno fértil para dejar caer las semillas del saber que recogió en su travesía por tantas tierras, de su yacer en tantos tálamos que le brindaron la oportunidad de conocer en la fuente y en el reposo del ejercicio amatorio, toda la verdad que guardaban sus amantes.

Llega a Cartagena con la belleza del cuerpo marchita de tanto transitada pero no se amilana, no se acongoja, porque la alienta la convicción profunda de que la única belleza que es posible conservar es la espiritual y ello a condición de no hacer demasiadas concesiones a los demás precepto que ha cumplido con rigor.

Genoveva asiste, ya en los últimos ester-tores de la novela, a la ejecución de la bruja de San Antero, condenada a instancias del Santo Oficio. En este acto y mientras uno espabila, el autor con mano diestra confunde ante el lector los papeles y como por un ensalmo de prestidigitación, Genoveva es la bruja de San Antero que se quema en la hoguera, pero es también y a la vez la Genoveva Alcocer que remata el cuento de su aventura. Es algo similar a lo que ocurre con Gian Pier Francesco Orsini, el duque de Bomarzo, en la novela magistral de Manuel Mujica Lainez.

¿Muere Genoveva? Yo creo que no, porque Genoveva es esta América nuestra, de piel cetrina, crisol de razas que busca todavía su identidad, que está en el camino de definir las proporciones de su alma, de trazar la fisonomía de su espíritu, de fijar los rasgos de su personalidad.

Hay en esta novela de Germán Espinosa, todos los elementos que se requieren para lograr las obras maestras en su género: historia, fantasía, suspenso. Contiene pasajes de un lirismo estremecedor y el lenguaje que la confecciona está matizado del más encendido color poético, para el que aplico la exclamación que el autor pone en boca de Genoveva: qué decir de los narradores, a quienes nadie ha llamado poetas, pero que son a veces más poetas que los poetas.

Creo que esta novela de Espinosa, no tiene parangón en la novelística colombiana y que sólo admite comparación con dos grandes muestras en su género dentro de la literatura hispanoamericana: Bomarzo y El Siglo de las Luces y no vacilo en afirmar que ella es la mejor, la más lograda, la más bella que se ha escrito en Colombia en los últimos veinte años, después de Cien Años de Soledad.

Vida y hechos del café en Colombia

Por José Chalarca

Orígenes del Café. El cafeto es oriundo de Abisinia, hoy República de Etiopía, situada en la parte nororiental del continente africano.

Por mucho tiempo se pensó que este arbusto cuyo fruto ha jugado un papel de tanta importancia dentro del proceso de la cultura occidental, era originario del Yemen, al sur de la Arabia Feliz, quizás en razón de que las más antiguas leyendas relacionadas tanto con el cultivo, como con el descubrimiento del café como bebida surgieron en Arabia.

Los escritos más antiguos sobre el café proceden de Arabia o de países de cultura o influencia árabe. Entre los más famosos de estos escritos está el titulado El Triunfo del Café, compuesto por un sabio de la Meca llamado Abu-Bek, en los primeros años del Siglo XV y traducido al francés en 1699 por el orientalista Antoine de Gailland traductor también de las Mil y Una Noches.

Igualmente se debe a Gailland la versión de Las Pruebas y Demostraciones más Fuertes en Defensa de la Legitimidad del Café, cuyo primer manuscrito está fechado en 1559 y del que es autor un cheik de Medina llamado Ab-El-Kader Ansari Jazariel Hambali.

Entre las muchas leyendas y tradiciones sobre el descubrimiento del café y su utilización como bebida, la que ha tenido mayor difusión y ha sido más aceptada es la del pastor Kaldi. Dice la leyenda que el joven Kaldi vio un día el comportamiento extraño de su ganado: sus cabras saltaban y corrían presas de una euforia desbordante. La curiosidad le llevó a observar y establecer luego que los animales cambiaban su proceder después de comer los cogollos de un arbusto que producía pequeñas cerezas rojas. Probó él mismo las hojas y al poco tiempo experimentó similar inquietud.

En la primera oportunidad llevó algunas ramas y frutos al superior de un convento ubicado en las cercanías de su campo de pastoreo. Contó al abad lo sucedido con su rebaño y lo experimentado por él. El superior del convento procedió entonces a cocinar ramas y frutos pero la bebida obtenida resulto de un sabor tan desagradable, que arrojó la cocción a las llamas.

Cuando los frutos empezaron a quemarse, producían un aroma tan agradable, que el buen monje tuvo la idea de preparar la bebida a partir de los granos tostados. Y así nació el café, bebida.

Difusión del consumo y del cultivo. Los árabes descubrieron pronto las virtudes del café y más que sus virtudes, sus posibilidades económicas. Por ello guardaron desde un comienzo todo el sigilo posible sobre las técnicas de cultivo y procuraron por todos los medios impedir la salida de semillas.

El café inició su conquista del mundo como bebida. A Europa entró por Italia en el año 1645 por obra del comerciante veneciano Pietro Della Valle aunque el autor H.J.E. Jacob sostiene en su libro Cuentos y Victoria del Café que el consumo de la bebida en Europa comenzó por Viena con ocasión de la marcha de los turcos sobre la capital austríaca al mando de Kara-Mustafá y atribuye la apertura del primer café, no sólo en Austria sino en el continente europeo, a un héroe polaco de aquella jornada: José Koltschitzky, quien inició labores en un local del Centro de Viena, el 12 de septiembre de 1683.

Los ingleses empezaron a tomar café en 1650 gracias al comerciante Daniel Edwards, de quien se afirma fue también el primero en abrir un establecimiento dedicado al expendio de la bebida, no sólo en Inglaterra sino en Europa entera.

A Francia el café entró por el puerto de Marsella. Se afirma que en 1660 algunos comerciantes marselleses que conocieron en sus correrías las bondades del café y se habituaron a su uso, hicieron traer de Egipto algunas cargas y para 1661 se abrió en Marsella la primera cafetería.

La historia señala el nombre de Solimán Agá, embajador ante la corte de Luis XIV, como el introductor del uso del café como bebida entre la alta sociedad parisiense.

El expendio del café en lugares públicos de París lo hicieron por primera vez un oriental llamado Pascal Armeniano que abrió una tienda de café hacia 1672 en el tradicional Saint Germain y un siciliano de nombre Procopio que abrió, en el mismo vecindario, otro expendio cuyo recinto logró congregar, merced a la calidad y buen gusto de su café, a la mejor sociedad parisina. En 1689, Procopio trasladó su negocio a un local que daba frente al teatro de la Comedia Francesa, en donde permaneció por mucho tiempo. El café de Procopio llegó a tener un gran prestigio en toda la capital de Francia.

Llegada del café a América. Antes de llegar a la América y a Colombia el café cumplió un largo periplo. En 1690 el holandés Nicolás Witzen, logró burlar la vigilancia de los árabes y llevar, desde Moka, un arbusto o unas semillas —las fuentes no lo precisan— a la ciudad de Batavia (antigua capital de las Indias Orientales Holandesas y hoy capital de la República de Indonesia, Yacarta). Witzen tuvo éxito, el café prendió fácilmente y ese mismo año el gobernador de esa colonia envió un pie de cafeto para que se cultivara en los invernaderos de Amsterdam. Seguramente los holandeses de ese entonces pretendieron cultivar el cafeto en su propia tierra con lo que disminuirían los costos y los riesgos del transporte de aquellos años y su intento resultó fallido porque, como lo veremos más adelante, el cafeto es un arbusto propio de la zona tropical de la tierra y su cultivo es imposible en otras latitudes del planeta.

Dicen los historiadores que un militar de apellido Ressous llevó a Francia la primera planta de café procedente de Holanda. Esta planta fue presentada al Rey Luis XIV en Marly en el año de 1712 y que de allí se envió al Jardín de Plantas de París donde produjo flores y frutos; pero muy pronto murió. Ante este hecho el burgomaestre de Amsterdam, señor Brancas, envió otra planta al rey en 1714.

José A. Osorio Lizarazo, historiador y novelista colombiano, anota que este cafeto enviado a Luis XIV por el Consistorio de Amsterdam no fue un don gratuito, sino el resultado de largas negociaciones diplomáticas a raíz de la Paz de Utrecht en 1713, al frente de las cuales estuvo el abate Polignac. Que la planta llegó a París en 1714 y fue recibida por el Rey acompañado de su corte en Marly.

La pequeña planta se entregó al cuidado del botánico Antoine de Jussieu, el primer científico europeo en hacer su descripción y que clasificó, a fines de 1714 como (Jasminus Arabicum Laurifolio, cujus semen nos caffe dicitur: (Jazmín de Arabia con hojas como de laurel, cuyas simientes nosotros llamamos café).

Jussieu logró que el cafeto prosperara, diera semillas y produjera otros arbustos, pero fue removido de su cargo de director del Jardín Botánico de París. En su reemplazo nombraron al médico Chirac quien, en 1723 confió a un militar, de nombre Gabriel De Clieux el transporte de una plantita a las colonias francesas de América, concretamente, a la isla de Martinica.

El café pegó bien en Martinica y según todos los datos conocidos, del arbusto traído por De Clieux, proceden todos los cafetales que empezaron a sembrarse en América Latina; esto a pesar de la estrecha vigilancia sobre las semillas que establecieron los franceses con el ánimo de convertirse en abastecedores únicos del mercado.

Llegada del Café a Colombia. Existen varias versiones sobre la llegada del café a Colombia. Para algunos las primeras semillas o plantas entraron por el oriente a territorios de los departamentos de Norte de Santander y Santander, procedentes de Venezuela; para algunos otros, el cafeto llegó por la región de Urabá, desde Centro América.

La versión más autorizada sobre la plantación de las primeras semillas de café en territorio colombiano es la del sacerdote jesuita español José Gumilla, quien consigna en su obra El Orinoco Ilustrado, la siembra de la planta en la misión de Santa Teresa de Tabage, fundada por la Compañía en la desembocadura del río Meta, en el Orinoco, hacia 1730.

Según fuentes autorizadas los jesuitas llevaron luego semillas de café a Popayán y las sembraron en 1736 en el seminario que tenía la comunidad en esa ciudad.

Son muchas las noticias de siembras de café en distintas regiones del país durante el siglo XVIII; el Virrey Caballero y Góngora, en carta de 1787, afirma que el café se produce bien en todas las regiones de Girón (Santander) y Muzo (Boyacá); sin embargo el cultivo industrial de la planta solo se inició hacia la tercera década del siglo XIX ya que la primera exportación registrada por la cifra de 2.592 sacos de 60 kilos data del año 1835. También es seguro que estos cultivos comerciales se realizaron primero en el oriente del país, en la región que hoy ocupan los Santanderes.

Difusión del cultivo. Las características particulares del suelo colombiano hicieron que el café pegara bien y facilitaron su cultivo. A esta circunstancia se añadieron otras de carácter económico y social tales como el hecho de que el país necesitara de un producto de exportación que garantizara la entrada de divisas suficientes para sustentar su economía y procurar su desarrollo.

De otra parte, la siembra y el beneficio del café ofrecían posibilidades de organizar empresas de tipo familiar que generaban empleo de mucha mano de obra.

Ya dijimos que el cultivo comercial del café se inició en la parte oriental del país, en el territorio de los actuales departamentos de Norte de Santander y Santander. En esa región uno de los principales impulsores de la caficultura fue el sacerdote Francisco Romero, quien estuvo al frente de varias parroquias de la región entre ellas la de Salazar de las Palmas. Este sacerdote, valiéndose del púlpito y del confesionario —imponía como penitencia la siembra de una o varias matas de café—, jugó un papel de mucha importancia en la difusión del cultivo cafetero.

A partir de 1850 el cultivo del café fue desplazándose desde Santander hacia otras regiones del país, particularmente hacia Antioquia.

Este desplazamiento se hizo más efectivo entre 1874 y 1900 y recibió un particular impulso con la inauguración del ferrocarril de Antioquia en 1893, que ofrecía a los nuevos caficultores facilidades para transportar sus cosechas.

El café en la música, el teatro, la poesía y la pintura

Sobre influjo del café en la cultura occidental podrían escribirse numerosos volúmenes; nosotros tenemos que contentarnos con una breve enumeración de las obras más notables que nos lo demuestran.

Juan Sebastian Bach (1685-1750), uno de los más grandes músicos de todos los tiempos, compuso, en 1732 una Cantata del Café (Schweigt Stille), —una de sus poquísimas cantatas profanas—, en la que campea el mismo genio que impregna las demás obras de su inspiración en este género; en esta cantata Bach se manifiesta en un aspecto de comicidad sobria, insólito en él, siempre tan ceñido a la estructura casi matemática de su obra. El contenido del texto es una disputa entre un personaje que odia el café y su hija, que lo encuentra más agradable que cualquiera otra cosa en el mundo.

Otra de las muchas obras que hicieron época en Europa, no ya en la música sino en el teatro, es la comedia en tres actos del célebre comediógrafo veneciano Carlo Goldoni (1707-1793).

La Bottega del Café (El café), estrenada en 1750. El café de Goldoni, es una comedia de caracteres y al mismo tiempo de intriga en la que el verdadero protagonista es un café y uno de sus asiduos clientes, don Marzio, de alma charlatana, despreocupada y alegremente chismosa.

El café, dada su significación en la vida colombiana ha sido motivo de inspiración para novelistas, compositores, poetas, cuentistas, pintores, fotógrafos y otros muchos cultores de las diversas formas de expresión artística.

En el campo de la novela, las obras más logradas con el café al fondo son La Cosecha de José A. Osorio Lizarazo (1900-1964), cuyo tema es la vida de un sector de la población cafetera colombiana. Al pie de la ciudad del novelista antioqueño Manuel Mejía Vallejo (1923), distinguido internacionalmente con el premio Nadal y, Cuando pasa el ánima sola del novelista antioqueño Mario Escobar Velásquez, obra ganadora del premio Vivencias.

En poesía cafetera cabe destacar el poema descriptivo Coffea Arabica de Nicolás Bayona Posada; Romance del Café de Guillermo Edmundo Chávez, el Canto al Café del poeta caldense Ricardo Arango Franco y El Café, soneto de Ismael Enrique Arciniegas, cuyo texto transcribimos como ejemplo:

El Café

De mi tierra en los ásperos breñales

he visto abrirse sus fragantes flores,

que parecen, del sol a los fulgores

nieves sobre los verdes cafetales.

Y después, como fúlgidos corales,

en explosión de vírgenes olores,

lo he visto entre los gajos tembladores,

a la sombra de bosques tropicales.

Ahora..., humea! riega tu perfume;

del ideal las alas desentume

y agita en rauda conmoción mis nervios.

En mí la inspiración sus rayos quiebre;

mi frente nimbe y en sagrada fiebre,

mis versos surjan graves y soberbios.

Ismael Enrique Arciniegas

Los compositores de música popular han encontrado en el café un rico motivo de inspiración. Entre las composiciones más conocidas hay que mencionar el bambuco Sangre de Café de Carlos Botero Henao con letra de Iván Cocherín; Mi Cafetal de Crescencio Salcedo; El Cafetal de Gonzalo Vergara y el bambuco Cafetal de Luis Carlos González.

Dentro de la música culta la obra mas sobresaliente es la del maestro antioqueño Fabio González Zuleta: Sinfonía del Café.

La pintura colombiana con el tema del café cuenta con importantes trabajos de Alipio Jaramillo, Gonzalo Ariza y el pintor caldense Eduardo Ramírez Castro, quien es el que ha realizado una obra más importante con temática cafetera como lo son sus series: Historias del Café, Crónica Visual de Caldas y Adiós al Café.

En fotografía cafetera sobresalen los nombres de Luis A. Ramos, antioqueño, quien hizo magníficas fotografías hacia 1930; José Obando, también antioqueño y de la misma época de Ramos y Félix Tisnés Jaramillo, caldense, distinguido con varios premios nacionales y mundiales de fotografía y logró reunir uno de los archivos más impresionantes sobre el tema: 20.000 fotografías, muchas de las cuales le han dado la vuelta al mundo.

Las Muertes de Caín: "Lucero"

Por José Chalarca

Para Leonel Góngora

Le dije a papá que eran muchas cosas, que no debíamos echar­las todas en un sólo viaje. Pero no me hizo caso.

A esa hora –casi las seis de la tarde–, estaba de mal humor. Era el final de un día difícil, pesado; no habíamos logrado conseguir ningún trabajo y la espera resulta siempre más fatigosa que la acción.

Yo estaba hambriento; apenas tomamos un vaso de leche a la hora del almuerzo y tenía –literalmente–, el estómago pegado a las costillas.

Cuando llegó la señora y después de discutir con varios carretilleros y se avino al precio fijado por papá sin ver las muchas cosas que era necesario movilizar, yo sentí una mezcla de alegría y de pena. De un lado la perspectiva de regresar a casa; de otro el esfuerzo que tendría que hacer el pobre Lucero, nues­tro caballo.

Entre los dos terminamos de subir los corotos a la carretil­la como a las seis y media y de inmediato iniciamos la marcha. El trayecto era corto pero casi todo por una de las más empinadas calles de Manizales.

Yo iba detrás halando la carretilla, con todas las pocas fuerzas de mis diez años. Faltaba una parte escasa del recorrido y de pronto Lucero pisó en falso y se fue al suelo sobre sus manos. El impacto del golpe rompió los lazos y todos los enseres que transportaba la carretilla se esparcieron por la calle.

Papá desenganchó a Lucero que no pudo pararse. Rápidamente terminamos de arrimar a hombro las cosas del trasteo y volvimos a ver lo que ocurría al animal.

Tenía la mano derecha fracturada. Cuando miré a sus ojos grandes diciéndome el dolor que padecía, sentí que el mundo se derrumbaba a mi alrededor. Hice un esfuerzo para contener las lágrimas; delante de papá no se podía llorar porque era un fanático de la sentencia: “los hombres no lloran”.

Dijo entonces que no había nada que hacer y se fue en búsqueda de un policía que rematara a Lucero de un tiro de revólver. Cuando el agente cumplió su cometido tuve entonces plena conciencia de que con el caballo se iba una amistad entrañable y se precipitaba sobre nuestro hogar una densa sombra de hambre y de penuria.

Un circo que hacía temporada en Manizales compró a papá el caballo para alimento de las fieras. Le dieron treinta y cinco pesos, más dos entradas para la función de la noche en locali­dades de platea.

Aunque era el primer circo de mi vida, con la complicidad de la semipenumbra dejé correr mi llanto y recé por Lucero durante todo el espectáculo. Desde entonces nunca he podido gustar del circo.

Erótica

Poco o nada sabía de lo que los curas llamaban pecados de la carne. Todo en su mente eran fabulaciones edificadas sobre retazos de conversaciones que escuchara aquí y allá de algunos adultos descuidados. O de los relatos fantasiosos cargados a veces de malicia e inocente procacidad de los muchachos de la escuela matriculados en cursos superiores. O de las imágenes entrevistas, miradas de soslayo y a hurtadillas en revistas. Pero nada concreto. Las urgencias de la libido recién despierta habían sido acalladas a fuerza de roces contra el colchón y al calor de fantasmas eróticos que no tenían forma precisa. No conocía aún otro cuerpo desnudo distinto del suyo. Lo había observado meticulosamente, palmo a palmo y registrado con sumo cuidado las modificaciones que empezaron a aparecer cuando cumplió los trece años. Esto lo hacía cuando tomaba el baño y muchas veces tiritando de frío por el agua helada que dejaba correr para alejar las sospechas de los suyos por la prolongada permanencia encerrado en la ducha. Eran ya sus quince años. Estaba en aquella casa porque sus familias eran amigas y porque ayudaba con los oficios para ganar con qué pagarse la ropa y mantener uno que otro centavo en el bolsillo. La familia estaba compuesta por el señor, un hombre alto y corpulento; la señora bajita y un tanto gorda, cuarentona ya pero de rostro agraciado y mucha simpatía –y tres muchachos entre los doce y los tres años. Una tarde estaban solos la señora y él. Los niños en la escuela, el marido en el trabajo. No supo por qué razón ni cómo aterrizaron en el tema, pero lo cierto es que resultó diciendo que él sabía dar besos como los artistas de cine en las películas. Y ella le dijo que le enseñara. Él muerto de susto le dijo que sí e intentó de inmediato lo que había visto muchas veces en la pantalla. Ese fue el comienzo. Luego ella quiso saber qué tenía e introdujo las manos en sus bolsillos y acarició su sexo intocado hasta entonces y sintió el fuego de unos labios febricitantes sobre la piel del cuello. Otro día que avanzó más en sus pesquisas le llevó tras una puerta y, con mano maestra abrió la bragueta del pantalón y trajo a la luz su masculinidad enhiesta. Luego se agachó para observarla mejor y depositó sobre ella un beso fervoroso. Una noche, después de muchas mañanas y muchas tardes de asedio, ella llegó hasta el cuarto de los niños, arrimó al lecho del mayor con quien el muchacho dormía, lo despertó y le hizo señas para que le siguiera en sigilo hasta la alcoba del matrimonio. El marido tenía turno de trabajo y sólo llegaría en la madrugada. No le dio tiempo a ponerse el pantalón y tuvo que levantarse en calzoncillos. Hizo que se tendiera en el lecho y terminó de desnudarlo como obedeciendo a un propósito largamente meditado; en forma parsimoniosa, se dio a la tarea de acariciarle con las manos todo el cuerpo, demorándose en cada trecho como si quisiera palpar milímetro a milímetro cada centímetro cuadrado de su piel. La excitación crecía a cada instante e inflamaba todo su cuerpo hasta la raíz del cabello. En forma intermitente se le ponía la piel de gallina como si el frío le entrara a raudales a través de las infinitas ventanas de sus poros abiertos. Por momentos los transportes de placer eran tan intensos que llegaban hasta el extremo del dolor. Sus sentidos caminaban extraviados por un sendero erizado de sensaciones cuyo término desconocía. De pronto ella suspendió las caricias y llevó una mano del muchacho para palparse los senos por encima del camisón. Luego y como poseída por un frenesí incontenible la mujer se despojó de la ropa de dormir y presionó su cuerpo desnudo contra la piel tierna del adolescente. El muchacho ignorante raso en las lides amorosas, no sabía cómo responder y entre confundido y mohíno le dejaba toda la iniciativa. La exitación y el susto mantenían alerta su carne que en teoría tal vez supiera como proceder, pero en la práctica era presa de una confusión paralizante. Sobrevino una estación de calma que se prolongó por unos segundos, suficientes para que la mujer tomara en cuenta la impericia de su iniciado amante y asumiese un procedimiento adecuado a la circunstancia. Se tumbó de espaldas y atrajo a su regazo el cuerpo del muchacho que se dejó llevar sumiso y flexible. Tomó luego con sus manos el sexo inexperto pero pletórico de entusiasmo para llevarlo hasta la puerta abierta de su entraña y al punto se le deshizo entre los dedos como un pedazo de hielo. Afanosa y angustiada por los dos, redobló las caricias y con palabras dulces procuró volver la tranquilidad y la potencia de su joven amante y, cuando ya estaba por conseguirlo, sintió la llave girar en la cerradura del portón. Presurosa, movida más por el temor y la angustia que por la razón, se levantó, vistió el camisón y con una fuerza que no supo de donde le venía, tomó al muchacho en brazos y lo condujo al cuarto de los niños. Caminando rápido en puntillas volvió a su lecho y se metió entre las sábanas a esperar que el esposo que se desnudara con parsimonia y sacara de su entraña el fantasma de su frustración.

Marguerite Yourcenar o la profundidad (fragmento)

Por José Chalarca

El amor es un tema recurrente en la obra de Mar­guerite Yourcenar y casi puede afirmarse, sin caer en la exageración, que es el resorte, el eje sobre el que gira y la trayectoria que describe en los despla­zamientos de su escritura.

Sabe bien Yourcenar que el amor no tiene defini­ción; que sólo es cuando se vive. Frente al amor qui­zá sea posible rastrear sus motivos, lo que lleva a él o inventariar lo que deja cuando muere, tarea tam­bién difícil porque es vacío de amor, lo que queda de la forma del agua cuando se vierte de la copa.

El amor es un estado, una situación del alma. No existe por sí mismo, no tiene entidad, no tiene di­mensión, no tiene término. No está ahí como algo que se puede tomar o dejar. Sólo es en los seres que aman.

No es posible hablar entonces del amor como ser, no existe. Su existencia está referida siempre a los que aman -hombres y mujeres-, y sólo en el mo­mento en el que acceden o caen, en el estado de gracia amoroso. En última instancia el amor no es sino en los amantes.

Reitero, el amor no existe, el amor no es sino en la ausencia de su objeto porque se deshace con el mero roce del ser que lo enciende. Es en mí como ser que ama elación, angustia, sensación inefable, pasión absurda que no tiene semejante. El amor no es sino mi amor por el ser amado sin ninguna posi­bilidad de encontrarse con él porque su amor por mí es su amor por mí, idéntico a sí mismo, ardor que al .igual que mi ardor se consume en su propio fuego.

Pero entremos ya en materia y tomemos uno de los primeros libros de Marguerite Yourcenar, Fue­gos, escrito en 1935 y conformado por cinco relatos de amor.

"Fedra o la desesperación" abre el libro. Aquí Marguerite Yourcenar se sumerge sin escafandra en las aguas profundas que son el corazón de Fedra,

la segunda esposa del héroe Teseo -a quien la leyen­da atribuía la fundación de Atenas-, para buscar los bancos coralinos donde toma pie el amor por su hi­jastro, el bello Hipólito.

Nos encontramos en este relato frente al amor pa­decido, en el que su objeto, el ser amado, deviene en pretexto para explicar nuestro tormento; en el que el amante se destroza contra las paredes de una urna de vidrio polarizado de la que no hay salida y que en la que no puede penetrar la mirada del ama­do.

"En el lecho de Teseo, siente el amargo placer de engañar de hecho al que ama y con la imaginación al que no ama". (1)

Fedra padece un amor que le abrasa sin tregua, como las llamas de la zarza bíblica que no consu­mían las ramas que alimentaban su fuego. "Ante la frialdad de Hipólito, imita al sol cuando choca con un cristal: se transforma en espectro. Habita su cuerpo como si del propio infierno se tratara. Re­construye un laberinto en el fondo de sí misma. en donde no puede por menos de encontrarse: el hilo de Ariadna ya no le ayuda a salir pues se lo enrolla en el corazón" (2).

El dolor conduce a la desesperación. La pena del desamor le lleva de la mano a fraguar la pérdida del indiferente, no obstante la seguridad de que la muerte del desdeñoso Hipólito, no hará otra cosa que extender más, si cabe, la inmensa llaga de su amor insatisfecho.

Movida por esa sabiduría que le hace decir "No hay amor desgraciado: no se posee sino lo que no se posee. No hay amor feliz: lo que se posee ya no se posee", (3) Marguerite trata de penetrar luego en el misterio de Aquiles, el protagonista de La Iliada.

El Aquiles que nos muestra la autora en este rela­to no es el soldado imbatible de los campos de Ho­mero, sino el hijo de la diosa Tetis que, en la ciega esperanza de burlar al destino, le ha llevado a la isla de Escira vestido de mujer, para que viviera entre niñas y escape así de morir como guerrero en el es­plendor de la juventud. De allí le saca Ulises con su astucia paradigmática y se lo lleva a engrosar las fi las de los griegos, dejando atrás los amores de Dai­damia y Misandra, cuyos corazones traspasaron el secreto que ocultaban las vestimentas femeninas del héroe.

"Patroclo o el destino", es el tercer relato del libro.

Aquí la autora, fiel a su vocación por los abismos, apoyada en los recios hombros de los dos griegos de la lliada, otea la pasión que enlazó las almas de Aquiles y Patroclo cuyos arrebatos pusieron en peli­gro la suerte de su ejército e hicieron tambalear su victoria sobre Troya:

"Desde la muerte del amigo que había llenado el mundo y lo había reemplazado, Aquiles no abando­na su tienda alfombrada de sombras. Desnudo, acostado en el suelo como si se esforzara por imitar al cadáver, se dejaba roer por los piojos del recuer­do. Cada vez con más frecuencia la muerte le pare­cía un sacramento del que sólo son dignos los más puros: muchos hombres se deshacen, pero pocos hombres mueren. Todas las particularidades que recordaba al pensar en Patroclo -su palidez, sus hombros rígidos, más bien altos, sus manos que siempre estaban algo frías, el peso de su cuerpo desplomándose en el sueño con densidad de pie­dra- adquirirían por fin su pleno sentido de atributos póstumos, como si Patroclo hubiera sido, estando vivo, un esbozo de cadáver.

"El odio inconfesado que duerme en el fondo del amor predisponía a Aquiles hacia la tarea de escul­tor: envidiaba a Héctor por haber rematado aquella obra maestra; tan solo él tenía derecho a arrancar los últimos velos que el pensamiento, el ademán, el hecho mismo de estar vivo interponían entre ellos, para descubrir a Patroclo en su suprema desnudez de muerto". (4)

Está aquí, en este relato, toda la fuerza, toda la densidad del hierro derretido al rojo blanco que ca­racteriza pero nunca define, ni mucho menos explica o aclara siquiera la amistad entre hombres.

Con la misma sabiduría, con la misma penetra­ción, Marguerite Yourcenar nos lleva luego a con­templar a Antígona que purga en su carne inocente el crimen de su abuelo Layo, a esa virgen atormen­tada por una culpa que no es suya, tomada en el mo­mento en que la verdad ha matado a Yocasta y "Edi­po se ha quedado ciego de tanto manipular esos ra­yos oscuros" y "solo Antígona soporta las flechas que dispara la lámpara de arco de Apolo, como si el dolor le sirviera de gafas oscuras. " (5)

En "Lena o el Secreto", quinto relato de Fuegos, la Yourcenar se asoma apenas, con los ojos de Lena a manera de gemelos para disminuir la distancia, al universo de Harmodio y Aristogitón para contamos, con Lena como protagonista, el amor callado, resig­nado. "En la pasión -escribe en otro de sus libros Marguerite-, hay un deseo de satisfacerse, de sa­ciarse, a veces de dirigir, de dominar a otro ser. En el amor, por el contrario, hay abnegación" (6) y abne­gada es Lena cuando Aristogitón es arrastrado por el vértigo de la pasión que le suscita Harmodio. Esta abnegación alcanza su punto culminante cuando Aristogitón, acosado por los celos, da muerte a Hi­parco -hermano de Hipias, ambos hijos del tirano Pisistrato-, y Lena sufre entonces por el amor de Aristogitón la persecución desatada por Hipias, quien dio a la muerte de su hermano un significado político, pero que no era más que una cortina de humo, una excusa, que le permitiera asumir el po­der.

Este amor de Lena es el amor vergonzante, al que la respuesta del ser amado le viene como limosna; como los restos de la cena que se disfrutó en otra mesa; pero, amor al fin y, como amor, estado de gracia que le movió -según la leyenda y tal como lo cuenta ese delicioso chismógrafo Indro Montanelli_, a que, cuando fue detenida y torturada por la policía para que revelase los nombres de los cómplices en la conspiración que promoviera Aristogitón, se cor­tara la lengua de un mordisco y la escupiera luego, a la cara de sus verdugos.

En "Maria Magdalena o la salvación", Marguerite Yourcenar hace una incursión afortunada como to­das ¡as suyas, en el Evangelio V toma el pasaje de Marta V Magdalena; Magdalena ... la pecadora, la del amor correcaminos que puso sus ojos en el Cris­to V que a la muerte del amado dice "Hice bien en dejarme llevar por la gran ola divina; no me arre­piento por haber sido rehecha por las manos del Se­ñor. No me ha salvado ni de la muerte, ni del mal, ni del., crimen, pues gracias a ellos nos salvamos. Me ha salvado tan solo de la felicidad" (7).

El amor que María Magdalena siente por el Cristo es ya el amor.

Cuando aparece el Nazareno y la deslumbra con la gracia de su palabra y con el encanto de su presencia de hombre recio y adivina los arrebatos a que podría conducirle el ardor de su Iíbido contenida por las largas travesías, los ayunos, el esfuerzo de la predicación, percibe en su entraña sabia que con él le sería posible encontrar por fin lo que ha buscado en su prolongada travesía por la carne. Que segura­mente con él alcanzaría el estadio en el que por el abrazo de los cuerpos se llega a la fusión de los es­píritus y se accede -por un instante solamente- al paraíso de la otridad.

Entre este relato sobre Magdalena y "Fedón o el Vértigo" Marguerite Yourcenar anota "La indiferen­cia ignora; el amor sabe; deletrea la carne. Hay que gozar de un ser para tener la ocasión de contemplar­lo desnudo. Ha sido preciso que yo te ame para lle­gar a comprender que la más mediocre o la peor de las personas humanas es digna de inspirar allá arri­ba el sacrificio de Dios". (8).

Los dos últimos relatos de Fuegos son "Clitem­nestra o el crimen" y "Safo o el suicidio". Antes del primero la Yourcenar escribe: "El amor es un casti­go ... Somos castigados por no haber sabido quedar­nos solos" (9) y entra luego a indagar los terribles motivos de Clitemnestra para destruir con sus ma­nos el ser objeto de su amor. El sentimiento de Cli­temnestra tiene la terrible y desesperada intensidad del amor único en el que se agota toda la posibili­dad, en el que se quema toda la capacidad de amar que cabe a cada hombre y a cada mujer. "No existe más que un hombre en el mundo -dice Clitemnestra ante sus jueces-: los demás no son más que un error O un triste consuelo y el adulterio es a menudo una forma desesperada de la fidelidad". (10) Este amor de Clitemnestra por Agamenón es su concreción del amor.

“Solo amamos una vez, pues sólo una vez se está perfectamente equipado para amar (11) escribió Ci­ryl Connolly en La Tumba sin Sosiego.

¿Por qué Clitemnestra le da muerte? Tal vez por­que, como anota el mismo Connolly, "el objeto de amar es acabar con el amor" (12), o porque por un pecado de razón perdió el estado de gracia del amor y cayó en la sima sin fondo del desamor.

Como el agua que fluye es otro libro de amor escrito por Marguerite Yourcenar; en él nos da tres no­velas cortas caídas de su inspiración en distintas épocas. Ana Soror escrito en 1925; Un hombre Os­curo, compuesta en 1935 y revisada en 1979 y, Una hermosa mañana, escrita igualmente en 1935.

Ana Soror, la narración que abre el libro, es una historia de amor; del amor, ese gran histrión, perito en caracterizaciones, que echa mano de todas las máscaras posibles para asumir un papel que no se acaba pese a la repetición hasta el infinito.

El amor que fluye en Ana Soror, no es el amor co­rriente que brota en las fuentes de la legalidad y lo permitido; no, es el amor proscrito por la ley huma­na, perseguido por la moralidad, condenado por la dictadura de la costumbre: el amor incestuoso.

Los protagonistas de esta pasión que empieza de­licada, fresca y ligera como rocío mañanero y acaba en tempestad con rayos y centellas, son los hijos de don Alvaro y doña Valentina, gobernadores españo­les de Nápoles, durante la época en que en los domi­nios del imperio hispano, todavía no se ponía el sol.

Sus nombres son doña Ana y don Miguel. Juntos recorren el itinerario de una pasión que acrecienta su ardor con el paso de los segundos pero que, no obstante su fuerza arrollante, la angustia terrible conque los sacude, no los desborda, no rebasa su cauce y sólo les destroza a ellos en medio de tormentos tantálicos, sin que dejen escapar el más significante gesto que los delate, que los insinúe quiera ante la numerosa concurrencia que mal siempre a sus orillas.

Su drama no sale de los escenarios de su intimidad. Es silencioso, no tiene atuendos llamativos. Su tragedia no asume jamás las dimensiones de ostentación, de exhibicionismo vulgar que matiza -demos por ejemplo-, la relación turbulenta de César y Lucrecia Borgia.

Dice Marguerite Yourcenar refiriéndose a la escritura de Ana Soror: "Mi experiencia sensual era bastante limitada por aquella época: la de la pasión: hallaba aún a la vuelta de la esquina; sin embargo el amor de Ana y Miguel ardía dentro de mí. El fenómeno es, sin duda, muy sencillo de explicar: todo, ha sido ya vivido y revivido por los seres desaparecidos que llevamos en nuestras fibras, del mismo modo que en ellas llevamos también a los millares de seres que un día serán" (13). El incesto en su forma de amor entre hermanos es un fenómeno de incidencia frecuente en la historia del hombre. Desde la fórmula ritual. muchas veces sin amor, prescrita en algunas culturas para las fa­milias reinantes -solo para ellas-, hasta la modali­dad que se da entre las comunidades marginadas, condicionado allí por el hacinamiento y la promis­cuidad o en las de altos ingresos como forma de evadir el tedio del hartazgo, esta expresión del amor ha sido siempre territorio vedado.

¿Por qué lo escogió entonces la Yourcenar? Deje­mos que ella misma nos responda: " ¿Por qué escogí el tema del incesto? Empecemos por afrontar la hipótesis de los ingenuos que siempre se imaginan que toda obra nace de una anécdota personal. Ya expliqué en alguna ocasión que las circunstancias sólo me dieron un hermanastro diecinueve años mayor que yo y cuya presencia, entre huraña y taci­turna aunque por suerte intermitente, había consti­tuido aspecto negativo de mi infancia... " .

"EI trivial adulterio ha perdido mucho prestigio debido a la facilidad del divorcio. El amor entre las personas del mismo sexo ha salido en parte de la clandestinidad. Sólo el incesto sigue siendo incon­fesable. Y casi imposible de probar, aún sospechan­do su existencia. El oleaje suele lanzarse con mayor violencia contra los acantilados más abruptos". (14)

Un hombre oscuro, segunda narración del volu­men, es también, en el fondo, una historia de amor. Nathanael, su protagonista, camina desde una in­fancia sin calor de hogar hasta una muerte en la pe­numbra, por un camino sembrado de dificultades, levantadas a cada recodo para abatir su condición humana y reducirlo a simple desperdicio.

Pero en su alma arde una llama que le mantiene firme y no deja que su voluntad se doblegue ante las situaciones más adversas. Llega al amor empujado por la soledad y se entrega confiado en brazos de Sarai, prostituta judía que lo engaña a su gusto y ter­mina por abandonarlo, llevándose al hijo concebido una noche en que el alcohol y el entusiasmo, le hi­cieron olvidar las precauciones.

Una vez desaparecida Sarai, quien pese a todo, fue una corta estación de calma en su vida de cons­tante peregrinaje, Nathanael, acosado ya por la en­fermedad de los pulmones que le llevará a la tumba, luego de un acceso de pulmonía que le mantuvo por mucho tiempo en el hospital, sale a prestar sus ser­vicios como jardinero, en casa de un señor con pretensiones de científico, que le hace narrar ante su grupo de amigos octogenarios, para quienes el sexo se ha retirado a los cuarteles de la fantasía, narrar digo, pintar con los colores más atrevidos las pasa­das aventuras de cama vividas por Nathanael entre exóticas tribus de salvajes.

Cuando la enfermedad estrechó su cerco y Natha­nael no sirvió siquiera como entretención de los po­bres viejos de oído verde, se le mandó a cuidar una propiedad de los señores en una isla desierta en donde un día o una tarde o una noche, acaba por dormirse definitivamente.

Una hermosa mañana, es un cuento corto, conti­nuación de la narración anterior, en el que un her­moso y despierto niño, seguramente el hijo de Nathanael y Sarai, educado por uno de los clientes cul­tos -actor especializado en la obra de Shakespeare-, en uso de buen retiro que llegaba por temporadas al generoso hotel que regentaban Sarai y su madre, consigue ser enrolado como actor, en una compa­ñía de cómicos ambulantes.

Lazare, como se llama el pequeño, ha aprendido de memoria varios papeles y lo hace con tanto arte que logra convencer al director para que lo lleve consigo. Así, en esa mañana, antes de la salida del sol, este muchachito se coloca en la vía de la erran­cia que le marcara un padre que nunca conoció.

(1)- Marguerite Yourcenar. Fuegos. Trad. Emma Calatayud. Edi· torial Alfaguara. Madrid 1983. Pág. 28.

(2) - Margerite Yourcenar. Ibd.

(3) - Marguerite Yourcenar. Opus Cit. pág. 32.

(4) Marguerite Yourcenar. Opus Cit. pág. 46

(5) Marguerite Yourcenar. Opus Cit. pág. 53.

(6) Marguerite Yourcenar, “Co9n los ojos abiertos”, trad. Elena Berni. Emecé editores, Bs. Aires, 1962 pág.88

(7) Marguerite Yourcenar, opus Cit. pág. 83.

(8) Marguerite Yourcenar, Opus Cit. Pag. 86.

(9) Marguerite Yourcenar, Opus Cit. Pag. 100.

(10) Marguerite Yourcenar, Opus Cit. pág. 106.

(11) Ciryl Connolly "La Tumba sin Sosiego" Trad. Ricardo Baeza.

Edit. Sur Buenos Aires 1949. pág. 25.

(12) Ciryl Connollv Opus Cit. pág. 17.

(13) Marguerite Yourcenar. "Como el agua que fluye" Trad Emma Calatayud. Edit. Alfaguara. Madrid 1983. pág. 259. I

(14) Marguerite Yourcenar. "Como el agua que flu­ye". Págs. 260 y 261.

Diario de una infancia: “Otro día”


Iba un niño por el sendero y en el sendero era una flor. Porfirio Barba Jacob

Tienes once meses y estás a punto de caminar. Ya casi te paras solo; los apoyos de que te vales los buscas más como pretexto que como verdadero soporte. Son más para tus ojos que para tus manos. Y caminas prendidito y tus pasos son mesurados, cortos, de tanteo, temiendo -tal vez-, que se te va a acabar el piso.

Tus tentativas de andar me fascinan. Cuando tengas oportunidad de leer esto habrás recorrido infinidad de kilómetros y encontrarás la acción de caminar como la más corriente y quizá indigna de atención.

Pero no pequeño. El caminar es un portento, un milagro sobrecogedor en el que intervienen los mecanismos más complejos de la arquitectura humana. Porque no caminas solo con tus pies sino con todo tu cuerpo y con toda tu alma.

En una acción tan simple de avanzar un pie, sostenerlo un instante sobre el suelo y avanzar después el otro, interviene el diseño maravilloso e incomparable de la estructura ósea, músculos, tendones, nervios, en respuesta al deseo de ir o de moverse simplemente sin propósito determinado.

Cada paso que se da es el resultado de la mecánica más compleja del universo y de una dinámica que no tiene par ni siquiera en la creación técnica más perfecta que se ha realizado hasta hoyo pueda realizarse hacia el futuro.

Te diré cómo son tus pies ahora. Son peque­ños, gordezuelos, con graciosos hoyuelos en el nacimiento de cada dedo; aún no se te ha formado el puente, ni es posible distinguir el empeine. Los dedos están bien formados; ah! tampoco se puede ver el tobillo y son blancos y son mullidos como almohadones de la más fina lana.

Y seguramente te llaman mucho la atención porque, al igual que todos lo infantes de tu edad, tomas uno entre tus manos y lo llevas a la boca para succionar el dedo gordo. También, cuando estás tomando el alimento del pecho de tu madre, siempre te coges un pie para jugar con él.

Tus piernas son cortas y fuertes, de una forma deliciosa y en las rodillas se te forman hoyuelos como los de las mejillas, las manos y los pies. Tienes las manos grandes y una gran fuerza en ellas; despliegas una gracia encantadora cuando tratas de rascarte la oreja y pretendes dejar libre un solo dedo para meterlo dentro del oído.

Hoy me mostraste cómo puedes estar de pie solo por un largo rato de instantes. Me mirabas fijo como para percatarte de que toda mi atención era para ti y cuando te cansaste -digo mal- cuando creíste que yo había sido testigo suficiente de toda tu proeza, te dejaste caer sentado y te reíste con esa risa tuya que es absoluta y total, diste saltos sobre tus nalgas y aplaudiste.

Créeme que tienes toda la razón. La hazaña que cumpliste no tiene absolutamente nada que envidiar a cualquier prueba que entrañe la más alta dosis de heroísmo, que implique el mayor cúmulo de riesgo; tiene el mismo valor que cualquier llegada a la luna o el trabajo de la más eficiente computadora.

El contador de cuentos: "El pesebre"

José Chalarca

Fue cuando vivíamos en la casa del abue­lo por segunda vez y nos tocó ocupar el pri­mer piso. En el de arriba habitaban como in­quilinos misiá Abigail, de setenta años de edad, y dos hijas solteranas: Esther Julia y Carlina. El hombre de la casa se llamaba Martín y tra­bajaba como chofer en una familia de ricos.

Sólo venía cada quince días cuando le daban salida.

Esther Julia era alta y flaca, Carlina tam­bién era alta pero de carnes abundantes. Es­ther Julia caminaba siempre en puntillas y hablaba bajo, casi en secreto; por ello ma­má le dio el apodo de “pisa flores”. Carlina nunca supe si hablaba.

Para un diciembre llegó un nieto de misiá Abigail, muchacho de mi edad que se llamaba Conrado con quien no logré hacer amistad.

Conrado al igual que yo tenía la pasión del pesebre y este sentimiento en común nos unía en la distancia de los entrepisos. Yo empezaba con la tarea de hacer el pesebre desde principios de noviembre y cuando se llegaba con el seis de enero el momento de des­baratarlo, lo había modificado y paseado por todos los rincones de la casa infinitas veces.

El año en que llegó Conrado, mi pesebre fue de los más hermosos que recuerde. Había pasado de las figuras amarillas hechas de barro con mi propia mano y cocidas en el fogón, a un fastuoso pesebre de yeso –en miniatura, claro– que con mis escasos aho­rros y unos centavos que papá birló del mer­cado, logramos adquirir en el almacén de don Benjamín López por la suma astronómi­ca de treinta pesos.

Ese año mi pesebre estaba más bello que nunca. A las ocho figuras reglamentarias se su­maban un rebaño de cuatro ovejas sin pas­tor, una gallina de carey color amarillo que ponía huevos verdes y era más grande que las imágenes del pesebre, cinco casas he­chas con empaques de remedios, un marra­nito de loza pintado de colorines.

Había también un río de papel de alumi­nio, unos pajaritos de celuloide, un tren de baquelita y muchos carros fabricados con cajas de fósforos.

El primer día de la novena que se hacía en todas las casas del barrio, iniciamos el reco­rrido en la de Conrado y ¡oh sorpresa! yo que los imaginaba ricos, les descubrí un pesebre tan pobre que era casi miserable. Todo un cuarto lleno de musgo con una sola figura que ni siquiera representaba un santo: una muñeca de porcelana...

Muchos consideramos que podría ser pe­cado rezar allí, pero la señorita Esther Julia nos cortó la retirada con una bandeja llena de confites. El pobre Conrado, demasiado gordo y grande para sus años, se sintió tan herido por nuestra actitud y los comentarios burlones de la chiquillada, que no nos acom­pañó esa noche a rezar la novena en el resto del vecindario.

A la noche siguiente, Conrado no se apa­reció y en un acuerdo tácito resolvimos igno­rarlo. A la tercera noche volvió con nosotros y pidió, no, más bien exigió que comenzára­mos haciendo la novena en su casa.

Le había cambiado de sitio al pesebre.

Ahora estaba en el comedor cubierto con una sábana a manera de telón. Cuando todos estuvimos dentro y habíamos encontra­do acomodo, Conrado abrió la sábana y apa­reció ante nuestros ojos incrédulos un pese­bre de fantasía.

El rostro y la expresión de las figuras era de una perfección que las hacía casi reales a nuestra vista deslumbrada; el oro, el colori­do y sobretodo el tamaño superior al de las figuras de los pesebres caseros, nos dejaron a todos pasmados de asombro.

De los tres Reyes Magos, dos iban monta­dos en corceles tallados en actitud de brío de los mejor pura sangre enjaezados con riquezas sin medida; el tercero montaba un camello en silla con baldaquino. La Virgen María estaba representada en posición se­dente y sostenía en sus manos un pañal; San José de pie con su varita eternamente florecida. Contemplaban el conjunto la mula y el buey no echados sino bien parados en sus cuatro patas y tres pastores con ovejas sobre sus espaldas agachados buscando un Niño Dios que no aparecía por parte alguna.

Más tarde supe que el pesebre que nos mostró esa noche Conrado era nada menos que un pesebre español, tallado en madera, con todos los refinamientos del estilo barro­co.

Esa noche hicimos la novena con el mayor recogimiento, nos sentíamos como en la Iglesia, hechizados todos por las hermosísi­mas figuras.

Todo se vino abajo el cuarto día. A eso de las once de la mañana, estaban golpeando en la puerta de misiá Abigail tres sacerdotes del Seminario de los Padres Corazonistas, próximo a nuestro barrio y cuatro policías.

No era yo el único curioso. Todas las veci­nas estaban asomadas a las ventanas y co­mentaban y conjeturaban a voz en grito lo que pasaba y lo que pasaría.

Los sacerdotes y los policías entraron de­jándonos a todos en ascuas. Al cabo de un buen rato que la curiosidad nos hizo eterno, salieron llevando cada uno varias imágenes del pesebre de Conrado.

Esa noche la novena se hizo en la capilla del Seminario y hubo bendición con el Santí­simo, para reparar el sacrilegio cometido por el pobre Conrado que se fue ese mismo día con sus padres.

El café, relato ilustrado de una pasión

Por José Chalarca

Colombia ofrece paisajes que envidiaría el más logrado paraíso: altas montañas coronadas de nieve que se asoman al mar para contemplar en su espejo las líneas soberbias de su silueta.

Cerros de forma caprichosa como la materialización de los sueños de un geógrafo febricitante.

Gargantas profundas para asomarse en ellas a contemplar el centro de la tierra.

Riscos inaccesibles, colinas ondulantes que sugieren las morbideces ocultas de vírgenes necias ofrecidas con fingido recato a la tentación de la caricia.

Planicies erizadas de montículos en donde el viento ensaya la voz y la luz prueba la escala tonal de los verdes.

Llanuras infinitas para que el sol mida el alcance de sus rayos. Territorios inmensos donde se pierde la noción del horizonte, sembrados de pastizales inagotables.

Tierras sin límite extendidas allí por la geometría, para demostrar la infini­tud del plano e ilustrar en el tiempo la noción de eternidad.

Suelo llano poblado de vegetación generosa en donde habita una fauna tan numerosa y variada que daría para llenar una y muchas arcas de Noé.

Ríos caudalosos, poblados de riquísima variedad de peces que recogen en sus márgenes las aguas que le llegan de todas las regiones del país y ofician de vías de comunicación.

Riachuelos de aguas cantarinas que se deslizan alegres, sobre lechos tapizados de guijarros multicolores, habitados por pececillos juguetones que corren despreocupados hacia los grandes ríos que les conducirán, envueltos en sus aguas abundantes, hasta el océano final de su sueño.

A este suelo y este paisaje, un día, después de larga travesía y aventuras innumerables cuya crónica daría para llenar voluminosos tratados, llegó el café y en él, edificó su morada.

Aquí encontró, en las vertientes de las tres cordilleras que surcan el suelo colombiano de sur a norte, suelo generoso, de clima propicio y lluvia benigna para echar raíces y rendir sin desmayo, año tras año, la cosecha abundante de sus frutos rojos.

Y encontró unos hombres de corazón sin linderos, dispuestos a brindarle cuidado amoroso a todo lo largo de los distintos pasos de su ciclo vital.

Hombres de mente abierta y mirada visionaria que supieron ver en el cultivo del café una fuente de riqueza segura que les daría a ellos, a sus hijos y a los hijos de sus hijos, el sustento y el bienestar.

Hombres que dispusieron sin remilgo la fuerza de sus músculos, para quitar a la selva las tierras que necesitaban para el cultivo del café y al impulso de la siembra extendieron los linderos de la civilización.

Y abrieron caminos y tendieron rieles para que las montañas se poblaran con el canto de las locomotoras y trazaron carreteras para borrar las distancias y unir las montañas con el mar y con el resto del mundo.

Y levantaron aldeas, edificaron pueblos, construyeron ciudades y, poco a poco, con perseverancia que en ocasiones tocaba los límites de la sensatez y la cordura, llevaron la civilización hasta el lomo arisco de las cordilleras y las cumbres.

Esos mismos hombres que con sus acciones trajeron al territorio de la verdad la leyenda de los titanes, dispusieron sus manos dadivosas y también delicadas para recoger con cuidado y en los árboles más recios, los granos más saludables y hermosos para extraer las semillas de nuevos cafetos.

El Oficio de Preguntar de José Chalarca

Por Hernando Salazar Patiño

He sido testigo del inicio y el desenvolvimiento de la apasionada e in­quietante relación de José Chalarca con la literatura. Esta obra es su fruto. Pero es al mismo tiempo la historia de esa relación. Honesto y vanidosamente humilde en lo que nos dice de su aventura con los libros, de su deslumbramiento, de la forma de apropiarse de su sus­tancia al serle ajena su pertenencia -en contraste con los privilegios que halla en Sartre mas semejante en el rito-, el autor hace hincapié en el oficio que más identifica al hombre, que es por eso mismo el oficio del poeta y del filósofo: el oficio de preguntar. "El hombre está condenado a formular preguntas" dice Chalarca en su ensayo sobre Silva y al filósofo existencialista de "Los caminos de la libertad" le agradece las perspectivas distintas que le dio a su preguntar, lo que vale decir, a su perspectiva humana.

Desde esas almas deformes de los burgueses de provincia que Francois Mauriac escalpeIa en sus novelas enfermizas, hasta el estoicismo de los actos cotidianos con el que los seres simples de John Updike manifiestan una dimensión no entrevista del espíritu norteamericano, personajes, ideas, sentimientos, son seguidos, o mejor, espiados, por la mirada indagadora de Chalarca. Y es que en los libros que lee, en los autores que escoge, ha querido obtener una res­puesta.

Estos ensayos revelan un lector abundante, un lector conmovido, un lector entusiasta, y ya se sabe, un lector interrogador. Más discursivo que crítico -más el discurrir que el análisis-, el autor se preocupa e in­terpreta que ve, lo que encuentra, por sobre lo que pueda verse o hallarse. Esta subjetividad del buscador que hay en Chalarca le co­munica el tono personal, reflexivo, claro, sensible, a "El oficio de preguntar", y acentúa la nobleza de su estilo.

Dos aspectos fundamentales deben subrayarse en este libro. Por una parte el homenaje que hace José Chalarca a sus maestros litera­rios y a sus amigos artistas. Maestros son aquellos que nos ayudan a pensar, a conocemos. Y es aquí donde se hace nítida la formación clásica del autor, la que le posibilita su lúcida e infrecuente compren­sión del hombre moderno. A diferencia de la mayoría de sus con­temporáneos y de los comentadores de libros más recientes que creen que la literatura acabó de nacer y tiene por tierra de origen a Latinoamérica, Chalarca comprueba algo que extrañamente dejó de ser obvio para volverse excepcional: el conocimiento de los clási­cos como propedéutica para saber leer a los modernos. Y hay tam­bién en "El oficio de preguntar" una biografía, la biografía espiritual del autor. No obstante el regodeo algo mórbido ante el niño inerme del que no sabe aún si pertenece al pasado, la verdad es que Chalarca quiso nacer griego, y espiritualmente lo es. Racional e intencional­mente estoico por la búsqueda de una imposible imperturbabilidad, pero plantado en el ángulo de esos dobles caminos sin salida que in­citan a rebelarse contra la naturaleza o aceptar el destino que se pa­dece como en los trágicos griegos, la pasión humanística de Chalar­ca y su ansia de virtudes heroicas tiene que asumir que "nada sobre­pasa al hombre en pavor", según la expresión de Sófocles que él cita en el ensayo magnífico sobre su maestro Nikos Kazantzaki, un grie­go contemporáneo que le enseñó -como en la tradición filosófica- a preguntar por el ser del hombre.

El moralista de raíz existencial que hay en Chalarca, se transparenta en la mayoría de estos ensayos. Explícito en los que escribe sobre Jean Paul Sartre, en la visión heideggeriana de Walt Whitman, en la temática universal de la poesía Iacerada de Fernando Mejía Mejía, hasta su conmoción ante la muerte del sacerdote revolucionario Ca­milo Torres -ensayo que suscitó polémicas e hizo reaccionar al viejo Calibán-, patentizan que es el existencialismo cristiano el soporte teórico de sus escritos menos recientes. En los de los últimos años manifiéstanse, entre varias singularidades, otras de las facetas que es­tructuran la rica personalidad intelectual de José Chalarca: el extra­ño cafetólogo en que está hoy convertido pide ingreso a la literatura en las "Aventuras del café" y, especialmente dotado para la com­prensión pictórica, (" el pintor que se frustra en mí todos los días) como confiesa en su nota sobre el acuarelista Hernán Salamanca, aparece el comentarista de arte -del que resentimos no serlo más constante- en las notas sobre Leonel Góngora, David Manzur, Her­mes Pinto, Eduardo Ramírez Castro, Talú Durán y el mencionado Hernán Salamanca.

Del academicismo formal del que adolecen sus primeros trabajos a los que todavía les faltaba licuefacer su sustancia, desvestir mas su vitalidad y frescura, sin superar por completo el formalismo, los en­sayos de Chalarca se van desatando hasta adquirir esa agilidad del gIosista contemporáneo que informa y estimula, recrea y clasifica. Excluyendo los ya aludidos, el academicismo filosófico notorio en el estudio sobre "La Vorágine" -en el que hay que destacar, con todo, la óptica poco trasegada que allí aplica- está muy lejos del lector atento e informado que nos cuenta de Marcel Jouhandeau o del agudo y sumario escorzo sobre Jerzy Kostnski. La experiencia perio­dística que corre entre ellos marca esa maduración.

Pocos tan distintos como el Chalarca creador y el ChaIarca lector que no equivalen, en una sinonimidad que sería inexacta, al cuentis­ta y al ensayista. Difieren como en la obra de arte la réplica del original. Dije que en esta serie de ensayos ChaIarca nos habla de su relación con la literatura y el arte. Su cuentística habla es de su relación consigo mismo. Pero en ambos géneros nos revela lo mejor de él, de su relación con los demás, es decir, con nosotros.

Color de hormiga

José Chalarca

Estaba siempre vestida de blanco con vestidos de su propio diseño y confección, que só­lo dejaban visibles la puntera tímida del za­pato por abajo, una mínima porción de nuca por arriba y disimulaban, entre los numero­sos encajes de los puños, la silueta de unas manos delicadas. Tenía rubio el cabello, de abundancia y brillo inusitados, que caía –lige­ramente ondulado– hasta sobrepasar el lí­mite de la cintura, la piel tersa y fresca sin una sola arruga que delatara la cifra verda­dera de sus años, y los ojos de un azul intenso. Era bella, de una belleza fría, como materia­lización de estrictos cánones estéticos.

A los quince años tuvo su primer amor y despidió al pretendiente dos días antes de cumplir su palabra de matrimonio, por la ter­ca insistencia de aquel en dar un paseo, to­mados del brazo, por las calles del pueblo.

Dos años después de salir todas las tardes –sin faltar una sola–, a tejer croché en un balcón que daba a la calle, conquistó su segundo Romeo. Le recibía en la sala grande, a la que sólo tenían acceso las visitas que ella determinara, sentada y sin levantarse en el momento de la despedida. Él le propuso pa­seos a caballo y ella aceptó sin resistencia. Cuando llegaba, la encontraba ya sobre la ca­balgadura y al término del paseo, mediante la complicidad de los hermanos –sobré todo la mía– nunca le permitió ver cuándo se apeaba. Hasta que la curiosidad hizo crisis en el nuevo pretendiente y, con la emoción del sacrificio, ofreció aceptarla como era, así de tremendo fuese el defecto que ocultaban sus vestidos largos y su renuente posición seden­taria. Ella, por toda respuesta, le indicó la sa­lida con gesto implacable.

Nunca más hubo otro novio. Canceló defi­nitivamente toda posibilidad de matrimonio y se dedicó por entero a levantar una mura­lla que hiciera inaccesible su virginidad y des­de cuyas almenas y torreones pudiera dirigir con hábil estrategia los movimientos de papá, mamá y los otros doce hermanos.

Todo en la casa empezó a girar en torno de Leticia. Un día a papá se le ocurrió em­baldosar un patio de la finca; ninguno de los hermanos pudo. Hicieron venir entonces a Leticia. Ante la duda solidaria de la parentela mandó tender hilos, emparejó el terra­plén, con sus propias manos colocó la primera hilera de baldosas y dirigió luego, con aca­bada pericia, la tarea de hermanos y peones.

Y así era en todo. Para Leticia no había nada imposible. La familia creyó que después de lo de su pierna, con los mimos y las pre­ferencias, ella se sentaría en la comodidad que ofrecen las primeras filas, a mirar vivir a los otros. Pero no ocurrió tal. Leticia hizo su vida y no una vida cualquiera, sino una vida de cometa que arrastraba en su cauda a la de todos los suyos –con excepción de la mía que he logrado sustraer a su influencia.

Una tarde, Leticia tuvo una discusión por un asunto baladí con mi hermano Josué (uno de los mayores), quien con sus inconsecuen­cias la puso fuera de sí. Tomó el re­vólver que siempre mantenía cerca de ella –nunca supimos con qué fin– y vació ínte­gra su carga contra el hermano impertinente. Para fortuna de Josué, Leticia tenía mala pun­tería y sólo recibió algunos rasguños en un brazo. Nadie lograba calmarla y todos, in­cluso mamá, salieron de huída. Cuando lle­gamos papá y yo (siempre andaba con él por ser el más pequeño y el más despierto de la familia), Leticia no cejaba en su furia y hacía constantes disparos al aire. Papá se lle­vó las manos a la boca para hacer bocina y logró convencerla de que depusiera su enojo y nos permitiera la entrada. Solamente nos dejó seguir a los dos. La encontramos con los cabellos en desorden, el traje destrozado y los brazos llenos de verdugones. Sin hacer caso de mi corta edad (en ese tiempo la gen­te era muy pacata), entró en detalles de una fantástica violación que había querido llevar a cabo Josué. Papá –un gigante da casi dos metros de altura y no sé qué exagerada can­tidad de kilos– humillando su pesada humani­dad dijo a todo que sí y la casa recobró la calma.

Cuando murió papá –su muerte hizo his­toria en Aranzazu– la suerte de Leticia cam­bió un poco. Aunque no era la preferida, su desaparición la afectó mucho, tal vez por el drama –más bien la tragicomedia que resul­tó su velorio obligado de cuatro días–. Los hermanos compraron el ataúd más grande que había en el pueblo y papá no cupo en él; mandaron a hacer uno a su medida, pero cuan­do lo trajeron, papá había aumentado de an­cho; hubo que hacer otro que tampoco sir­vió, le quedó corto. Al fin, ante la urgencia de sepultar tanta carne que ya comenzaba a ranciarse, optaron por dejarle los pies afue­ra y así lo llevaron a la iglesia y finalmente al cementerio.

Yo, que no me descuidaba, aproveché la confusión y saqué toda la plata que papá guar­daba en el escaprate, para escaparla de los hermanos. La enterré en un hoyo profundo sin llegar a saber hasta ahora cuánta había. Los hermanos me hicieron un cerco feroz, cu­ya dureza no logró ablandar mis once años no cumplidos: llegaron hasta el extremo de torturarme y no darme comida. Me salvó Le­ticia, que descubrió dónde me tenían. A mamá y Leti les mostré el escondite de la plata –ellas mismas, en consideración a mi debili­dad y para alejar la sospecha de los hermanos, la desenterraron y seguramente también la gastaron.

La familia se abrió. Mamá quedó en la fin­ca, Leti se fue a la casa de Aranzazu y yo me largué a Manizales. Iba a casa cada quince días o cada mes; unas veces llegaba donde mamá y le decía que había estado todo ese tiempo con Leticia; otras llegaba donde Leticia di­ciéndole que estaba con mamá.

Leticia se entregó a sus lecturas y a sus cu­riosidades. Montó primero un consultorio sentimental que convirtió después en grafológico‑quiromántico con sus secuelas de menor categoría pero no menos aceptadas, echaba los naipes, leía el cigarrillo, la taza de café, de chocolate, de todo lo que dejara concho; hacía y deshacía maleficios y sales hasta que se cansó y varió de rumbo.

Le dio entonces por las lecturas serias: his­toria, economía, ciencia política, y su sala cam­bió de concurrencia. Los políticos, los inte­lectuales, los aspirantes a la reducida buro­cracia municipal y los simples desocupados con apellido de dinero, remplazaron a las sol­teronas, las casadas engañadas y engañado­ras, las quinceañeras ingenuas y las sirvientas esperanzadas. Tanta categoría le conquistó su círculo, que resultó electa concejal y más tar­de diputada a la asamblea sin hacer un solo discurso ni gastar un solo centavo. No acep­tó ninguno de los cargos ni tampoco el de ca­beza de lista para el senado de la república que le ofreció un político influyente durante su permanencia electorera en Aranzazu.

Aburrida del chismorreo del pueblo, resol­vió cambiar su sede y se fue a Manizales. El centro de la provincia –un pueblo más gran­de con otros intereses– ignoró a Leticia, que optó por dedicarse a la oración y al estudio del marxismo. Yo mismo le compré una edición de El Capital en tres volúmenes, Los Manuscritos Económicos y la Exégesis de Ives Congar. De El Capital no pudo supe­rar las tres primeras páginas del tomo uno, Los Manuscritos ni siquiera se tomó el tra­bajo de abrirlos y de Congar consultaba el índice. Pero se hizo a la terminología; los co­munistas no sé cómo diablos olieron su presencia y organizaron en su casa una célula del partido. Los camaradas la llamaron su ideó­loga, se bebieron su chocolate y se largaron al fin, llamándola revisionista porque se quejó de unos mozalbetes que lanzaron una piedra contra su pierna enferma, durante un cona­to de manifestación que la tomó por sorpresa cuando salía del rosario.

Inesperadamente Leti llegó a Bogotá y ate­rrizó en mi apartamento. Seguía siendo la misma, tan campante y tan fresca (parecía de veinte años, aunque ya rebasaba los cincuen­ta), cautivada de la filosofía de la nueva on­da. Me pidió que le consiguiera canabis porque tenía deseos de hacer un viajecito, de so­llarse y yo accedí entre sorprendido e incré­dulo. Traje la yerba y le armé el varillo, tuve también que encenderlo. La pobre Leti alcanzó a darle tres aspiradas y le cogió la pálida; después me dijo que se sintió como un avión... pero en picada.

Con su eterno traje blanco, ahora guarne­cido de letreros en inglés que decían love me, peace, policromías en acrílico, collares de cho­chos, chaquiras, corales y plumas de gallina mal teñidas, el pelo amarrado con una cinta de cuero y un pequeño morral, la conduje en taxi hasta la carretera de lbagué. Se iba al Tolima, viajando a dedo, en busca del paraíso de los hippies, que ella imaginaba tapizado de hongos alucinógenos, y el corazón ensancha­do con la consigna de haga el amor y no la guerra.

Viéndola alejarse manejando con elegancia su indiscreta cojera de la pierna izquierda, pensaba para mí, si no era color de hormiga la posibilidad de que Leticia encontrara un inquieto que se acostara con ella, pusiera tér­mino a su virginidad cincuentona y la llevara a realizar su nuevo lema.

Mauriac y su obra novelística

Por José Chalarca

Para comprender las almas de Mauriac es nece­sario un preludio que, como en las grandes sinfo­nías, anuncie las frases musicales que se desarro­llan y combinan dentro de la obra. En la novela de Mauriac hay elementos constantes: el paisaje y los tipos. Toda la acción de sus obras se realiza en una parcela de Francia: Gascuña con sus Interminables landas frías y pantanosas, pobladas de extensos bosques de pino, o los fértiles viñedos de las regiones aleda­ñas a Burdeos. Sus tipos, sus personajes, están entresacados de familias cuyo ancestro se remon­ta a varias generaciones. Llevan la propiedad en la sangre, tienen la pasión de la propiedad; aman el paisaje familiar con un amor entrañable y lo llevan en la memoria a donde quiera que vayan. Tienen también la pasión del nombre, del apellido, viven enamorados de su clan y procuran guardar las dis­tancias. Un Devizze o un Desqueiroux, tomando un nombre al azar, es todo un mundo de conve­niencias, de ventajas, de prerrogativas. Practican la religión de la aristocracia que tiene como dios al apellido, a cuyo honor sacrifican el amor y la vida misma. Todo lo anterior constituye el cuadro circunstancial de las creaciones de Maurlac.

Las almas que Mauriac crea son polifacéticas, ya que no existen almas de una sola cara, pero en ellas, hace resaltar su matiz principal, el color que las define, su pasión dominante. Así en “EI beso al leproso” su primera novela, nos muestra la pusila­nimidad de Jean Peloueyre, que metido en un cuerpo deforme, es Incapaz de superarse para to­mar lo que en justicia le corresponde.

Jean es uno de aquellos seres que no pueden moverse por si mismos, y solo avanzan empuja­dos por las determinaciones de los demás. Arre­glan su matrimonio con la muchacha más bonita de la aldea, quien a pesar de sentir repulsión por aquel ser contrahecho y famélico, lo acepta sinembargo, por ser un Peloueyre, último vástago de una gran familia que podría con su fortuna, salvar de una humillante bancarrota a los suyos. La boda se efectos pero el matrimonio no se consu­ma; allí empieza el calvario de Jean que no se atre­ve a tocar a su esposa por temor a contrariarla, y porque quiere ser consecuente consigo mismo. Se da perfecta cuenta de que no puede suscitar el amor de nadie; su figura solo Inspira lástima y la mujer que le cupo en suerte no sabe apreciar la ex­quisita belleza de su pobre alma. Jean muere al fin combatido por la tisis que no encuentra resisten­cia alguna en su organismo enclenque.

En esta obra aparecen ya las características de­terminantes de toda la novela de Mauriac. Hay en ella un tono sostenido, no tiene altibajos, los he­chos se suceden y se enlazan haciendo un solo todo y luego se desatan, como un río que se vacía en el mar por distintas bocas.

Mauriac da la Impresión de no terminar sus obras; su punto final no es definitivo, y aunque dé la acción por concluida, uno se siente tentado a seguirla con su propia fantasía. Sus personajes son humanos; tan reales que los podríamos en­contrar a nuestro paso; pero no son universales. Están limitados a su raza, a su medio ambiente, a sus circunstancias. Fueron hechos para vivir en Gascuña pegados a su feudo y su vida fuera de allí no tiene razón de ser. En otro lugar del globo podrán darse existencias animadas por las mismas pasiones, con los mismos sentimientos, porque todos los hombres han sido dotados Igualmente, pero de distinto colorido, calor, Intensidad, potencia.

Mauriac concibe el personaje como sujeto de determinadas Inclinaciones. Toda pasión tiene ciertas aristas que la enmarcan y distinguen, pero adquiere tonalidades diversas según el sujeto que las encarna, y de allí toma su realidad. «La pasión no es más que un fantasma si no puede encarnarse-, dice en «La Farisea». Mauriac no hace sino trasladar con maestría los tipos universales del egoísmo, el orgullo, la lujuria, la avaricia a hombres de carne y hueso nacidos en una tierra y de una clase social que él muy bien conoce.

La virtud y el vicio no tienen patrones objetivos consistentes; no podemos ver la virtud y acariciar su perfil como el de una estatua porque la virtud es una fuerza espiritual, pero sI nos es dado contemplar la virtud que resplandece en las actuacio­nes de un Individuo concreto, encarnada en alguien.

La virtud no existe sola como un vestido de tal estilo que deben ponerse todos los que quisieren ser virtuosos. El ser virtuoso consiste en ajustar nuestro modo personal de obrar a los principios rectos que rigen la conducta hacia el bien y así, aunque la caridad sea una, es muy distinta la caridad de Pedro a la caridad de Héctor; ambos sa­ben su deber de amar al pr6jlmo, pero cada uno lo cumple condicionado por las fuerzas de su perso­nalidad y de sus circunstancias.

No existen personalidades sencillas. Cada hombre es un mundo complejo regulado por Infi­nidad de leyes, muchas de las cuales le son des­conocidas. Cada hombre es un manojo de pasio­nes cargadas de una fuerza potencial capaz de im­pulsarlo, tanto en el bien como en el mal a distan­cias insospechadas, que lo llevarían a realizarse como un gran santo o como un gran pecador; todo depende del cauce que éstas sigan.

Mauriac sabe bien lo que acabamos de decir, y por eso lleva sus personajes a situaciones limite. Tomemos por ejemplo al protagonista de “Nudo de víboras”: Luís es un hombre Inteligente, brillan­te abogado; egoísta, enamorado de si mismo hasta tal punto que llega a convencerse de que no puede ser amado por nadie en la medida en que él se ama; por lo tanto, se encierra dentro de si, hace abstracci6fl del mundo exterior y se empeña en verlo únicamente en funcl6n del beneficio que le reporta y en medir las cualidades de los demás con su propio rasero. Como no puede dejar vacía su capacidad de amar y ya está saciado de su per­sona, se enamora del dinero que atesora con Intención de poseerlo hasta el paroxismo; pero ocu­rre lo contrario y acaba siendo poseído por éste que le impone su dura ley y le hace su esclavo.

Cuando abre los ojos ya es demasiado tarde; haciendo balance de su existencia encuentra, ya al fin de ella, que ha vivido como un asceta; se ha privado de todo buscando la economía que acre­centará su capital, que en última Instancia, ha si­do amasado para sus hijos, unos hijos a los que no ha podido querer porque ni siquiera ha Intenta­do conocerlos. Tan extraños son para él, su espo­sa y todos los que constituyen su familia, que se dice con amargura y a modo de disculpa: -La mayor parte de los seres humanos no se eligen mejor que los árboles que han crecido juntos y cuyas ramas se confunden por el crecimiento». SU mujer y sus hijos no están unidos a él, no hacen parte de su tronco, están enredados como las pa­rásitas. En los suyos no ve más que la ambición personificada de poseer su fortuna, y no puede imaginarios sino tramando siempre la manera de apoderarse de lo que con tanto trabajo ha ateso­rado; esto lo lleva a decir que “solo vemos aquello que estamos acostumbrados a ver».

Ante el hecho del amor se queda perplejo y no acierta a colocarlo sino en la esfera del misterio. -Incluso los mejores, escribe en sus memorias, no aprenden a amar por si solos. Para pasar de largo ante los ridículos, los vicios, y sobre todo la estu­pidez de los hombres, es necesario poseer un se­creto de amor que el mundo no conozca. Mientras ese secreto no sea hallado, se cambiarán en vano las condiciones humanas». Descubre que el odio por fuerte que sea y el egoísmo, no son energías transformadoras porque no llevan al progreso, pues éste se basa en la comprensión mutua y el reconocimiento de los demás.

Examinando su conciencia encuentra con ho­rror que .ha sido un monstruo de soledad e Indi­ferencia» pero, como los caracteres y los tempera­mentos no se dan en estado puro, comprueba también que .a pesar de creer que el egoísmo me hacía inmune, me hacía extraño a todo lo que compete a lo económico y social, había en mi un sentimiento, una oscura certidumbre de que para nada serviría revolucionar a la faz del mundo; había que tocar al mundo en el corazón»; recono­ciendo así al amor su valor de elan vital, de fuerza motriz de toda actividad humana y concluye su examen con unas palabras que dejan ver cierto lampo de esperanza en medio de la noche tenebrosa de su desesperación .” Busco solo a aquel que lleve a cabo esta victoria; será necesa­rio que sea el corazón de los corazones, el centro vivo de todo amor” y esto no es otro que Dios hu­manado, Cristo, a quien él se ha empecinado toda su vida en no reconocer.

Mauriac en su obra novelística se ha propuesto descubrir el mal; sus personajes son casi todos tan monstruosos, por decirlo así, como el que aca­bamos de estudiar. Sus “malos” aparecen como gigantes ante los cuales los virtuosos, los bue­nos, son pigmeos; no tienen Importancia, su vir­tud, su bondad, es opacada por la malicia y la per­versión de los primeros que desempeñan los papeles «cumbre» de su trama.

Un frío pesimismo se trasluce en la novela de Mauriac. Al terminar su lectura, uno siente cierta frustración porque después de vivir las peripecias de sus personajes espera un final a sus desdi­chas, que abran los ojos, que se conviertan. Pero no nos da ese gusto e inmisericordemente deja morir sus héroes irredentos. Asevera nuestro aser­to este párrafo de Los caminos del mal: “La vida de la mayor parte de los hombres es un camino muerto y no conduce a ninguna parte. Pero otros saben desde la infancia que van hacia un mar des­conocido. Ya entonces, la amargura del viento los sorprende, y el sabor de la sal llega a sus labios, hasta que, franqueada la última duna, esta pasión infinita les abofetea con arena y espuma. Solo les queda precipitarse en el abismo o volver sobre sus propios pasos» y como es casi imposible, o más bien Imposible desandar lo andado, dada la situación en que Mauriac coloca a sus personajes no hay otro camino que arrojarse en este abismo, en la perdición total”.

Una que otra pincelada de bondad matiza de claridad el negro retrato de las almas que Mauriac pinta, pero no es más que una chispa. Hasta el paisaje mismo en que coloca a sus hombres es de fondo oscuro, en las landas siempre está llo­viendo y el cielo es plomizo, la tierra se adhiere a la planta de sus personajes corno cieno pegajoso que les Impide marchar con soltura.

Cada novela de Mauriac es un problema de mo­ral, un conflicto de conciencia caracterizado por el sentimiento de culpa, de pecado. Para Mauriac no parece haber otro problema moral, dice Le­clercq. La moral no es una ciencia del mal, sino la ciencia del bien; si la moral tuviera como objeto formal el pecado, el mal en si, se volvería negativa y dejaría de existir como ciencia, porque el mal es negativo. El mal moral es un defecto de la voluntad, es una falta de voluntad.

Para el cristiano, y los personajes de Mauriac lo son; malos cristianos, pero cristianos; la conciencia moral no depende del sentido de pecado sino del «sentido de Dios, del sentido del amor divino, del sentido de la redención.” El pecador no es el testigo más auténtico del sentido moral” anota finalmente, Leclercq, y yo añadiría que en lugar de hacerlo patente lo anula; el pecador empedernido carece de sentido moral.

No obstante, la novela de Mauriac no pierde va­lor, pues él es un maestro en su género y además, encuadra muy bien dentro de la mentalidad de nuestros días, ocupada en resolver los problemas del hombre, sus eternos problemas, que han sido de nuevo puestos sobre el tapete por la filosofía existencial. Si bien Mauriac no aporta solución a los problemas que plantea, los pone de frente, ha­ce de ellos un examen fenomenológico para que otros, basándose en esto, emprendan la tarea de darles respuesta.

Pinta porque pinta

(Sobre la exposición de José Chalarca en la Casa del Marqués de Valdehoyos,
Cartagena 1993)

Por Roberto Burgos Cantor

Parecería que el intento, desesperado por cierto, de la pintura tiene que ver de manera fundamental con un capricho de los seres humanos: perdurar.

Esta idea de duración en el tiempo, con fatalidad mesurable y finita, no es todas las veces la manifestación de una vanidad más o menos sin fundamento. Ella, en ocasiones, se subordina a obsesiones innombrables, empecinamientos, terquedades, que acaban por darle un sentido a estos días que «uno tras otro son la vida".

En el caso de hombres que por su oficio son reconocidos como buceadores de palabras, contadores de historias, inventores de ficciones y conceptos también se siente el olor de eternidad. Ernesto Sábato pinta, después de sus celebradas novelas, porque una grave afección de la vista lo hace apto para los pinceles. El poeta Alberti escribe, incansable, porque una extraña alergia lo alejó de los lienzos y los aceites.

Pero, José Chalarca, este hombre que nació en la cresta de la cordillera y que viene escribiendo con rigor silencioso, cuentos, ensayos, poemas secretos, reseñas, pinta porque pinta. Es uno de esos extraños cazadores de belleza incrédulos de su hacer y descreídos de sus hallazgos. Por una paradoja feliz, la falta de fe los conduce a una aventura más, a otro precipicio, a atisbar quizás el fracaso o la nada que no siempre son lo mismo.

Para quien quiera saberlo, porque al fin y al cabo las fuentes turbias de la creación resultan de tanto interés como el resultado, lo único que persigue Chalarca en su aventurar sin sosiego es la belleza. A lo mejor ni él mismo la concibe de manera exacta, tangible, precisa. Por eso en su pintura cada obra denota una ausencia. Se está para mostrar que se hace falta. Así sus donceles presentes muestran con hondura las doncellas que no están. Las que se retardaron. Las que no llegan. Pero ello también revoloteaba con la fugacidad perecedera de una sombra y cierta iluminación desgarrada en sus ensayos. Como en la reflexión, severa y personal sobre M. Yourcenar. El femenino imposible se refugia en la trama histórica irrecuperable para cantar su derrota. Batallas invisibles que se revelan a los mirones.

José Chalarca intuyó los demonios de su arte en un pliegue de la cordi­llera. Con el pretexto de construir los pesebres de la infancia inventó diablos, ángeles y animales que no navegaron en el arca de Noé. De esos que aparecieron en América por la fuerza desatada de la imaginación. Chalarca los moldeaba de colores mientras cuidaba las vacas, escurridizas en la niebla del solar paterno.

No contento con ese ejercicio, casi sacrílego de armar figuras de barro, llegaba a la casa oloroso a cidrón y café, a pintar en los papeles de estraza donde el tendero envolvía la carne sangrienta de res y de puerco. Su madre lo convidaba a acostarse. A esa hora ni siquiera las luces del burdel triste de bocas apretadas permanecían encendidas.

El obstinado de José Chalarca aprendió a pintar en la oscuridad, así como los amantes furtivos de la casa de placer esquivo aprendieron a amar en silencio con una media de lana embutida en la boca para atrancar los gritos que los delataran. Tal vez por eso sus figuras están iluminadas desde adentro, con un faro interior, desde el cual el pintor indaga la ausencia.

Y logró el pintor sobrevivir a todo. A los fríos que en el amanecer de la cordillera calan los huesos; a los festejos por un editorial del periódico local que le pagaban con una copa de aguardiente; a la conformidad mediana de ser una celebridad de parroquia; a la tentación de claudicar.

Chalarca asumió, en una época en la cual no es usual, un reto. El reto de cumplirle una cita a la belleza. La belleza que Breton llamó convulsiva y Rimbaud encontró amarga. Y quiere dejar testimonio de ese encuentro. Hoy lo hace como ya lo hizo con su literatura. El deja vislumbrar en su mano, dura pero suelta, una línea que apenas se propone atrapar lo bello y ojala ahorcarlo.

El erotismo del yo

Por José Chalarca

Narciso es una figura secundaria de la riquísima y deslumbrante mitología de los griegos. Era hijo del río Cefiso y la ninfa Liriope, deidades menores del orden acuático; sus creadores le dieron como nota característica a su existencia una extraordinaria belleza física.

A la hora de su nacimiento Tiresias, el vidente, el arúspice, el que estaba en posesión del más oscuro de los secretos: el futuro, vaticinó a los padres que Narciso viviría eternamen­te, pasaría con éxito la prueba de la muerte si nunca cono­ciera su propia figura.

La belleza que es el más fatal de los dones con que los dioses regalan a sus criaturas, hizo de Narciso el imán de las miradas de todos los que cruzaban por su frente y el objeto ansiado en el que se concretaban los sueños de amor de aquellos capaces de amar que fueron alcanzados por el he­chizo de su hermosura. De él estuvo enamorada la ninfa Eco, condenada por la celosa Hera a decir sólo las palabras finales de cualquier discurso que intentara y a quien Narciso desdeñó precisamente por su falta de palabras.

También lo estuvo el joven Aminio quien tampoco fue correspondido y buscó en la muerte el paliativo final a su pesar de desamor. Aminio suplicó a los dioses vengaran el desprecio de que le había hecho objeto el cruel Narciso; fue oído en su petición por Artemisa. La diosa enamoró al hui­dizo joven y cuando lo tuvo presa de la más encendida pasión, se desentendió de él.

Narciso entonces, sumido en la desesperación y la angus­tia, se dio a vagar por campo abierto, por jardines y por bosques. Un día, cansado y sediento, llega a la orilla de un manantial de aguas frescas y cristalinas; se tiende entonces a su orilla para beber pero ve su imagen reflejada en el agua y queda prendado de ella. Y en adelante no puede amar a otro ser que no sea él mismo.

Frente al espejo que le brinda la superficie limpia del agua empieza a descubrir su cuerpo, a recorrer con la mirada cada palmo de su piel, a distinguir uno a uno los accidentes geo­gráficos de su anatomía: La suave pendiente del empeine, las protuberancias de los tobillos, el talón que se afirma en El suelo de la orilla como base de columna y los cinco dedos que parecen adherirse al suelo como raíces a flor de tierra; las piernas que florecen en sus caderas y en el resto del tronco, el montículo del sexo sobre la planicie ondulada del vientre; el pecho, la breve caverna de la axila, su cabeza, su rostro. Se mira de abajo arriba, de arriba abajo, del principio al fin, del este al oeste, de norte a sur. Se palpa con la mirada y verifica el dato con las manos.

Nada le saca del asombro que le causa la visión de su figura; nada supera la maravilla de verse, de respirarse, de escuchar el latido del corazón, eco torrencial de la sangre que fluye por venas y arterias. Ningún fuego produce el ardor de la pasión que le desata su propia figura.

No cesa de contemplarse y es entonces presa de la tentación de poseerse. Empieza a vislumbrar la posible razón para que hubiera rechazado a la preciosa Eco. No existe otro objeto de amor distinto del propio cuerpo, es imposible la trascendencia.

Se abraza otro cuerpo en la ilusión vana de abrazar el propio; se acaricia en él lo que no es posible acariciar en el propio cuerpo; en él miramos la espalda nuestra que no podemos ver y tocamos la que no nos permiten tocar nuestras propias manos, penetramos en la entraña que no nos podemos­; penetrar, engendramos los hijos que no nos podemos engendrar. Y nunca salimos de nosotros mismos.

El otro es un pretexto; el hombre está condenado a la prisión estrecha de la aseidad, a moverse dentro de los límites intangibles del yo, sentenciado a la cadena perpetua de la identidad.

No existe ni es posible más amor que el de sí mismo; el amor a los otros es una perífrasis. Buscamos en los otros labios el contorno real de los nuestros, en los otros ojos el brillo, el color y la intensidad con que miran los nuestros, en los otros sexos la potencia y el ardor del nuestro o lo que creemos le falta para completar el ciclo que le permita concretar su unidad. El viaje hacia los otros no es otra cosa que el recorrido desesperante del círculo vicioso que envuelve misericordia el nosotros mismos.

Dice la leyenda que Narciso, preso del encanto de la ima­gen suya que le devolvía el agua, pasó horas y horas y días mirándose, hasta que la muerte lo acabó por inanición. Que fue deshaciéndose lentamente y de sus despojos, como de una crisálida gigante, abrió sus ojos una flor blanca con sus pétalos orlados por una franja roja.

Hubiera sido una salida fácil y hermosa. Pero nada en el hombre tiene salida; la esencia de su existencia es estar siempre en la encrucijada. Los dioses eternos que forjó su imaginación desesperada, determinados por la lógica impla­cable le han decretado eternidad a sus destinos.

Narciso no encuentra descanso final a su tortura; no cabe siquiera ni un alto insignificante en el movimiento perpetuo de la pasión que mueve la contemplación de su imagen y unas veces acepta con alegría su fortuna y exclama por los labios de Whitman:

"Me celebro y me canto/ Y aquello que yo me apropio habrás de apropiarte/ Porque todos los átomos que me pertenecen también te pertenecen".

Estoy enamorado de mí mismo, hay tantas cosas en mí tan deliciosas'/ Todos los instantes, todos los sucesos me penetran de alegría/ No sé decir dónde se doblan mis tobi­llos, ni dónde nace mi más pequeño deseo/ Ni dónde nace la amistad que brota de mí, ni la amistad que recibo en cambio".

Otras veces exclama con Vallejo transido de angustia, des­esperado de ser:

"Hay un vacío en mi aire metafísico

que nadie ha de palpar:/ el claustro de un silencio que habló a flor de fuego/ Yo nací un día

que Dios estuvo enfermo grave".

Quizá Narciso es la figuración más lograda del destino del hombre condenado desde siempre a navegar por los mares procelosos del ser, conformando su entidad con los retazos de experiencia que dejan aquí y allá los naufragios del ser de los otros.

El hombre es pues el ser más solitario del universo y el mundo que construye a su alrededor es la tentativa desespe­rada por salir de sí mismo y encontrar un otro yo idéntico.

El primer objeto que se propone a su libido en el instante de su aparición es su propio cuerpo y en él encuentra todas las posibilidades de satisfacción que le ofrece el conocimiento incipiente.

Y es alrededor de ese cuerpo que se le ofrece como otro, de su construcción anatómica, que comienza a elaborar su erotismo y en este proceso involucra todos los elementos que se disponen a su alcance.

En esta fábrica todo cabe pero nada es suficiente, nada es capaz de terminar lo que proyecta: definir las líneas de su entidad, lo que permitirá, a su vez, conformar la figura del otro ser, su par, que le posibilite trascenderse y salir de su estado de soledad.

De ese empeño inútil nace todo: las religiones, las ciencias, las filosofías, las artes que crecen, alcanzan su momento de plenitud y mueren al fin dejando sus logros inconclusos como punto de partida a nuevas construcciones que también cerra­rán su ciclo sin cumplir su cometido.

Hay que decir pues que el yo es el sustrato primero de la creación. El yo psíquico y el yo camal, físico; cada hombre es el centro de su propio universo y, en consecuencia, es egoísta y egocéntrico, no por vicio, sino por esencia.

Y como ente que conoce tiene que volcarse primero sobre sí mismo para conocerse. Debe penetrar en él, poseerse y delimitar los espacios y los tiempos de su pertenencia. Tiene que saberse y sentirse; sentirse metafísicamente y sentirse sensualmente, movimientos éstos de los que surge el erotis­mo del cual puede decirse con Bataille, que" es la aprobación de la vida hasta la muerte".

Pero donde es más dramática la búsqueda de la otridad es, sin duda, en la que mueve el impulso amoroso. ¿Por qué? Porque no se sabe lo que se busca y cada encuentro es tentativo. Llegamos a otro cuerpo deslumbrados por el destello fugaz de un detalle mínimo que en la potencia ful­gurante de su estallido nos enceguece para ver todo lo que no es, con lo que, esa brizna mínima, disfrazada de totalidad, nos arrastra en su remolino para arrojamos después a la orilla del camino malheridos por el desencanto, a punto de ser estrangulados por la desesperanza.

"Encuentro en mi vida millones de cuerpos; de esos millo­nes puedo desear centenares; pero, de esos centenares no amo sino uno. El otro del que estoy enamorado me designa la especificidad de mi deseo", escribe Roland Barthes. Allí está el nudo del drama: lo que me atrae en el otro no está de verdad en el otro; es tan sólo la proyección de lo que busco y deseo encontrar angustiosamente. Por eso el coro­lario de todo orgasmo es el desencanto, y la corona de todo amor una cada vez más lacerante desilusión.

El amor es también una pasión inútil y de sufrida como sujeto paciente deviene ese objeto gratuito que llamamos arte erótico.

Apuntes para una anatomía de lo perverso

Por José Chalarca

Oh!, todos los vicios, cólera, lujuria –magnífica, la lujuria– Arthur Rimbaud

La cultura occidental ha surgido buscando la forma de evadir la práctica de los diez mandamientos y cometer sin reato los siete pecados capitales.

En ese cometido el gran conglomerado de los hombres se ha escindido en dos facciones: la de los dominadores y la de los dominados.

En el lado de los dominadores se situaron los políticos y los religiosos quienes a fin de definir su acción han determinado que la existencia de los hombres se cumple en dos estadios: uno la vida terrenal, y otro la vida eterna y sobrenatural después de la muerte. Han determinado también quien se ocupa del gobierno de cada estadio y así los políticos atienden el universo de los vivos aquí y ahora, y los religiosos el de la vida después de la muerte, el más allá de la eternidad.

Pero ambos se cobran del resto los costos de administración y manejo y se brindan mutuo apoyo.

En un derroche de prodigiosa malicia, miles de años antes de que Freud se inventara la psicología profunda, el segmento de los dominadores, con base en el conocimiento que tenían del comportamiento humano se inventó diez mandamientos y siete pecados capitales que según la teoría del neurólogo Rodolfo Llinás, son estados emocionales cardinales (especialmente los pecados) que una vez liberados, su caracterización universal puede ser reconocida por la mayoría de las culturas.

Esos mandamientos, con excepción de tres, son negativos, prohibiciones orientadas en su mayoría, a defender las prerrogativas de los dominadores. Todos van en contravía del ser y del sentir del género humano. El sexto, por ejemplo, no fornicar –según la presentación del catecismo del sombrío padre Astete, porque la Biblia dice: no cometerás adulterio– es el más controvertible de todos. Biológicamente la práctica del sexo es la forma insustituible de conservar la especie y el macho humano como el de la mayoría de los seres vivos es, por esencia, un fecundador. Pero como el dominador extiende la prohibición a cualquier modalidad de práctica de la sexualidad entonces lo que señala y condena, en el fondo, es el fugaz destello placentero del orgasmo, haciendo gala con ello de una ignorancia supina al desconocer que los términos griegos orgiazo, celebrar misterios y orgiasmos son parientes cercanos. Y que el segundo, de donde se deriva el español orgasmo, significa la fuerza psicomotriz que acompaña al hecho de estar inspirado y poseído por el espíritu divino.

Otros, como el octavo, no desear la mujer del prójimo, además de contrariar los principios del capitalismo sano, porque no existe nada más constructivo que el deseo, más dinamizador que la gana, niega la posibilidad de un goce delicioso, inofensivo y gratuito: todo lo que tiene el prójimo es siempre mejor. Además de la mujer, el carro, la casa, la finca, el puesto, el sueldo…

De los pecados capitales, en los tiempos que corren, sólo es rescatable la comisión de dos: la lujuria y la pereza.

En la lujuria el legislador distingue dos formas particularmente execrables: el incesto y la práctica entre individuos del mismo sexo. El incesto, admite distinción en el momento de calificar la comisión. Cuando el deseo confluye por efectos del hacinamiento forzoso inherente a la miseria que les lleva a compartir alcoba y cama a los padres con los hijos, tíos, sobrinos, primos y, fatalmente se poseen los unos con los otros, se configura un crimen punible con los rigores máximos. Cuando el deseo se consuma en el connubio de parientes en el primer grado de consanguinidad pero con bienes de fortuna, no pasa nada porque ellos lo hacen en aras de evitar la atomización de la propiedad y la desconcentración del capital.

Los otros cinco pecados capitales son aburridos y hasta dañinos. La gula repercute negativamente en la salud y puede llevar a la bulimia y a la anorexia. La envidia, solo daña al que la siente por lo que resulta una pasión inútil. La soberbia cayó en su mayor desgracia después del máximo ridículo al que la llevaron los nuevos ricos de las mafias. La ira pese a su cálido color rojo, tiene efectos nocivos en el sistema cardiovascular.

Los pecados capitales definidos para el limitado mundo del medioevo, en el universo interplanetario de la contemporaneidad no son más que simples contravenciones, usos pasados de moda. El dominador está pues en mora de expedir los actuales, tarea que tal vez no ha enfrentado porque muchos de ellos son de su exclusiva práctica.

Entre los pecados que se expidan tendrá que estar el que cometen contra la bondadosa lujuria las revistas del corazón y la farándula cuando despliegan ejércitos de paparazis y reporteros a la caza de la intimidad no sólo de los astros de la industria del entretenimiento, sino de la de cualquier desprevenido transeúnte que por azar se cruzó frente a la cámara que enfocaba a un artista. El hambre de sintonía que valida cualquier atropello en aras de lograrla. La quiebra artificial de los precios en el comercio globalizado, el monopolio y la usura cuyas arremetidas rastreras enuncia Ezra Pound en el poema suyo que recoge esta antología. Las telenovelas y los realities que prostituyen el gusto, secuestran la fantasía y falsean la sensibilidad. También esos programas que revelan las sumas multimillonarias que ganan las estrellas del cine, la televisión y el deporte profesional, y la ostentación descarada de la forma en que lo malgastan. Todo esto debería quedar bajo censura.

Volvamos a la lujuria que es –quizá–, el pecado más rico en posibilidades, fuente inagotable de fantasía, de goces exquisitos y abrumadores pesares.

Los moralistas, profesionales al servicio de los dominadores, para surtir las normas de manejo que ejecutan los políticos asistidos por los militares, personal rigurosamente condicionado para ver enemigos en todos los que no son ellos, adiestrados en la sospecha que vuelve criminales y delincuentes al resto de los mortales. Los moralistas, digo, han establecido que todas las contravenciones que genere o pueda generar la lujuria, configuran perversión. El modo ortodoxo de la sexualidad, como lo establece el dominador es el de un hombre de una edad determinada con una mujer, de edad igualmente establecida, dentro de una institución y con el objetivo único y exclusivo de procrear. Toda acción que no encuadre dentro de este marco, es transgresora y punible, y tanto más perversa en cuanto más se aleje o difiera de lo establecido. Y es en este alejarse y acceder a los niveles más elevados de perversión donde hace presencia la estética. Que no cabe en la comisión de ninguno de los otros pecados capitales o el incumplimiento del decálogo.

La belleza de la lujuria está en la apariencia física de los actores, el preámbulo y la puesta en escena. Aquí caben todas las artes: poesía, música, danza, pintura, retórica, teatro y que, por demás, hacen mutis por el foro en el momento culminante del encuentro, puesto que la generalidad de lo humanos lo realiza con la complicidad de las tinieblas, y como si fuera poco, cierra los ojos.

Para regocijo de los lujuriosos y dolor de cabeza de los dominadores, clérigos y moralistas, sagrado viene de sacer que significaba a la vez santo y maldito –anota Jorge Sauri–, por lo cual en ciertos cultos, lo perverso se confunde con lo sagrado. En realidad, ambos tienen en común la transgresión, en tanto suponen el establecimiento de una legalidad en la cual los hombres escapan a su condición habitual, pero, mientras en la primera lo hacen hacia la trascendencia, en la segunda lo hacen hacia la inmanencia.

Es decir, que en el caso particular de la lujuria la máxima virtud que estaría en la casta virginidad, se tocaría con su extremo opuesto, la prostitución, porque ambas contravienen el fin ortodoxo de la sexualidad: la procreación.

La trasgresión y la trascendencia son la entraña de lo perverso. De ello dan testimonio los poetas reunidos en este volumen desde el rey Salomón, pasando por la delicada Safo, el sibarita Catulo, el inmenso aunque ignorado Jaime Gil de Biedma, Baudelaire, Barba Jacob, hasta Mairym Cruz-Bernal. Y la quintaesencia de la perversión ¿no será acaso la misma existencia? Así lo sospecharon los trágicos griegos y lo sintió Pessoa cuando escribe:

Dame más vino, que la vida es nada.

Leonel Góngora poeta de la linea

Por José Chalarca

Entre las grandes pasiones que mojonaron la vida de Leonel Góngora destaca la que padeció y gozó por el dibujo. Y fue sin duda esa pasión la que lo condujo a ocupar la posición que tiene hoy en la plástica de América Latina.

Porque Góngora es también el más continental de los pintores colombianos, el que ha dejado una impronta más definida en las artes pictóricas de Hispanoamérica y asumido una tarea artística autónoma, que le permitió obtener como resultado una obra de personalidad fuerte, ante la que nadie puede quedarse indiferente.

Su residencia en el exterior pero con la mitad del alma sumergida en la cotidianeidad del país, le permitieron esa visión de nuestra problemática que informa su obra y le da esa entidad particular en la que se conjugan la objetividad, la crítica juiciosa y el sentido estético más exigente.

La mujer fue siempre la constante en la temática de su pintura y solo la abandonó en contadas excepciones. Y es posible aventurar que en el tratamiento que da el maestro a la figura femenina, se ponen de relieve ciertos aspectos de su relación vital con ella, de las situaciones que jalonaron esa relación en las que unas veces es victimario, otras víctima y otras víctima y victimario simultáneamente. La mujer, su esencia, su existencia, su presencia se le apareció siempre como la gran realidad y como el gran enigma y en el empeño por desencriptar su mensaje, por descifrar su lenguaje y querer entenderla, salieron a la luz sus más grandes creaciones.

Y la línea, el dibujo fue sin duda el medio que mejor empleó para cumplir su destino artístico. Góngora hace con la línea lo que su homónimo de la lírica hispánica del ponderado siglo de oro con las palabras y la sintaxis del idioma castellano: poesía.

“La mañana” de José Chalarca

Por Gonzalo Márquez

El desnudo masculino que tuvo su esplendor en el arte clásico griego y que fuera retomado por los artistas del Renacimiento (Miguel Ángel, El Sodoma, Caravaggio...), luego de una errática confiscación moralizante de cinco siglos, encontró algunas veces en la última centuria una profunda manifestación en grandes cultores de la plástica y la fotografía, quienes a pesar de las prohibiciones victorianas que todavía reinan decidieron abrirle su espacio perturbador.

El desgaste del cuerpo femenino bajo la sistemática usanza de la plástica y la publicidad, y la tendencia facilista de gran parte del arte abstracto, o de las instalaciones y performances, son rumbos opuestos al elegido por José Chalarca quien al plantear la opción de un camino pocas veces transitado (donde el cuerpo adolescente es contado en forma ascéptica, desolada y directa), asume lo figurativo sin concesiones hasta llegar al límite de un tema que una sociedad marcada por tabúes no ha dejado de perseguir.

Así, los efebos de su pintura, realizados con colores planos y sin ocultamientos, rompen las reglas impuestas por una sociedad que hace menos de dos décadas todavía se atrevía a prohibir en Estados Unidos la etiqueta de un vino diseñada por un genio como Balthus, a censurar a ¿?? McBride y a perseguir las maravillosas fotografías Robert Mapplethorpe; sólo porque se aventuraron a proponer un erotismo proscrito por una moral despiadada y denigrante.

Por suerte el macartismo y sus sombrías cacerías de brujas ha tenido decadencias y entonces ha sido posible apreciar obras esenciales y transgresoras, que pasando por el Impresionismo (Gustave Courbet...) y el Surrealismo (Max Ernst, Salvador Dalí...) fueron abriendo el camino para que esta pintura de Chalarca, reunida hoy bajo el título de La mañana, haya podido plasmar sus más intensas propuestas, con sus desnudos de adolescentes que pintados en escenarios despojados, a partir de una fuente Expresionista, exploran un universo que todavía tiene mucho que contar.

Los donceles de sus cuadros, se abren en su desolación, en su soledad, sin temor a una conciencia reprobatoria proponiendo la clásica relación griega de la sexualidad.

Este escritor: ensayista, cuentista y gran conocedor del tema del café, quien también a través de la palabra intenta develar sus obsesiones, utiliza en su pintura matices fuertes, simples, puros, inventa atmósferas despojadas donde siempre el protagonista es un muchacho que se encuentra en un punto intermedio, en una tensión erótica; en una íntima exhibición que pareciera estar adentrándose en el espectador, para explicarnos por qué adolescencia viene de la palabra adolecer, carecer de algo. Los colores naranjas, amarillos, verdes, ocres, rojos, caen casi sin mezcla en sus óleos, y los rostros de rasgos austeros esperan ser contemplados en su más profunda desnudez, en la serena actitud de la tristeza, con la convicción de que el erotismo es un acto único, solitario, distante, de la presencia inviolable de un ser en los seductores brazos de la muerte.

Los adolescentes de Chalarca son una crítica a la moral impuesta o a las normas que obligan al artista a pintar según unos cánones sesgados y establecidos por el comercio sin dar oportunidad a otras manifestaciones más comprometedoras y reveladoras del ser. Es la audacia de un artista que acomete sus sueños en la palabra y la pintura, con el propósito de proponer una creación liberadora, directa y sin máscaras. Es un intento por darle al arte un espejo pocas veces usado, el de permitir a que lo masculino deje de ser el ojo para ser el cuerpo, deje de ser el sujeto para ser el objeto, deje de ser el soñador para ser la imagen, abriendo los escenarios de una desnudez que no es pasiva, sino transgresora, activa, y llena de signos.

Las palabras de Sartre

Sartre y su infancia

¿Qué sería del hombre sin la palabra? La pre­gunta es inconsecuente: si es un hecho que el hombre posee la palabra, más aún, aventure­mos la afirmación de que es la palabra misma, no es del caso perdemos en averiguaciones hipotéticas, dar rienda suelta a nuestra imaginación para que, dejando de lado la realidad, malgaste nuestro tiempo en fantasmagorías Inútiles. El hombre tiene la palabra, pregunté­monos entonces qué hace y qué puede hacer con ella.

El dominio de la palabra es tan rico y tan extenso como el dominio del ser. Es posible lle­gar hasta decir que la palabra es primero que el ser en vista de que todo lo que es J acude a ella para que lo nombre y poder así definir los linderos de su identidad. Pero no entremos en honduras, el problema de las relaciones entre el ser y la palabra es tan complejo y tan pro­fundo, que a todo lo extenso de la historia del pensamiento, podemos observar a más de un metafísico y hombre de ciencia, pendientes de su planteamiento y solución.

Concretémonos ya a lo nuestro. Cualquiera puede decimos lo que hace el hombre con la palabra, mas, por el momento, a nosotros no nos interesa el hombre sino un hombre: Jean Paul Sartre y lo que este hombre hace con la palabra: escribir libros.

" Hemos leído “Las palabras” en donde Sartre nos confiesa su infancia y a raíz de su lectura se nos ha hecho patente la necesidad de re considerar la obra literaria que de él conocemos y tratar de penetrarla y comprenderla mejor ayudados del precioso Instrumento que ahora nos brinda .

“La filosofía que se escoge depende del hom­bre que se es”, dejó escrito Fichte y la afirmación se puede hacer extensiva, a más de la fi­losofía, a todo lo que se puede escoger. Pero “Las palabras” de Sartre parecen dejar sin sen­tido la sentencia del pensador alemán y entonces la escogencia no depende del hombre que se es, sino que más bien depende del niño que se fue.

Sartre con “Las palabras” hace lo posible por decirnos el niño que fue para que nosotros tratemos de comprender el hombre que es. (Quizás estemos atribuyéndole una Intención que no tuvo, pero dejémoslo así).

Empieza su libro con la descripción del clan alsaciano de los Schweitzer al que pertenecía su madre y nombra de pasada a los Sartre a quienes está ligado por un accidente fortuito; Jean Baptiste Sartre quien “en 1904, en Cher­burgo, siendo ya oficial de la marina y tenien­do las fiebres de Cochinchina, conoció a Anne Marle Schweitzer, se apoderó de esta mucha­chota desamparada, se casó con ella, le hizo un hijo al galope, a mi, y trató de refugiarse en la muerte”

Jean Baptiste Sartre murió algunos meses después del nacimiento de Jean Paul y esto le hace decir: “La muerte de Jean Baptiste fue el gran acontecimiento de mi vida: hizo que mi madre volviera a sus cadenas (a la casa de los Schweitzer) y a mi me dio la libertad... Dejé atrás de mí a un muerto joven que no tuvo tiempo de ser mi padre y que hoy podría ser mi hijo. ¿Fue un mal o un bien?, No sé; pero acepto con gusto el veredicto de un eminente sicólogo: no tengo súper-ego”.

Sartre, pues, fue un niño sin padre; muy pronto se dio cuenta de ello y se aprovechó de las ventajas; dice que no tiene súper-ego por­que no encontró nada que vencer; pudo creer desde muy temprano que nació solo, por un acto de su yo; su voluntad de ser tomó carne por si misma en las entrañas de su madre. Es­cuchemos lo que dice al respecto: “Morir no basta: hay que morir a tiempo. Más tarde, me hubiera sentido culpable; un huérfano con­ciente se perjudica; los padres ofuscados al verle, se han retirado a sus apartamentos del cielo. Y estaba encantado; mi triste condición imponía respeto; fundaba mi Importancia; yo contaba a mi luto entre mis virtudes”. Muerto Jean Baptiste Sartre, Anne Marie vuelve a la casa paterna y las circunstancias que encuentra no son las mismas. Su padre que encarna las virtudes y defectos del “petit bourgois”, la recibe como a hijo pródigo y acepta al pequeño Sartre como testimonio y prenda de arrepentimiento. En un principio le concede cierto margen de libertad en virtud de la experiencia adquirida, mas, pronto expira el plazo. El severo padre Schweitzer no quiere perder de nuevo a su niña y extrema los cuidados, aunque ya no es la misma de antes tie­ne que estar de regreso a su casa a una hora determinada, no puede salir sin permiso y como el padre es estricto en sus disposicio­nes, Anne Marie concluye por entregarse del todo a la vida de encierro y austeridad que co­rresponde a las señoritas de bien. Su silencio llega a tanto que acaba por pasar inadvertida. Se le asigna un dormitorio a ella y a su hijo y en la casa de los Schweitzer vuelve a haber, después de mucho tiempo, el cuarto de los ni­ños. “Los niños somos nosotros igualmente menores e igualmente mantenidos. Pero todas las consideraciones son para mí. Han puesto una cama de muchacha soltera en mi habita­ción”.

Las relaciones de Sartre con su madre son, desde un principio, las de un hermano menor con su hermana mayor complaciente y bonda­dosa. No tuvo entonces la oportunidad de aprender la obediencia; si la madre era su her­mana, a las hermanas no se les obedece y a su abuelo “se parecía tanto a Dios padre que muchas veces lo confundía con él”, puede decirse en consecuencia que desde siempre fue dueño de su voluntad y beneficiario de la voluntad de otros.

De su abuelo Schweitzer dice: “Este dios colérico se saciaba con la sangre de sus hijos. Pero yo aparecí al final de su larga vida, la barba había encanecido, el tabaco la había vuel­to amarillenta y la paternidad ya no le divertía. Sin embargo, yo creo que de haberme engen­drado no habría dejado de sojuzgarme: por costumbre. Pero tuve la suerte de pertenecer a un muerto. Un muerto había vertido las pocas gotas de esperma que son el precio corriente de un niño; yo pertenecía al sol, mi abuelo podía gozar de mí sin poseerme. Yo fui su “ma­ravilla” porque quería terminar como un viejo maravillado... ¿Qué hubiera exigido de mí?, yo le colmaba con mi sola presencia... Yo depen­día de él para todo”.

El niño Sartre vive con su abuelo en un cons­tante “flirt”; ni la más leve brisa turba la super­ficie quieta del mar de sus amores: “EI mostra­ba la vanidad sublime y cándida que corres­ponde a los abuelos, la ceguera, las debilida­des culpables que recomienda Hugo”. Nadie le impone nada. Las órdenes que se atreva a dar o las reconvenciones que movida por el celo haga la madre·hermana, chocan y se desintegran en el choque con la tolerancia del abuelo; y a su vez, lo que el abuelo diga en pro o en contra se encuentra con el eco o la in­dulgencia de Anne-Marie.

Como nada ni nadie le oprime y sus mínimos caprichos son ley incontrovertible, Jean Paul acaba por creer que es un niño bueno, acata el papel de tal y lo ejecuta con gusto y derroche de talento dramático. “Soy virtuoso por comedia, dice, pero no me esfuerzo ni me obligo: invento. Tengo la libertad principesca del actor que mantiene al público conteniendo el aliento. Me adoran, luego soy adorable. Como el mundo está bien hecho, no hay nada más sencillo. Me dicen que soy lindo y me lo creo... Me sacan cien fotos, que retoca mi madre con lápices de colores. En una de ellas, que hemos conservado, soy de color de rosa y rubio, con bucles, tengo las mejillas redondas y en la mirada una amable deferencia por el orden es­tablecido; tengo la boca hinchada por una hi­pócrita arrogancia: sé lo que valgo”.

Desde temprana edad descubre el universo de los libros; primero, por conducto de su madre, lue­go leyendo con la imaginación las palabras Impresas cuya comprensión le vedaba el no saber leer y finalmente, cuando aprendió la mecánica de la lectura, por sí mismo. Su capacidad para la ficción quedó enriquecida entonces con recursos Inagotables. Su tiempo no le alcanzaba para imaginarse siendo la infinidad de personajes que la lectura le brindaba. Leamos lo que escribe de los libros: “los libros fueron mis pájaros y mis nidos, mis ani­males domésticos, mi establo y mi campo; la biblioteca era el mundo atrapado en un espe­jo: tenia el espesor infinito, la variedad, la im­previsibilidad”.

Merced a su fina sensibilidad y a su inteligen­cia precoz, muy pequeño aún cayó en la cuen­ta de su situación; vio lo que de él se esperaba y sin vacilaciones se entregó a la tarea de acceder a las peticiones que no se le formula­ban. Notó el interés que el abuelo prestaba a sus palabras, cómo se entregaba complacido y serio a meditar sus sentencias, a desentra­ñar el secreto mensaje que contenían sus orá­culos y a su papel de “niño bueno” añadió sin remilgos el de arúspice.

El abuelo Schweitzer, cegado por el amor pa­terno, convirtió a su nieto Sartre en niño pro­digio. Llegado el tiempo de Ingresar a la escuela, el abuelo con su influencia y su pres­tigio, consiguió que su nieto fuera aceptado en un curso superior a sus años y preparación. Fracasó y su fracaso escolar fue atribuido a la incompetencia de los profesores, mejor, ni si­quiera se consideró un fracaso, más bien se pensó que el colegio y sus maestros no esta­ban a la altura del pequeño genio. Le consiguieron entonces un profesor particular para que le dictara las clases en casa.

En la infancia de Sartre, tal como él nos la pre­senta, no se perciben choques violentos, ni ex­periencias desgarradoras que traumaticen su subconsciente. Una infancia burguesa, satis­fecha, pero solitaria y retraída. No hay juegos compartidos, la niñez de Sartre transcurre toda entre adultos; aún en su pasajera vida de colegio permaneció solo; él mismo nos cuenta cómo a la hora de recreo, mientras los demás se entregaban a las carreras y retozos propios de sus años, él tenía que permanecer junto al profesor porque así lo había exigido el abuelo. Tal vez no sea exagerado decir que Sartre no fue niño puesto que fue consciente de su condición de tal, pensó mucho su puericia, nunca pudo ser el niño que era sino que siem­pre tuvo al frente al niño que él creía le pedían que fuera. Sacrificó su Infancia a una sombra de la infancia, no fue un niño para él sino para los que le rodeaban.


Sartre y “Las palabras”

Al hablar de “Las palabras” como lo que es: una autobiografía, no está por demás, compa­rarla con otras del mismo género. Agustín de Hipona fue el iniciador de esta modalidad de obra literaria. Desde sus “Confesiones”, los escritos en la misma tónica se han multiplica­do considerablemente.

Aunque hemos mencionado la autobiografía como una modalidad literaria homogénea, no podemos negar que en ella se perfilan dos campos bien definidos: las memorias y los diarios íntimos. De las dos maneras de intentar la autobiografía, la que más dificulta­des ofrece es seguramente la de las memorias. Esta manera supone en quien la emprende el detenerse en un determinado mo­mento de su existencia para echarle una mirada retrospectiva a lo que de ella va corrido.

Exige una memoria y una capacidad para re­cordar superiores a lo corriente y es particu­larmente peligrosa. Difícilmente evitará el autobiógrafo enjuiciar su pasado desde su ser de ahora, lo que resta imparcialidad y objeti­vidad al juicio. Es lo que ocurre en las “Confe­siones” de Agustín quien escribe su vida “para dar gloria a Dios, con el deseo de que quienes conozcan su miseria caigan en la cuenta de la generosidad de la misericordia divina que hizo posible su conversión”. Juzga su pasado de pagano con el criterio y las fórmulas que le ha dado el evangelio y no vacila en desfigurar su perversidad, para que resplandezca mejor la misericordia divina.

La autobiografía realizada por medio de los «diarios» no es menos difícil ni brinda mayo­res ventajas en cuanto a la objetividad, la im­parcialidad y la autenticidad del juicio que im­plica. Ofrece mayor exactitud cronológica y puede ser más rica en el detalle de las circuns­tancias del momento en que se produce el he­cho que se consigna, pero entraña el peligro de que quien se autobiografía de esta manera, por influjo de su temperamento, de la emoción, el estado de ánimo o el sentimiento, recargue de interés e importancia a hechos que no lo tienen o, por el contrario, pasen de­sapercibidos los hechos que sí la tienen.

Pero el obstáculo mayor con que cuenta el autobiógrafo es la tentación de la pose. Toda autobiografía obedece a la necesidad, cons­ciente o Inconsciente, que el autor tiene de justificarse y de encauzar la opinión de la pos­teridad, de la historia, para que juzgue recta­mente de su persona y de sus hechos. Así, si estos son censurables eleva el tono de la voz con que los nombra con la ilusión de que quien lo escuche, lo transporte a la tesitura normal. Puede ser también, en algunos casos, el producto de un egoísmo casi enfermo que previene los choques futuros que su memoria pueda tener en la cotidiana relación con los otros.

¿Qué pretenden en fin de cuentas quienes es­criben sus memorias, sus diarios, sus autobio­grafías? Decir la verdad íntegra acerca de si mismos para evitar las Interpretaciones vicia­das que puedan hacerse de sus actos, justifi­car sus obras ante si mismos o ante los demás. Por esto creemos ingenuo buscar el yo auténtico del autor en sus memorias o en su diario, pues el yo que en ellos aparece es un yo afeitado y compuesto, maquillado; un yo arreglado con miras a producir en el propio autor o en los lectores una impresión determinada; es un yo intencionado, dirigido.

Abandonemos ya las generalidades y reco­jamos nuestro tema. ¿Qué son “Las palabras” de Sartre frente a las “Confesiones” de Rou­sseau, el “Diario íntimo” de Amiel, “Si la semilla no muere» y los «diarios» de Gide, la “Carta a mi padre” y el “Diario” de Kafka? Un inten­to bastante logrado de autoanálisis; Sartre nos muestra desnudos los hechos de su infan­cia y con derroche de penetración sicológica trata de introducimos en el mundo complejo que ellos forman. Desprevenidamente, sin alardes de vocabulario técnico, con un estilo sobrio y tajante dispone frente a nosotros su ni­ñez. No justifica nada, no se arrepiente de na­da. Con humor negro y mirada de viejo escép­tico nos lleva a contemplar desde un clima de sinceridad bien ambientado, al pequeño flacucho y engreído que produjo al Sartre de aho­ra. No culpa ni a la sociedad ni a su familia ni las hace responsables de su desgracia como Rousseau en su autobiografía; no se siente in­feliz ni desdichado, ni cree deberle nada a na­die; “nací, dice, para calmar la gran necesidad que tenía de mí mismo”.

“Las palabras” de Sartre no son en ningún momento el testigo fiel, el paño de lágrimas de un egoísmo Introvertido como puede serlo el “Diario” de Amiel. Tampoco la relación porme­norizada, con visos de exhibicionismo, de an­danzas y aventuras como “Si la semilla no muere” de André Gide. Ni tampoco el grito de libertad de una personalidad oprimida por la sombra gigantesca de un padre como el que se escucha en la “Carta a mi padre” de Franz Kafka. Son, como ya lo escribimos antes, el mejor intento de autoanálisis sereno, frío, cáustico que se ha emprendido desde las «Confesiones» agustinianas.


3. Sartre y Sartre

Al iniciar nuestras consideraciones sobre “Las palabras” sartrianas, fijamos como pro­pósito la revisión de su obra a la luz que éstas desprenden. Intentemos pues la nueva visión. La infancia en Sartre es definitiva: “Yo, escri­be, había encontrado mi religión: nada me pa­recía más importante que un libro. En la biblio­teca veía un templo. Como nieto de sacerdote, vivía en el techo del mundo, en el sexto piso, encaramado en la rama más alta del Árbol central; el tronco era el hueco del ascensor. Iba, venia por el balcón, lanzaba una mirada a vuelo de pájaro sobre la gente que pasaba, sa­ludaba a través de la verja, a Lucette Moreau, mi vecina, que tenia mi edad, mis bucles ru­bios y mi joven feminidad, volvía a mi cella o a la pronaos, nunca bajaba de allí personalmen­te; cuando mi madre me llevaba al Luxembur­go -es decir, todos los días- yo prestaba mis harapos a las regiones bajas, pero mi cuerpo glorioso no bajaba de las alturas, y hasta creo que aún está allí. Todo hombre tiene su lugar natural; no fijan su actitud ni el orgullo ni el va­lor: decide la infancia. El mío es un sexto piso parisino con su vista sobre los tejados. Duran­te mucho tiempo me ahogaba en los valles, me agobiaban los llanos; era como si me arrastra­se por el planeta Marte, me aplastaba la gra­vedad; me bastaba con subir una topera para estar contento otra vez: volvía a estar en un sexto piso simbólico, respiraba otra vez el aire enrarecido de las letras, el Universo se escalo­naba a mis pies y todo, humildemente, solici­taba un nombre; dárselo era a la vez crearlo y tomarlo. Sin esta Ilusión capital no hubiera es­crito nunca”.

Ya dijimos antes, que la infancia de Sartre fue fácil. Querido, mimado de propios y extraños, celebrado en sus proezas y admirado por la seriedad de su pequeño ser; su infancia fue un camino de rosas. Dotado de sagacidad y pers­picacia supo construirse con la simulación y la comedia un mecanismo sutil de auto­defensa que no dejó llegar hasta su yo aque­llo que pudiera herirle o siquiera lastimarle. Sartre acepta que no tiene superego y no en­tendemos cómo llegó a tal aceptación. Quizás es todo lo contrario y merced a la naturaleza de muralla inexpugnable que constituye su superego, su yo íntimo, su verdadero yo, ja­más ha logrado ponerse en contacto directo con el hombre y por eso permanece en el aire. Hemos afirmado que la niñez de Sartre trans­currió sin contratiempos, que su yo no fue to- cado nunca, que su sensibilidad, a fuerza de ser defendida, acabó por adquirir la consisten­cia pétrea del muro defensivo. Para apreciar lo dicho, miremos una infancia que se desen­vuelve en los antípodas de la suya: la de Franz Kafka.

Kafka fue como Sartre un niño burgués, pero a diferencia de éste, tenía una sensibilidad a flor de piel y carecía de habilidad y astucia para forjarse un alter-ego capaz de defenderla o, al menos, de amortiguar los golpes de la realidad. Enfermizo y enclenque, tuvo que en­frentar desde la edad más tierna la personali­dad exuberante de su padre; su yo indefenso por estar siempre a la intemperie se tornó hi­persensible y con su prematuro darse cuenta, su vida de niño estuvo conmovida por la trage­dia de ver crecer y agigantarse la figura del pa­dre a la vez que menguaba en su propio ser. Leamos algo de lo que Kafka escribe a su pa­dre para reprocharle su proceder:

“Pero esa era tu manera de educar. Creo que tienes talento educativo: a una persona de tu clase sin duda le hubiese sido útil en su educación; reconocería la sensatez de lo que dijeses, no se hubiese preocupado de nada y habría realizado las cosas tranquilamente. Pero para mí, un niño, todo lo que me gritabas era precepto divino, nunca lo olvidaba, lo asi­milaba como el medio fundamental para juz­gar al mundo, sobre todo para juzgarte a ti, y allí fracasabas totalmente. Como por lo co­mún me hallaba reunido contigo durante las horas de la comida, tu enseñanza en gran par­te se dirigía al correcto comportamiento en la mesa. Lo que se colocaba sobre la mesa debía comerse; jamás se permitía opinar sobre la calidad de la comida, pero a menudo la en­contrabas Incomible; la definías como “Ia ca­rroña”; la bestia (la cocinera) la había estro­peado. Comías, debido a tu apetito excelente, todo con satisfacción especial, pronto, calien­te, y a grandes bocados, y por eso los niños debían apresurarse; en la mesa reinaba un si­lencio sombrío, interrumpido solo por amonestaciones: “primero come, después ha­bla”, o “más rápido, más rápido, más rápido”, o “no ves, hace rato he terminado”. Los hue­sos no podían separarse a mordiscos; el vina­gre no podía sorberse; por ti si. Lo principal era cortar el pan en tajadas rectas, pero resultaba Indiferente que tú lo hicieras con el cu­chillo que chorreaba salsa. Debía cuidarse que no cayesen migajas al suelo; al terminar, la mayor parte de ellas estaba debajo de ti. En la mesa sólo se permitía ocuparse de comer.

Pero tú te cortabas y limpiabas las uñas, sacabas punta a lápices, te hurgabas las orejas con mondadientes. Te ruego, padre, comprén­deme bien, éstas hubieran sido futesas carentes de toda importancia, que me deprimían solo porque tú, el hombre tan enormemente decisivo para mí, no cumplías los preceptos que me imponías. Por eso dividía el mundo en tres partes: la una, donde vivía yo, el esclavo, regido por leyes inventadas exclusivamente para mí, a las cuales, además, y no sé por qué no podía adaptarme por completo; luego, un segundo mundo, infinitamente lejano del mío, en el que vivías tú, ocupado en gobernar, impartir órdenes y enfadarte por su incumplimiento; y, finalmente, un tercer mundo, donde la gente vivía libre y alegremente, sin órdenes ni obediencia. Yo siempre estaba en posición ignominiosa; ya sea obedeciendo tus órdenes, que me afrentaban por ser solo valederas para mí, o adoptando una actitud terca, lo que también era bochornoso, pues resultaba imposible mantenerse obstinado ante ti, o simplemente no podía complacerte porque no poseía aunque tu lo dabas por sobre entendido, por ejemplo, tu fuerza, ni tu apetito, ni tu habilidad; esta era, sin duda, la vergüenza mayor. De esta manera, no actuaba la reflexión, sino los sentimientos del niño. (1).

La infancia de Kafka, por oposición a la de Sartre, fue un camino de espinas del que no lo­gró apartarse ni siquiera al conseguir su madurez. Toda su vida y toda su obra las em­peñó en la lucha angustiada de superar la imagen del padre erguida siempre frente a él como un tirano implacable que no le dejaba ser él mismo.

Sartre ha escrito que su lugar es un sexto piso y cuando desciende a la calle su otro yo, de muralla, se metamorfosea en zancos para que así su yo pueda caminar por encima del nivel corriente de los hombres. Su obra, su novela y teatro, pregonan este aislamiento. Todos los personajes creados por Sartre se resienten de inhumanidad. Su niñez súper intelectualizada e impersonal le creó el vicio de dar más impor­tancia a las ideas que a los hombres, al per­sonaje representado que a la persona misma del actor que lo representa. Parece que a es­tas horas de su vida, Sartre no ha podido dar­se cuenta que las ideologías valen por los hombres que las sustentan, que lo que prima es el hombre aún a pesar de sus ideas.

Charles Moeller escribió de Sartre: “no hay un átomo de poesía en sus escritos, ni un paisaje, ni una sonrisa de niño, ni una flor. Y “La obra sartriana contiene uno de los más viscosos ri­meros de fealdades de que tiene noticia la li­teratura” (2). Seguramente Moeller alude aquí a las novelas y cuentos recopilados en «El muro”. Cierto que el sexo y la pasión tratados por Sartre pierden toda belleza; inútil buscar cuan­do se ocupa del tema, el vigor salvaje que es­grime D.H. Lawrence, ni la sinceridad despre­venida de Miller. La sexualidad tratada por Sartre se vuelve viscosa y fea porque le falta humanidad y amor. Es la idea del sexo conce­bida desde la repugnancia.

El mismo Moeller refiriéndose al hombre Sartre anota: “Tengo la clara Impresión de que, bajo una apariencia de aplomo y equili­brio Sartre no ha podido superar el pantano de la adolescencia”. (3). No nos parece exacto. A nuestro juicio, lo que Sartre no ha podido superar es la infancia, no la infancia misma como primer estrato de la personalidad, pues­to que ésta ningún hombre la supera, sino la ingenuidad; sigue creyendo que puede enga­ñar a todo el mundo y a todos los hombres, co­mo engañaba al abuelo y a la madre-hermana, con sus habilidosas representaciones teatra­les. La perversidad de Sartre es postiza, es un maquillaje, en el fondo es bueno. Quiere apa­recer a los ojos del mundo desde su obra como el Intelectual frío y escéptico que se basta a sí mismo, que no necesita de nada ni de nadie, cuando es un hombre como todos, urgido por la necesidad de amar y ser amado. Si recorremos con atención la galería de personajes sartrianos, veremos cómo todos son Sartre y ninguno es Sartre, cada uno es una pose, un papel; se identifica con todos pero ninguno es él, por eso todos son de consistencia umbrosa; no son ni del todo rea­les ni del todo ficticios, son híbridos. Ser entraña una decisión: o se es hombre o se es dios, Sartre padece un complejo de semidiós que lo mantiene suspendido en el éter.

Dijimos a propósito de Kafka que toda su obra es fruto del esfuerzo continuado por superar la imagen del padre. ¿Qué es entonces, de dónde germina la obra de Sartre? Es la tentativa de superar su personaje, nace de la necesidad de ser él mismo. Algunos de los protagonistas de sus obras casi lo logran: Hugo en “Las manos sucias”, Orestes en “Las moscas”. ¿Qué les im­pide cumplir su cometido? la pasión desme­surada de Sartre por ser siempre el primer ac­tor que le lleva a exagerar los gestos, a ir más allá de su papel, a dejar atrás al personaje que representa. Sartre es un actor frustrado.

Sin duda el mejor personaje de creación sartriana es el Jean Paul Sartre de “Las palabras” a quien hace decir al final de la obra: “me he desvestido pero no me he exclaustra­do” o sea: me he quitado el vestuario y el maquillaje pero no les digo quién soy.

NOTAS

Los textos fueron tomados de “Las palabras”, Jean Paul Sartre, trad. de Manuel Lamana, Edit. Losada, Bs. Aires 1965. 163 pgs.

1.Kafka, Franz “Obras completas” T. 11, Carta a mi padre Trad. Carlos Félix Haeberle, Ed. Emecé Bs. Aires 1960. pg. 1098.

2.Moeller, Charles “Literatura del siglo XX y cris­tianismo” T. 11 La fe en Cristo. Trad. Valentín García Yebra, Ed. Gredos, Madrid 1961, pgs.43 y 46.

3.Moeller, Charles Opus. Cit. pg. 61

Manizales, Mayo de 1966

Aventuras ilustradas del café

Tú que me tomas a diario tal vez nunca te has preocupado por saber quién soy. Y no te lo reprocho, todos tenemos la ilusión de que conocemos las personas y las cosas que nos son familiares por el solo hecho de que las tenemos siempre con nosotros.

No pienses que exagero pero yo, la taza de café que te espera todas las mañanas, he tenido que recorrer un largo camino para llegar hasta tu mesa y poseo una historia que se remonta muchos siglos atrás de tu presente.

Para empezar te diré que soy muy vieja, que nací mucho antes de que los hombres inventaran los siglos. Bueno, no pongas esa cara de sorpresa, no es a mí a quien me refiero, es al árbol que produce los frutos de los cuales se extrae el café de quien te estoy hablando: del cafeto.

El cafeto, te decía, hace mucho, muchísimo tiempo que apareció sobre la tierra pero los hombres se demoraron en utilizarlo como alimento.

Y mira cómo son las cosas, el descubrimiento del cafeto, como muchos otros descubrimientos, fue obra del azar, de la fortuna.

Se cuenta que un joven pastor de nombre Kaldi que acostumbraba llevar su rebaño de cabras a las faldas de una montaña de la remota Abisinia, allá en la parte nororiental el Continente Africano que tú conoces por las aventuras de Tarzán, comprobó una tarde que las cabras se portaban de una manera extraña, corriendo y dando saltos como locas.

A la mañana siguiente se propuso vigilarlas con más cuidado para tratar de averiguar cuál era la causa de esa conducta rara. El bueno de Kaldi pensaba que lo que ponía a sus animales fuera de sí podría ser la picadura de un insecto o que tal vez se estuviera apoderando de su rebaño algún espíritu maligno. Pero no. Después de paciente observación comprobó que sus animales se agitaban luego de comer los cogollos de unos arbustos que producían frutos rojos.

Satisfecho corrió a dar cuenta de su descubrimiento a unos monjes que tenían su convento en las cercanías de su campo de pastoreo y el superior, maravillado por el relato del muchacho, resolvió acompañarlo para comprobar con sus ojos el extraño prodigio.

Movido por la curiosidad el monje tomó algunos frutos y hojas y los llevó a la cocina del convento para cocinarlos allí y observar lo que salía. Una vez cocidos los frutos y las hojas el monje probó la bebida que encontró de tan mal sabor que arrojó a la hoguera lo que quedaba en el recipiente.

Los granos empezaron a quemarse y a medida de que se consumían despedían un aroma agradabilísimo que sugirió al monje la iniciativa de preparar la bebida utilizando los granos tostados.

El ensayo dio resultado; el brebaje, aunque amargo, tenía un aroma y un sabor agradables y producía, después de beberlo, un efecto tonificante por lo que los monjes resolvieron adoptado para mantenerse despiertos y así dedicar más tiempo a la oración.

Este suceso que te cuento acaeció hace más de mil años y de esa época a nuestros días, el café ha recorrido el largo trayecto que separa la leyenda de la realidad.

De Abisinia, que en la geografía de hoy tiene el nombre de Etiopía, el café pasó a la Arabia, la tierra de AIí-Babá y los cuarenta ladrones, y desde allí empezó a recorrer todos los caminos del mundo.

Nikos Kazantzaki, un sacerdote del hombre

Por José Chalarca

Corresponde a los griegos el descubrimiento capital de la cultura de Occidente: el descubri­miento del hombre. Quiere decir ello que los grie­gos supieron quién era el hombre? No, por cierto. Cuando se dice que los griegos descubrieron al hombre solo se significaba que ellos fueron los primeros en notar su presencia y preguntarse por la naturaleza, las Implicaciones y consecuencias de esa presencia misma. Los primeros en deslin­dar su ser del ser de los entes circundantes. No Importa que después, y respondiendo a una nece­sidad Incita en la razón humana, los griegos le hu­bieran restado agudeza a su visión al tratar de cla­sificar este descubrimiento y así, debidamente ro­tulado, encerrarlo dentro de la caja de caudales que guardaba las adquisiciones de su pensamien­to.

Aristóteles, embriagado por el mosto burbujean­te de sus categorías, enceguecido por su doctrina del hilemorfismo, en su celo ordenador no vacila en encerrar al hombre, valiéndose del género pró­ximo y la diferencia especifica; entre dos paredes frías y negras: la animalidad y la racionalidad.

Pero por fortuna nos queda el preguntar y el res­ponder por el ser del hombre poetlzado por Sófo­cles en un coro de su Antígona: Muchas cosas son pavorosas; nada, sin embargo, sobrepasa al hombre en pavor. Sale, por encima de la espuman­te marea, en medio de la invernal tempestad del sur, y cruza las montañas de las abismales y enfurecidas ondas. Fatiga la Indestructible calma de la más sublime de las diosas, la tierra, pues ano tras ano, ayudado por el arado y su caballo, la re­mueve en una y otra dirección.

“EI caviloso hombre enreda la volátil bandada de pájaros y caza los animales del desierto y los que viven en el mar. Con astucia subyuga al ani­mal que pernocta y anda por los montes. Salta a la cerviz de toscas crines del corcel, y lo domina; y con el madero somete al yugo al toro jamás dominado.

“Por todos lados viaja sin cesar: desprovisto de experiencias y sin salidas llega a la nada. En ningún caso puede impedir, por fuga alguna, un único combate: el de la muerte; pero tiene la felicidad de esquivar con habilidad la enfermedad plena de miserias.

«Circunspecto, porque domina, más allá de lo esperado, la habilidad inventiva, cae a veces en la perversidad, otras, le salen bien empresas nobles. Vive entre la ley de la tierra y el orden jurado por los dioses. Al predominar sobre el lugar, lo pierde, porque la audacia del hombre lo hace considerar el ser como el no-ser. Quien no ponga en obra eso, que no comparta mi hogar conmigo, ni que mi saber tenga nada en común con su divagar». (1)

De los griegos que pensaron esto a nosotros ha corrido mucha agua bajo los puentes. Con el hombre ignorado, reducido por Descartes a “cosa pensante” se han hecho, no obstante, descubrimientos pasmosos: la penicilina, la electricidad, el automóvil, la relatividad de la materia. Se ha elaborado la física cuántica, se han explorado los espacios siderales y los espacios submarinos. Se han pintado los frescos de la capilla Sixtina, se han escrito el Quijote y la Divina Comedia, se han compuesto las nueve sinfonías y entonado “El canto de mí mismo”.

Esporádicamente algunas inteligencias lúcidas se han preocupado por saber quién es ese animal racional, esa cosa pensante capaz de tantas maravillas. Pero es Nietzsche el primero después de muchos siglos quien empieza a preguntarse bien. Mas a pesar de su fuerza y su vitalidad no puede evitar el vértigo ante el abismo tenebroso que le desvela su preguntar. Husserl, Bergson y Scheller han arribado casi a la forma correcta del preguntar y, finalmente, Heidegger ha logrado ha­llar la fórmula correcta del preguntar por el hombre. El hombre, ha dicho Heidegger volviendo por los fueros del pensamiento anterior a Platón y Aristóteles, no se conoce por su figura sino por lo que hace. La esencia del hombre es actuar. De aquí que todas las definiciones que del hombre se den son cuasidefiniciones. Además definir al hombre es asesinarlo puesto que toda definición es estática y paralizadora. Definir es detener, limitar. El hombre es dinámico por esencia y no solo no se deja limitar, sino que se rebela ante el Intento mismo de Imitarlo.

El Interrogante por el hombre hay que plantear­lo pues desde el hombre mismo, desde su hacer. Hay que situarse en el obrar para saber lo que un hombre es y para comprender, para hacer carne de nuestra carne ese saber, hay que incrustarse en la médula de ese obrar, aceptar sus razones y sus sinrazones y, por encima de todo, amar. Esto fue lo que hizo Nikos Kazantzaki un griego de la estirpe de Sócrates. En todo gran pensador hay implícito un poeta y a la Inversa; en todo gran poe­ta hay Implícito un pensador profundo. Kazantza­ki es un gran poeta y, consecuentemente, un pen­sador de talla.

Nacido en Creta el18 de febrero de 1885 Kazantzaki era por tanto heredero directo de una de las culturas más ancianas y refinadas que brindaron sustento a la civilización de Occidente: la cultura minoica. Por sus venas corrió la sangre del rey Mi­nos, fue hermano de Ariadna. En su memoria vi­vieron las calles y los palacios de Cnosos y Fes­tos y seguramente recorrió muchas veces, al lado de Teseo, las Infinitas calles del Laberinto.

Cuando Kazantzaki nació Creta estaba bajo el dominio turco. Qué extraño destino persigue a los pueblos grandes 7 Toda raza gigante cuenta siem­pre con un sinnúmero de enemigos que desde dentro y desde fuera persiguen su perdición. Gre­cia tuvo a los persas, a los romanos y hasta hace poco a los turcos pendientes de su escaso y poco fértil territorio. Qué es lo que hace, repitamos la pregunta, que toda raza privilegiada Incite la codi­cia de sus vecinos 7 Existen motivos de orden po­lítico y económico pero estos no tienen la fuerza suficiente para justificar la ocupación violenta de un país, ni mucho menos, los desmanes que los ocupadores cometen. En fin, tales razones son tan numerosas y complejas que es difícil, si no im posible, determinar a ciencia cierta el por qué de la pregunta que nos ocupa.

Dice Aziz Izzet, su biógrafo, que a Kazantzaki, siendo muy niño aún, le tocó presenciar la gran in­surrección cretense contra los turcos (1885-1895) y las atrocidades cometidas por aquellos en la persona y los bienes de sus compatriotas. Estu­dió primeramente en Naxos y luego se doctoró en derecho en Atenas. Después de su doctorado fue a París y asistió a los cursos de Bergson quien ejerció sobre él una influencia profunda y dura­ble". (2) Posteriormente descubrió a Nietzsche.

Bergson y Nietzsche son pues el fundamento fi­losófico de la obra kazantzkiana., Nietzsche sobre todo. Bergson le enseñó el elan vital" , y sus con­secuencias y Nletzsche la ontología del super­hombre, que no es otro que el hombre en su coti­diano hacer, pero no un hacer cotidiano sin meta ni sentido, un hacer cotidiano rutinario y mecánico, sino el hacer cotidiano con la conciencia des­tinal de que en ese hacer está la esencia y la ra­zón de ser hombre. Y Kazantzaki, armado con es­tas armas, provisto con estas provisiones, Inicia el peregrinaje de sus obras como un nuevo argo­nauta para buscar y dibujar al hombre desde su hacer.

Pero vayamos a una de sus novelas e iniciemos con él este viaje maravilloso. Tomemos por ejemplo LIBERTAD O MUERTE, escrita con base en la sangrienta revolución contra los turcos que le tocara vivir en su primera infancia. El protagonis­ta es el Capetán Miguel, apodado por sus vecinos con el remoquete de “Capetán Jabalí”. Es un hom­bre corpulento y macizo, de barba negra y espesa, de cabellos abundantes y ensortijados, de mirada profunda. Un hombre de andar pesado, que no sonríe nunca porque ha votado no hacerlo hasta que la patria esté libre; apasionado y feroz, incon­tenible en sus arrebatos, implacable en sus odios y tenaz y terco en sus determinaciones. Este Capetán Miguel es hijo del capetán Sifakas, un viejo león de recias barbas blancas en uso de re­tiro forzoso, que se levanta fornido y altanero como un viejo patriarca bíblico, en medio de la manada de cachorros y leones maduros que cons­tituyen su familia.

El capetán Miguel es hermano de sangre de Nu­ri Bey hijo de un funcionario turco. Les une el pac­to de no herirse mutuamente sino descargar cada uno sus iras en la persona de sus compatriotas.

Todos los hijos del viejo Sifakas son fieras sal­vajes. Creta es su madre y les hiere saberla poseí­da por el turco. Manusakas, hermano mayor de MI­guel, se embriaga una tarde en su aldea y en me­dio de la borrachera entra a la mezquita cargado de un asno para que el animal haga su oración.

Este hecho exaspera a los turcos y Nuri Bey hace llamar a Miguel para pedirle que vaya a reconvenir a su hermano y a hacerle ver que en lo futuro debe evitar tales desmanes en pro de la conservación de la paz. Miguel atiende a regañadientes el lla­mado del Bey. El Bey le recibe en su estancia con todo el derroche de la cortesía oriental y hace pre­sentar sin velo a su esposa Emina, hermosa cir­casiana, para que les deleite con su canto. La cir­casiana logra turbar el corazón de Miguel, canta y mientras canta los dos hombres se odian cordial­mente. Ambos son fieras bravas y hermosas. Cuando termina la canción Miguel da un grito:

Basta! dice. Toma un vaso lleno de vino, introdu­ce en él dos de sus dedos, los separa luego y el vaso cae hecho trizas. La mujer queda deslumbra­da por la fuerza del griego e invita a su esposo a hacer otro tanto. El turco lo intenta sin lograrlo, y la mujer se ríe del turco pero éste logra dominar su rabia.

Miguel abandona el palacio del Bey herido por la belleza de la circasiana. Su orgullo de cretense le Impide desear algo turco, pero el deseo desco­noce el orgullo e Inicia entonces su combate para lograr satisfacción. Miguel se encierra en la bode­ga de su casa con cinco camaradas para perma­necer allí comiendo y bebiendo durante una se­mana como tenía por costumbre hacerlo una vez al año. Más ahora no logra emborracharse y, transcurridos tres días, abandona la despensa. Estalla la rebelión y Miguel se retira a la Montaña. Una noche recibe el mensaje de que Emina ha sido raptada, toma algunos de sus hombres y mar­cha a libertarla.

Después de liberarla Miguel la deja bajo el cui­dado de una tía suya. Cuando vuelve al frente en­cuentra que durante su ausencia ha sufrido un grave revés. Lleno de remordimiento y de odio re­gresa una noche donde Emina y mientras ésta duerme la posee lujuriosamente con su puñal. Así ya nada se Interpondrá entonces entre él y Creta. Creta es su amante apasionada, su gran amante, por ella muere con un puñado de valientes. Este es, someramente, un hombre de Kazantzaki, el Ca­petán Miguel personaje central de “Libertad o Muerte”. A su lado se mueven otros tantos perso­najes tan bien definidos como este.

Para relievar más los personajes, el hombre ka­zantzakiano, comparémoslo con los personajes, con el hombre de otro novelista grande de nues­tros días: Jean Paul Sartre que para mi es el antí­poda de Kazantzaki. Tomemos por ejemplo a Ma­teo Delerue que recorre “Los caminos de la liber­tad”. Mateo Delerue es un burgués corriente que va a la guerra, no porque quiera, no por defender nada ni por conquistar nada sino porque lo empujan. Vive pensando, cada paso que da suscita en él nuevas consideraciones. Todo lo mide y sin embargo no mide nada. Parece proyectar su hacer pero a la larga resulta librado al acaso. El capetán Miguel en cambio, es poco lo que piensa, se lanza sin reflexionar pero vive lo que hace y lo vive inten­samente. Su hacer está determinado en última instancia por un hado, pero no un hado indefini­do sino un hado que él contribuyó a definir en bue­na parte.

En «La muerte en el alma» último volumen de «Los caminos de la libertad», Mateo Delerue, sol dado por accidente, entra con un pelotón de sol­dados en una aldea semidestruída. AIlí sus com­pañeros encontraron vino, lo vaciaron en grandes cubos y empezaron a beber. Es una escena nau­seabunda. Los soldados, cada vez más ebrios, terminan por meter sus cuerpo y hacer sus necesidades dentro de los cubos que contienen el vi­no. Mateo entra para llevarse a un compañero, los demás le Incitan para que también se embriague y escape así a la realidad negra que los abatirá lue­go, Mateo accede al fin pero por más que bebe no logra embriagarse. ¿Qué ocurre? Que las ideas no se emborrachan. La borrachera de los soldados de Sartre es una borrachera animal, degradante y no puede mencionarse a la vez que la comilona augusta de la familia de Sifakas durante el matrimonio de uno de sus hijos. Es que ésta es una co­milona de hombres provistos de las mandíbulas necesarias para devorar un cordero tras otro y va­ciar odres y odres de vino añejo y no meras ideas, fantasmas de conductas paridas sin el concurso del amor.

Creo para mí que la ventaja que como novelista tiene Kazantzaki sobre Sartre es que Kazantzaki deja que sus personajes sean ellos mismos, es de­cir, concibe al hombre desde el hombre, le deja de­cir lo que piensa, hacer lo que quiere. En cambio Sartre concibe los personajes desde él mismo, desde sus ideas; no les deja decir quiénes son, ni qué hacen sino que los obliga a decir lo que él quiere que digan, los esclaviza y los fuerza.

En “La náusea” Sartre esboza un curioso perso­naje nombrado el “autodidacto”. El autodidacto es un hombre de esos que se han hecho solos, a base de lecturas; es un ratón de biblioteca que ha empeñado su vida en leer. Siguiendo «el orden al­fabético», la biblioteca pública de su pueblo. Un hombre con alma de papel y sangre de tinta para imprenta. Ningún proyecto, ninguna meta se divi­sa a ultranza, de sus lecturas, lee por leer; toma la cultura y la erudición como un sucedáneo del alcohol o los estupefacientes. Este es un tipo de “intelectual” sartriano. En “Libertad o muerte” Kazantzaki nos da también su tipo trágico-cómico de Intelectual: el seor Idomeno. Idomeno no es de los que se han hecho solos, fue a la Universidad. Una vez concluidos sus estudios regresa a Candia y se encierra en su casa de devorar libros y más libros. A primera vista parece que el seor Idomeno no tiene ningún propósito determinado que justifique su saber, pero no es así. El seor Idomeno lee y se culturiza por amor a Creta, su erudición se vierte en las numerosas cartas que escribe a las grandes potencias: Rusia, Inglaterra, Estados Unidos, Francia, solicitando su intervención para obtener la libertad de Creta; escribiendo una de estas cartas le sorprende la muerte.

El hombre Kazantzakiano es un hombre de carne y hueso que quiere y hace lo que quiere. No está obligado a decir nada, no tiene que transmitir ningún mensaje, Kazantzaki tiene un solo derrotero: buscar quién es el hombre y comunicar de la mejor manera sus hallazgos y a la vez que avanza más en su proyecto y el hombre se le muestra más definido, va elaborando un ritual, un código de ceremo­nias necesario para el trato de esa extraña criatu­ra que se va perfilando ante sus ojos.

Busca al hombre primero en las grandes religio­nes y después en los sistemas sociales y políticos. La búsqueda de Kazantzaki no es una búsqueda superficial, ligera sino una búsqueda profunda y pausada. Comienza por el cristianismo, se sumerge sin escafandra en el océano de los Testamentos y para que nada le turbe ni le distraiga se encierra varios anos en un monasterio del monte Athos. Después de haber explorado las más profundas honduras de la palabra de Cristo encuentra que el Cristo que le dieron los popes era un Cristo falsificado; que la doctrina predicada por las teologías y las iglesias era una doctrina arreglada con miras a objetivos no del todo cristianos y entonces nos muestra el Cristo que él encontró en “La última tentación” y el cristiano, la realización del hombre evangélico en “Cristo de nuevo crucificado”.

El Cristo que Kazantzaki nos da en “La última tentación” no es el Cristo nuestro de todos los días, el Dios hecho hombre consciente de su misión. El Dios que se “rebaja” a ser hombre pero que se sabe el Hijo del Padre revestido de carne para enseñar a los hombres el camino de Dios y redimirlos con su sangre de la esclavitud del pecado. No es el Cristo alambicado, de cabellera larga y ondulada, de mirada oblicua y rostro arreglado con los más secretos logros de la cosmética. No es el hermoso nazareno vestido de blanco impecable con la túnica y el manto llevados a la última moda de la juventud romana de entonces. No. El Cristo Kazantzakiano es primero que todo un hombre tan inocente de su futuro y de su misión como el más humilde hijo de vecina. Es un hombre joven, de rostro hermoso sí, pero con her­mosura de selva inculta, sin afeites ni compostu­ras. El Cristo de Kazantzaki no es tampoco ese li­cor meloso, destilado en los alambiques de los monasterios y que los religiosos sirven a sus no­vicios para reconfortarlos y sostenerlos en la lu­cha contra el mal... No es ese espectro de fortale­za respetado por la horda de las pasiones bajas que se propone como la quintaesencia de la casti­dad y toda esa secuela de fantasmagorías que algunos han dado en llamar virtudes. Cristo para Kazantzaki es un hombre tentado como cualquier hombre y armado con las mismas armas para combatir la tentación. Su Cristo no devuelve la tentación apenas la ve venir a lo lejos, ni sale co­rriendo de huída sino que la espera, la siente, la palpa, la acaricia entre sus manos y luego la separa de si desgarrándose el alma y las entra­ñas.

Cristo para Kazantzaki no es el hijo muy queri­do mimado del padre que vive asomado a las ventanas del cielo haciéndole guiños y enviándole ángeles con pruebas de amor. Es el atormentado por el Padre, el violentado por el Padre que le golpea y fustiga. No es el hijo del Padre sino el enemigo que quiere apropiarse de sus privilegios, que quie­re darle muerte para adueñarse de su casa y de sus campos.

El Cristo de Kazantzaki no es un Dios disfrazado de hombre. Es un hombre que quiere ser Dios y no lo sabe con certeza hasta el último momento. Lo que postra al hombre, lo que lo rebaja, lo que lo hace indigno no son los vicios ni las pasiones desbordadas. Es la Ignorancia de su divinidad, el no saberse un dios. La última tentación que el Cristo de Kazantzaki sufre en el mo­mento culminante de la cruz es la duda de su ser Dios. Cuando ya había recorrido todo el camino, cuando ya había copado el tiempo preciso para ser inmortal, para ser Dios, todo se le cierra. Va a Magdalena y a Marta y María las de 8etania y se acuesta con ellas para hacerles hijos como cualquier fulano. Hace muchos hijos, consigue canas y arrugas y, cuando ya está a punto de conven­cerse de que eso es todo, se despierta desnudo, poseyendo solo una cruz adusta sobre el lecho inmenso de un cielo gris y amenazante. En el dolor de sus heridas comprueba que todo era un sueño, que no ha capitulado, que en verdad si es Dios y haciendo acoplo de sus últimas fuerzas, grita pro· fundamente que todo está consumado y se duer­me en el único sueño que no conduce a ningún despertar.

El cristiano de Kazantzaki aparece de cuerpo entero en “Cristo de nuevo crucificado” su obra más conocida, y se llama Manolios. Manoliios es un joven pastor de unos 17 anos escogido por el pope y los notables de la aldea de Lcovrisi para hacer de Cristo en la representación de la Pasión durante la semana santa del año próximo. Hasta ese día Manolios llevaba una existencia tranquila entregada al pastoreo y al cortejo de Lenio, hija bastarda de su patrón que le habla sido prometi­da en matrimonio. Pero después de la elección su vida sufre un mutis radical. En compañía de Mi­chelis, Kostandis y Yanakos que le secundarían como apóstoles, Manolios se consagra a la lec­tura del evangelio. La figura de Cristo va tomando cuerpo en él, renuncia a Lenio quien acaba por ca­sarse con su compañero Nikolio pastor de 15 años, al empleo, a todo.

Intempestivamente llegan a Licovrisi unos grie­gos fugitivos de los turcos conducidos por un po­pe enjuto llamado Fotis. El pope de Licovrisi, celo­so de que el otro pope mengue sus entradas, se opone con toda la fuerza de su astucia y los ham­brientos perseguidos tienen que refugiarse enton­ces en una montaña próxima. Manolios se pone de parte del pope advenedizo porque había com­prendido ya que Cristo está de parte de los adve­nedizos, de los pobres, de los rechazados. Su ejemplo mueve a Michelis, heredero único del pri­mero y más rico notable de la aldea y éste dona a los refugiados de la montaña Sarakina las pose­siones que su padre le dejara al morir. El pope Gri­goris de al aldea de Licovrisl se opone rotunda· mente y consigue que Michelis sea declarado lo­co y por tanto, la anulación de su regalo. El pope Fotis, Manolios y sus compañeros acuerdan pose­sionarse de los campos por la fuerza. Hay un re· ñido combate en el que pierde la vida el maestro, hermano del pope Grigorls. Por esto y por lo que antes había hecho, Manolios es tildado de bolche­vique y excomulgado públicamente. La toma de posesión de los campos de Michelis acabó por colmar la medida y el pope Grigoris decidió que Manolios debla morir. Sus feligreses lo secunda­ron y al fin le dieron muerte en la iglesia cerrada durante la conmemoración de la Navidad.

Para Kazantzaki, cristiano es solamente quien se hace uno con Cristo, quien se vuelve otro Cristo. No acepta los cristianos fabricados en serle con arreglo de un patrón determinado por intér­pretes oficiales que se adueñan del privilegio de conocer y poseer la verdadera doctrina y se jactan de que solo su Cristo es bueno, el auténtico. Cristiano es el que busca a Cristo sin ayudas y lo encuentra, se lo apropia y empieza a hacerse como él.

Cristo ha sido monopolizado por grupos que lo han vestido según sus caprichos y convenien cias. Kazantzaki no acepta esto y se rebela como Manolios. Manolios desenmascara el Cristo del pope Grigoris y muestra en su persona la verda­dera efigie. Por eso muere. Por eso Cristo es cada instante de nuevo crucificado entre quienes lo co­nocen pero no le aceptan como es, sino como ellos quieren que sea.

Kazantzaki regresa del cristianismo con un Cristo y un cristianismo nuevos; con lo más huma­no del cristianismo, con un cristianismo desbrozado de malezas teológicas e interpretaciones acomodaticias. Pero no se queda allí; del cristia­nismo parte hacia el budismo, se siente fuertemente atraído por la quietud y la paz extática que emana del rostro de Gautama, e inicia entonces su peregrinación al nirvana prometedor. De su inmersión en Buda nació, “EI jardín de las rocas” que son una especie de “alimentos terrestres” en cuanto al estilo y al propósito, más en cuanto a contenido, de una profundidad y un poder nutriti­vos que dejan los alimentos gidianos como sim­ples bocadillos de sabor delicado EI jardín de las rocas contiene la desilusión de Kazantzaki por el aséptico nirvana búdico y las mutilaciones exigi­das para la práctica del Tao.

Apenas llegado de Buda, que no obstante ha­berlo desilusionado, le enseñó muchas y muy valiosas enseñanzas, Kazantzaki arregla sus bártulos y parte con “Toda Raba” hacia el ponde­rado paraíso soviético, meta señera de las espe­ranzas proletarias del mundo. Moscú le enseñó su frío y sus fracasos continuados y le arrojó de nuevo a su Itaca con la experiencia enriquecida por otras vivencias.

De la fusión de las experiencias adquiridas a todo lo largo, lo ancho y lo profundo de sus viajes surge su obra grande “Vida y hechos de Alexis Sorba” o simplemente “Alexis el griego”. (Esta no es la última novela de Kazantzaki como se puede deducir de este ensayo, por el contrario, es su pri­mera novela, la que abre la marcha de sus otras producciones geniales en este género. “Alexis el griego” fue escrita en 1943, después de la “Odi­sea”, inmenso poema en 33.000 versos (1934). “Ascesis”, “El jardín de las rocas” y “Toda Raba” (1929). Lo hemos hecho así por el propósito que nos llevó a borronear estas cuartillas. (3)

Alexis Sorba es el ideal del hombre Kazantza­kiano. Difícil sería y por demás inútil tratar de re­sumir en una cuantas líneas la perso­nalidad épica de Sorba. Es preciso ir a la novela de Ka­zantzaki y ponerse en contacto con el obrar de este hombre gigantesco para obtener la imagen adecuada de su humanidad.

No obstante, tratemos de precisar quién es el hombre para Kazantzaki en la persona de Alexis Sorba. Sorba es un hombre de unos 50 años, alto, de músculos endurecidos, erguido con la majes­tad y la fuerza de un roble añoso, el rostro bello marcado por las caricias del tiempo; la frente alta; los labios carnosos, dibujados en un rictus de sensualidad atrevida. Sabe leer, escribir, tañer el santuri y cantar. Además, “sabe hacer de todo”; ninguno de los trabajos que los hombres realizan le es extraño o desconocido. Apenas sí ha leído un libro en su vida y su saber es tan vasto y tan profundo como el del más empedernido coleccionador de “saberes” impresos. Sorba es un hombre que vive intensamente y se entrega por entero a todo lo que hace así sea el amor o una sopa de pescado. No teme a nada ni espera nada; ha ido deshaciéndose de todos sus amores particulares arribar a un amor universal, totalitario. En mujer no ve la vejez, ni la gordura, ni la juventud, ni la belleza. Ve a la mujer con todas sus cualidades y defectos, con toda su necesidad y con toda su hambre que reclama ser satisfecha. A cada instante todo se renueva a sus ojos; nace con el sol todas las mañanas, y como si lo viera todo por primera vez, se entrega a la tarea de nombrarlo estremecido de asombro; nada queda sin admirar: desde la brizna de hierba aderezada con su perla de rocío hasta las constelaciones y los planetas Todos los seres responden presente! A los llamados de su pupila.

Sorba es la síntesis de todos los personajes de la obra kazantzakiana. En él está Manolios, el que debe morir; Miguel, el capetán jabalí, de “Liber­tad o muerte”; Cristo; Francisco de Asís; Buda; Ulises. De aquí la riqueza insospechable de este personaje extraordinario. Sorba no es solo cuer­po, o solo alma, o solo espíritu. Con él queda anu­lada la definición aristotélica del animal racional y la cartesiana de cosa pensante. Con él vuelve a tomar cuerpo la visión de Sófocles citada atrás. Con Sorba el hombre deja de estar repartido entre Don Quijote y Sancho. Deja en fin de ser un som­brío universal para convertirse en carne y sangre y deseos y dolores y placeres.

Hemos acompañado a Kazantzaki en su viaje al cristianismo, al budismo y al comunismo y le he­mos visto regresar escondiendo algo tras su es­palda. Ese algo era Sorba; era el hombre liberado, el hombre sin cadenas. Kazantzaki no es pues ni cristiano, ni budista, ni taoísta, ni comunista. Es Alexis Sorba, humano con la divinidad que entraña la humanidad auténtica y consciente.

Las constantes invectivas de Kazantzaki contra los letrados y los eruditos no significan desprecio ni odio. El mismo era un hombre de letras. Lo que Kazantzaki censura no son las letras y la cultura lo que él pretende destruir con su crítica es la alie- nación de la cultura. Cuando la cultura y las letras se hacen por ellas mismas, sin obedecer a un pro­pósito determinado, a un proyecto de auténtico quehacer humano, se convierten entonces en alie­nación, en enajenación oscurecedora y asesina. Kazantzaki lucha contra todo lo que enajena al hombre, contra todo lo que lo distrae de su cura, contra todo lo que le despreocupa de la respon­sabilidad de su ser.

Un compatriota suyo de la Grecia clásica, Esquilo, escribió en su Prometeo encadenado “Prometeo: Por mi han dejado los mortales de mirar con terror a la muerte. Coro: y qué remedio hallaste contra ese mal. Prometeo: Hice habitar entre ellos ciegas es­peranza”. (4)

La esperanza ciega en algo extrahumano, hace que el hombre se distraiga de su ser, que ponga la vista para su salvación en algo que no es su que­hacer. Por eso Kazantzaki, como un nuevo Teseo, se abalanza contra ese minotauro temible blan­diendo como espada el grito de “muera la espe­ranza”. El hombre está solo y desnudo para res­ponder de si y del universo que le rodea. No debe permitir que nada le cubra, que nInguna compañía le distraiga de su tarea. Camina de frente hacia un precipicio y nada debe Interponerse entre él y su destino porque “si el hombre no llega al borde del precipicio, no le crecerán alas en los hombros”. (5).

Hemos titulado este ensayo Nikos Kazantzaki un sacerdote del hombre y ya para concluirlo nos damos cuenta de que no hemos dado razón del título. Han transcurrido veinte siglos de cultura, y no hacemos cuenta de la cultura anterior a Cristo, y el hombre continúa siendo un desconocido para el hombre. Los últimos esfuerzos del pensamien­to solo han llegado a determinar, como ya lo ano­tamos antes, la forma correcta del preguntar por él. y de allí, de profundizar cada vez más en la pre­gunta, no pasaremos. Porque cuando definamos al hombre, cuando lo hagamos encajar dentro de las líneas de un postulado lógico, habremos dado mate al arte, a la filosofía y a la ciencia. Cuando digamos quién es el hombre y nos detengamos en ese decir, será el fin del mundo que gira en torno del misterio del hambre.

Para Kazantzaki el hombre no es ni Dios ni De­monio. Es Dios y es Demonio a la vez! Es esa totalidad de carne, alma y espíritu que existiendo hace existir cuanto le rodea, “es una frontera; en el acaba la tierra y comienza el cielo”. Es aquel que “si tiene tiempo, puede trabajar el barro de que está hecho y convertirlo en espíritu”. (6), (7). Kazantzaki “hace de la humanidad un misticis­mo humano” y en la religión del hombre que profe- sa y defiende con tesón Nietzsche es el nuevo pro­feta, Bergson, Husserl y Heidegger son los teólo­gos, Whitman es el cantor Inmarcesible y él, Nikos Kazantzaki el más consagrado sacerdote.

En la novela de Kazantzaki no hay derroche de nuevas técnicas, se ciñe a la estructura más sencilla y hermosa que admite el género. Nada de complicadas armazones levantadas con toda la sutileza y las argucias de la ingeniería literaria como en un Robbe-Grlllet. No pretende probar nada, no usa sus personajes como vehículo de propagación de sistemas o de ideas futuristas co­mo en el caso de Sartre y de Huxley, novelista éste último que bien puede llamarse el Julio Verne para los niños de cuarenta anos.

Su estilo, su dicción poética, son de un encanto y una belleza arrobadores. Sus obras contienen luz y paisaje. En Kazantzaki el paisaje no es una cosa aislada y estática, hay una adecuación per­fecta entre éste y los personajes que lo viven. Mas no por ello se crea que es una especie de impre­sionismo. No. El paisaje entra y se ama con el al­ma del hombre y sale humanizado, se contagia de su estado de ánimo como ocurre en el “Fedro” donde Platón hace que el paisaje viva las profun­das emociones del diálogo sobre la belleza.

Hay en las novelas de Kazantzaki escenas de una ternura y una delicadeza conmovedoras. Pero no es ninguna ternura de salón alambicada y per­fumada hasta el exceso. Son una ternura y una de­licadeza selváticas como la de una pantera con sus cachorros. Sírvanos de ejemplo ésta tomada de “Libertad o muerte” El viejo Sifakas concibe una idea; él que nunca había tomado una pluma, resuelve, ya en la cima de sus cien años, aprender el alfabeto. Llama a su nieto Thrasaki hijo del capetán Miguel para que le enseñe. Sentados los dos en el patio de la casa campestre a la sombra de un olivo anciano se esfuerzan, el abuelo por do­mar su mano acostumbrada a la azada que rompe un plumero tras otro y el nieto en resistir a la ten­tación de los collados y los setos. Una tarde el abuelo transportado de gozo llama al nieto para enseñarle el burdo alfabeto que han logrado dibu­jar sus dedos torpes y después, armados de pin­tura roja y brochas, salen a escribir sobre las puer­tas blancas de las casas aldeanas la idea que roía las entrañas del viejo Sifakas: LIBERTAD O MUERTE.

Quizás no se encuentre otro novelista en quien se conjuguen tan bien la densidad y profundidad con la claridad y la sencillez. Después de setenta y dos años de lucha ininte­rrumpida Kazantzaki se durmió en su apartamen­to del hospital Foret Noire de París el sábado vein­tiséis de octubre de 1957. Y digo que Kazantzaki se durmió y no que murió porque Kazantzaki no ha muerto ni morirá mientras quede sobre la tierra quien escuche sus palabras. En él se cumplió esa hermosa y profunda sentencia suya esculpida en “La última tentación”: .solo mueren los que no han tenido tiempo suficiente para ser Inmortales». ¡Él lo tuvo y verdad que lo empleó bien!

NOTAS

1.Sófocles, “Antífona”. Citado por Martín Hei­degger en “Introducción a la metafísica”. Trad. Emilio Estiu. Ed. Nova, Bs. Aires 1959. pg.186.

2.Izzet Azis, “Kazantzaki un pleine lumiere”, “Les Nouvelles Litteraires”, París 3 mai 1965, pg.6.

3.Confer; Azis Izzet opus clt.

4.Esquilo, “Prometeo encadenado”, Trad. Fer­nando Salvatierra. Ed. Ateneo Bs. Aires. 1957. pg. 46.

5.Kazantzaki Nikos, “La última tentación” Trad. Roberto Bixio, Ed. Sur Bs. Aires 1960. pg.45.

6.Kazantzaki Nikos, Opus cit, pg. 309

7.Kazantzaki Nikos, Opus cit. pg. 263

8.Fernando Gutiérrez, Prólogo a las “Obras se­lectas” de Nikos Kazantzaki. Vol. 1 Ed. Pla­neta. Barcelona 1960. pg. 29

El hombre y las cosas en La Vorágine

Por José Chalarca

A primera vista puede parecer un contrasentido hablar de La Vorágine en un ciclo de arte joven. Pero si no nos contentamos con la primera vista y nos fijamos más allá, desaparece esta impresión. El desarrollo del proceso histórico supone el des­plazamiento generacional y cada generación que alcanza su tiempo cree traer, y de hecho trae, es­tructuras nuevas que reemplacen las propuestas realizadas por la generación inmediatamente an­terior.

Sin embargo, por radicales que sean los cam­bios efectuados por una generación durante su edad de poder, algo queda, algo yace en el fondo que establece un lazo de unión con el pasado, que mantiene los resultados buenos, los aciertos y aún los vicios mismos de la generación precedente.

Creo que la razón de esto es que todo lo hecho por el hombre no se queda en el vacío, no pierde su vigencia, antes bien, adquiere nueva realidad, en cada hombre nuevo y en cada nueva cultura; además, y esto es definitivo, los problemas que el hombre se plantea no tienen solución final, siempre han sido y serán, los mismos, lo que cambia son las circunstancias, los planteamientos. Lo que una generación nueva ofrece a los problemas humanos no es una solución, sino un enfoque dis­tinto y ese enfoque distinto es lo que mueve hacia delante la cultura y la ciencia.

Nadie osaría decir hoy que la épica y la tragedia griegas están pasadas de moda o que han sido revaluadas o que el Ulises de Joyce hubiera sido posible sin la literatura que ocurre desde la Odisea de Hornero hasta él. Algo semejante acontece para el caso particular de la literatura colombiana y hay que admitir entonces la necesidad de La Vorágine al constatar el hecho de la obra de García Márquez, de Mejía Vallejo, de Bo­nilla Naar, de Fany Buitrago y otros más.

El mundo es la naturaleza transformada por el hombre, es el hombre y las cosas surgidas de la naturaleza manipulada por él en su propio servicio. Mi intento va, pues, a tratar de ver lo que significa La Vorágine y a desentrañar el papel que en ella juegan el hombre y las cosas, si entraña una cosmovisión. En consecuencia, dejaremos de lado, las cuestiones estilísticas y el contenido ético y sociológico.

La novela colombiana, en particular La Vorági­ne, ha corrido la suerte de esos cadáveres sin deudo donados a los anfiteatros de las univer­sidades. Sobre su cuerpo desnudo, profesionales y aprendices, han practicado sin escrúpulo las más cruentas y disecciones. ¿Qué buscaban y qué encontraron? Nada. Y decimos que no encontra­ron nada porque en rigor no buscaban nada, por­que no sabían lo que buscaban. Para buscar con fruto es preciso tener presente, al iniciar fa bús­queda, el objeto, la meta que se busca. ¿A qué se debe este fenómeno de los buscadores que buscan sin saber lo que buscan? Se debe, entre otras cosas, a la falta de preparación adecuada para la búsqueda. Nuestros buscadores, que para el caso son nuestros críticos, carecen de funda­mentos filosóficos, de rigor científico y de la di­mensión profundidad. Se ha dicho que nuestra no­vela es pobre de esa dimensión en grado sumo. Pero es injusto. Lo que ocurre es que no hemos contado con críticos capaces de verla.

En nuestro país, comentaba un amigo mío, no existe la crítica propiamente dicha. Nuestra críti­ca no es más que el producto de simpatías per­sonales, obras nuevas con punto de partida en las obras criticadas, aplicación estricta de directrices académicas, perífrasis más o menos bien logra­das o anecdotarios sobre lo más llamativo de la personalidad del autor criticado.

La crítica auténtica debe desentrañar el contenido de la obra, su significado y ubicarla en sus circunstancias. Puede ser si, una obra maes­tra sobre otra obra maestra a condición de que cumpla con los requisitos antes anotados.

Vamos pues, a buscar al hombre en La Vorági­ne. Doña Elena Araujo, en un ensayo publicado en El Tiempo (Lecturas Dominicales) del 20 de junio de 1965 y que titula “El individualismo en la novela colombiana”, llama a La Vorágine una epopeya épica y además, “un mito épico oriental hecho novela suramericana”. Nos parece que en ello hay un contrasentido. Si la novela colombia­na, y dentro de ella La Vorágine, es individualis­ta, no puede ser al mismo tiempo un mito ya que el mito no nace del individuo como individuo sino que tiene sus orígenes en la comunidad. El mito es un hecho social y si en ocasiones la creación del mito se debe a un solo sujeto éste, no está en tal caso en función de su propia subjetividad sino de la subjetividad de la comunidad a que pertene­ce.

Pero no nos dispersemos, nuestro objetivo es hallar el lugar del hombre en La Vorágine. Arturo Cova, o Eustacio Rivera, es un buen poeta román­tico pariente lejano de Chateaubriand, perdido entre las selvas del Orinoco y el Amazonas; su pensamiento está barnizado apenas con alguna fi­losofía. Su yo, y en esto disentimos de la señora Araujo, no es un yo con la densidad selvática del paisaje que le circunda, en vez de la vegetación de potencia primigenia característica del Amazonas, apenas si da lugar a un rastrojo enteco como el de cualesquiera de nuestros páramos.

Las reflexiones que Arturo Cova hace sobre los resultados de su conducta carecen de madurez y profundidad. Mas que las reflexiones y reproches que puede hacerse un hombre maduro, son las re­flexiones de un adolescente en uso de su primer bigote, convencido de que la vida se reduce a co­rrer tras las mujeres y después de dos noches de farra recorridas con los pies y ciento con la ima­ginación, se siente frustrado y decepcionado, cree entonces ser el primero en descubrir la absurdidad de la existencia y que por lo tanto la vida no merece vivirse.

No quiere decir lo anterior que la problemática planteada por las circunstancias al yo de Cova ca­rezca de importancia y de interés existencial; la tiene si, a pesar de ser una situación corriente: la del provinciano cuasi poeta que realiza sus estu­dios en la capital metido en el cauce de la bohemia estudiantil, que vive una serie de aventuras fáciles, hasta que llega de improviso a una que cree ser definitiva porque colma momentánea­mente su Insatisfacción; pero ocurre lo Imprevisto y los hechos toman un cariz conflictivo. Para cumplir con su honor y defender su amor no le queda otro camino que sacrificar carrera y porvenir por fugarse con su amada a un lugar distante de toda mala suerte.

El asunto es interesante, maleable, lo que ocu­rre es que a Rivera le faltaron instrumentos ade­cuados o no estaba en situación de tratarlo. Segu­ramente no tuvo a mano el psicoanálisis de Freud ni los adelantos realizados por éste en la psicolo­gía o no poseía la formación humanística que le permitiera manejar el tema con más propiedad, o simplemente no quiso hacerla porque no era esa su intención, de ahí el tratamiento sin densidad, sin convicción y sin Interés que hace del caso. Rivera se queda en la epidermis de su personaje, hace la geografía de su pathos limitándose a llamar la atención, sin ningún énfasis, sobre los lugares que ofrecen mayor interés.

Alicia es una débil caricatura de la Atala de Chateaubriand. Una pobre mujer sin personalidad que a no ser por sus desmayos pasaría desaper­cibida. Rivera no pone mayor cuidado en su pro­yección. Toma una cara bonita como hay tantas, la hace gesticular tres o cuatro mimos y le añade, luego un cuerpo débil; así formada, la entrega a Cova para condenarla después a seguir tras él las planicies sin horizonte de los Llanos Orientales y perderse luego en la intrincada vegetación del Amazonas.

Barrera es un malo de una maldad sin propor­ciones, sin fundamento, sin consistencia. Una idea de la maldad que no encuentra el sujeto preciso para tomar cuerpo, una maldad flotando en la atmósfera como cualquier virus que cae de pronto, a manera de epidemia, sobre haciendas y caseríos inocentes e indefensos. Su maldad es fantasmagórica, es la maldad sin barreras.

Don Clemente Silva no es más que un pretexto de Rivera para mostrar de qué es capaz la vorági­ne, lo que puede hacer al hombre que le hace fren­te. Se puede advertir en la concepción de don Cle­mente la influencia del romanticismo extremo con su manía de recargar a los personajes con el sumum de desdichas o de felicidades, solo que don Clemente no tiene cuerpo para resistir tanta desgracia; las desgracias pasan por él, lo consu­men, le apabullan y siguen adelante arrastrando al pobre viejo tras si como una sombra.

Estos son los personajes centrales de la novela de Rivera. En su derredor rondan como sombras, no digamos personajes, puesto que les falta carácter, sino esbozos de personajes. Los personajes de La Vorágine son hombres y mujeres a quienes les pasan muchas cosas, las cosas les pasan y se los llevan en su estela. Por eso no son hombres sino pesadillas de hombres y mujeres. Al hombre no le pasan cosas sino que le acontecen sucesos, y no le acontecen de manera fortuita: él tiene parte en el impulso primario del acontecer y es árbitro de ese mismo acontecer. El hombre, el ser ahí, utilizando la terminología de Heidegger, no es un espectador desprevenido del ser de las cosas; él es el dueño de las cosas, las cosas son para él y aunque ejercen una atracción magnética sobre su capacidad cognoscitiva, éste no debe permitirles que le subyuguen, debe evitar perderse en las cosas si no quiere acabar cosificado, si no quiere ser convertido en cosa.

El hombre en La Vorágine sucumbe al hechizo de la cosa, es incapaz de defender su ser ahí y por eso la selva se lo traga sin consideraciones, inmisericordemente. ¿Y los hombres de las caucheras? Esos tampoco son hombres, son almas, almas solamente, almas que están en el infierno condenadas a sufrir un tormento que no pudo ima­ginar el Dante: convertidas en matas de caucho deben rendir su savia una y otra vez al conjuro punzante del cuchillo.

El hombre en La Vorágine está reducido a elemento de la escenografía, del decorado teatral para la representación que Rivera quiso hacer de la jungla ecuatorial de América; pero esta elemen­talidad no está del todo desprovista de ánimo, no es solamente una cosa es una especie de admira­ción despersonificada, una admiración que se admira del espectáculo terrible y soberbio que se sucede ante sus pupilas.

Rivera es como esos trovadores medievales contadores de leyendas que, conmovidos por las hazañas que narraban, acababan por ser ellos tan héroes o más que los héroes de sus relatos. Quiso contar el cuento de la selva tropical pero no llegó a la identidad con la selva, no supo robarle su se­creto, se quedó a mitad de camino como una som­bra extraña mitad hombre mitad jungla. De haber asumido su papel de ser ahí soberano, dueño de las circunstancias, no habría intentado contar el cuento de la selva, hubiera dejado que la selva y las fieras hablasen su propio lenguaje y tendríamos entonces un Libro de las tierras vírgenes de los trópicos americanos como el de Kipling lo es de las selvas indias. Si hubiera asumido su papel de ser ahí, no solamente due­ñ0, sino también dominador de las circunst­ancias, La Vorágine sería Robinson Crusoe.

¿Qué es La Vorágine en la novelística colom­biana y latinoamericana? Es el grito de un adoles­cente fornido, virgen, pleno de energías y ambi­ción que reclama su sitio en la sociedad de los hombres. Porque el hombre americano, fruto de dos razas que se unieron bajo la sombra lujurian­te de las selvas tropicales, apenas está en su ado­lescencia. Es un adolescente desubicado, sin tra­dición, sin cultura, sin filosofía. Un hombre recién despierto como el Adán que Miguel Ángel pintó en la Capilla Sixtina.

El adolescente no es todavía un hombre, es ape­nas un hombre en camino La Vorágine es uno de los primeros pasos en la novela latinoameri­cana, pero antes que novela, de acuerdo con la concepción moderna, es un romance, un cantar de gesta; no es un cantar de gestas de hombres guerreros, de caballeros enamorados y valientes, sino el cantar de gesta cuyo héroe es un asombro emocionado.

Nos hemos preguntado por el sitio del hombre en La Vorágine y podemos decir ya, como con­secuencia de lo anotado hasta aquí, que el hom­bre no tiene lugar en ella; intenta a veces hacerse oír pero su voz es apagada por las voces multitu­dinarias de la selva, no se oye bien porque aún no está templada, porque es una voz nueva que hasta ahora comienza a ensayar los tonos graves de su diapasón; prueba mostrar su cuerpo y su cuerpo se diluye, se mimetiza en el verde infinito que le sirve de escenario.

Si nos fijamos en la literatura norteamericana contemporánea de La Vorágine nos invade un sentimiento culpable de inferioridad; nos deja per­plejos el observar que cinco o diez años después de Rivera, Faulkner, por ejemplo, haya entregado a la literatura universal El sonido y la furia o Mientras agonizo. Mas nuestra perplejidad pier­de su motivación, si nos ponemos en la empresa de buscar las causas del fenómeno.

El hombre norteamericano es distinto del hom­bre de Latinoamérica. El latinoamericano es un hombre nuevo en una tierra nueva, un hombre que no sabe quién es ni ha medido las posibilidades de su suelo, mientras que el norteamericano es un hombre viejo en una tierra nueva, y no del todo nueva, sino que repite muchas de las característi­cas de su antigua tierra. El norteamericano es un vecino que cambia de casa, que abandona una re­sidencia estrecha e incómoda, recargada de tradi­ciones, herencias y recuerdos, por una mansión espaciosa, nueva, que le abre la perspectiva de realizar en ella, libremente, sus ambiciones; por lo tanto su proceso de adaptación no produce ningún desgarre, ningún choque violento; solo tiene que vencer un ligero complejo de usurpador, echar raíces que lo aten y repartir por las innume­rables salas y aposentos del hogar el contenido de los arcones en que trajo sus antiguos haberes. Nunca perdió su identidad a pesar de que las cir­cunstancias de la residencia adquirida imprimieran cambios a su temperamento y dieran nuevos rumbos a su fantasía, a su ambición y a sus fuerzas rejuvenecidas por el contacto con la atmósfera saludable de la tierra inculta.

¿En qué quedamos al fin sobre el ser de La Vorá­gine? En esto: La Vorágine no es una epopeya acabada, es una epopeya balbuciente; no es tam­poco un mito, es solamente una leyenda; es un mojón, una piedra de cimiento sobre la que se apoya la arquitectura del hombre americano que ya empieza a tener su estilo propio, sus propios volúmenes, su propia configuración en la novela de Carlos Fuentes, de Vargas Llosa, de Miguel Án­gel Asturias. Creo que la novela de Fuentes, de Vargas Llosa y de García Márquez tiene impor­tancia singular a este respecto. Mencionemos de pasada a cada uno de ellos. Carlos Fuentes, meji­cano, autor de La región más transparente, y La muerte de Artemio Cruz, ha llamado la atención de la crítica inter­nacional. Su obra, para mi en especial La muerte de Artemio Cruz, ofrece una contextura original, un tratamiento auténtico, casi libre de extranjerismos, de la problemática que debe afrontar el hombre de América una vez esté consolidada, una vez que haya adquirido su fisonomía inconfundi­ble.

Vargas Llosa resulta, a juicio nuestro, un caso insólito en la novela de América del Sur. Le conocimos por La ciudad y los perros que nos sorprendió por la maestría del diálogo, la fuerza narrativa, el realismo y el atrevimiento de la concepción, la ambientación acertada y el pensamiento y el estilo americanista que trasciende. La casa verde reafirma su talento y despeja todo equívoco frente a la autenticidad y valor de su estro. Rojas Herazo ha dicho que La casa verde constituye una forma adulta de la novelística americana, compartimos su opinión. Es una forma adulta si, pero no madura, a pesar de su calidad indiscutible.

García Márquez, acusado de seguir muy de cerca la tradición impuesta por la literatura norteamericana, Faulkner en especial, es la muestra más convincente de lo que ha logrado la literatura colombiana. No nos dijo mucho con La hojarasca y EI coronel no tiene quién le escriba, pero su voz no puede dejar de ser escuchada en La mala hora y en cuentos como Un día después del sábado y Los funerales de la mama grande. Este último cuento es un logro de calidad positiva, en él se perciben aciertos de ambientación, humor depurado, crítica certera y consciente, estilo lite­rario casi decantado de Influencias foráneas y personalidad literaria bien definida.

No podemos dejar de citar a Alejo Carpentier, a Mejía Vallejo, a Julio Cortázar, a Eduardo Mallea, a Jorge Icaza porque también se han preocupado de exponer al mundo las dimensiones, el carácter y la figura que tendrá el hombre de la América Latina.

Fernando Mejía o la tentación de la esperanza

Por José Chalarca
Manet mientras vivió fue rechazado siempre del «Salón", pasados algunos años de su muerte, la crítica parisiense descubrió su valor y lo entro­nizó con derroche de publicidad y de zalemas. Así ocurre frecuentemente con muchos hombres grandes: pasan desapercibidos, ignorados cuando no vituperados y perseguidos. Sufren penurias y vejaciones, nadie les hace caso, algunos los mi­ran pero no los ven, otros los ven pero cierran los ojos para no verlos, para poder decir después, cuando haya pasado el peligro, cuando todos se pongan de acuerdo en reconocer la grandeza real de quien vivió entre ellos como si no viviera: no es nuevo para mi, fui uno de los pocos que reco­noció su valor y le tendió la mano.

Los pensadores, los poetas, los artistas, los creadores, están condenados a vivir siempre al margen, a estar separados de la gente común, a no ser comprendidos, a ser tenidos como mons­truos raros. Algunos son acogidos y venerados desde el primer momento, otros, en cambio, des­de antes reciben el rechazo, no se les permite si­quiera presentarse a escena, tienen que permane­cer entre telones. Ese es su hado, su destino, su suerte, cualquier cosa, pero eso es lo que les ocu­rre a muchos.

¿Dejarán por ello de ser grandes, serán menos creadores, menos pensadores si no ocupan a dia­rio las primeras páginas de los periódicos, si no están en labios de las edites intelectuales, si no son tema obligado de los círculos artísticos y lite­rarios? No. Si una creación, un pensamiento, un poema valen como tales, es decir, son pensamien­tos, obra de arte o poesía genuinas, lo serán siempre aunque su autor no sea el hombre del mo­mento y la crítica se vende los ojos para pasarlo de largo.

El Boletín Cultural y Bibliográfico de la Biblio­teca Luís Ángel Arango correspondiente al mes de febrero de 1965, trae en la página 271 un pano­rama de la nueva poesía colombiana presentado por Helcías Martán Góngora.

Martán Góngora ha abarcado en su vista panorámica a muchos de los que fueron, a unos cuan­tos de los que dicen ser y a todos los que son poe­tas menos a uno: A Fernando Mejía. La no Inclu­sión de Fernando en el panorama martaniano pu­de obedecer a un olvido Involuntario, o más bien, a que su personalidad poética no puede ser captada en una vista de conjunto. De una cosa puede estar seguro el señor Martán Góngora y es que Fernando no le guarda, ni le guardará ren­cor por ello, ya que el rencor es mezquino y él es un fiel seguidor del decálogo whitmaniano que proscribe al poeta la mezquindad.

No obstante todo, Fernando es un poeta de los grandes. En sus versos se escuchan ecos de Vallejo, Neruda y García Lorca, y es un hombre an­gustiado. ¿Cuál es el por qué de su angustia ¿Todo y nada, quizá porque su sino es la angustia y los sinos son Indefinibles. La angustia de Fernando, su angustia, es una angustia gigante, más que gi­gante, Infinita, iIimitable, Indescriptible mas no por ello sin consistencia ni peso. Su peso es como el peso del aire de la atmósfera que oprime sin aplastar.

Decía que la angustia de Fernando era causa­da por todo y por nada y mejor de lo que lo pueda decir yo, lo dice este poema de su primer libro “La Inicial estación”, que se titula precisamente An­gustia.

Ya no podrá mi fe volver a la esperanza,

porque bajo la noche mi corazón tremante,

es ascua que desata su ceniza envolvente,

sobre el alba, el camino, el lirio y el infante.

Estaré siempre solo. Soberbiamente solo,

como un viejo marino que pierde su navío,

y se ve condenado a seguir transitando

con su terrible angustia los más duros caminos. (1)

.

“Ya no podrá mi fe volver a la esperanza”. No se­ría aventurado decir que ese todo y nada que motivan la angustia de Fernando se capitaliza en la lucha contra la esperanza, porque la esperanza, como lo hubiera dicho Marx, es otra de las aliena­ciones que pierden al hombre. La esperanza obnu­bila, enceguece; el hombre poseído por la espe­ranza se vuelve conformista y contentadizo, depo­ne sus armas, entrega en manos de los más astu­tos la lucha y las razones para la lucha. Cautivado por el melodioso canto de esa sirena farsante se despreocupa de sus penurias del momento, las hace de lado o las amordaza cruelmente para se­guir pisando con los pies llagados la uva que em­briagará la sed de quienes lo explotan .

“Vencer la esperanza; comprender, en fin, que no hay salvación, extraer de esta revelación una Alegría indomable, es la más alta cima a que puede aspirar un hombre”, dijo Nikos Kazantzaki con acento prometeico. (2). De esa guerra a muerte nace pues la angustia lacerante de Fernando. La esperanza se ha hecho carne con él, se ha vuelto un quiste maligno que se reproduce apenas cerce­nado sin darle tiempo de vestir la coraza salva­dora de la desesperanza.

Puede decirse también que la esperanza se de­fiende de Fernando con la angustia, puesto que la angustia, según el decir de Gabriel Marcel, “inmo­viliza”, (3) enerva, paraliza, ata las manos y el espíritu para el combate. La esperanza toma la forma de la angustia y le persigue a todas partes hasta lograr que a fuerza de tenerla siempre en pos de si, concluya por amarla así como el prisio­nero acaba por enamorarse de las cadenas que le aherrojan. Le tienta a cada Instante como una mu­jer impúdica, se desnuda ante sus ojos y le incita a que se arroje entre sus brazos descarnados y aprovechar entonces el éxtasis fugaz del abrazo para precipitarlo sin piedad en las profundidades oscuras de la desesperación y de la muerte. La de­sesperación no es nunca lo contrario de la espe­ranza, es el abismo que separa a la esperanza de la desesperanza, semejante al que separa a la nada del ser. La desesperación es negativa, la de­sesperanza es positiva; la desesperación pierde al hombre mientras que la desesperanza lo confirma en el ser, le enseña a esperarlo y extraerlo todo de su quehacer a confiar en sus fuerzas. Se introduce en el centro mismo del ser del hombre y le susurra con insistencia: “Intenta hacer a Dios de todas las cosas, de tu carne, de tu hambre, de tu miedo, de tu virtud y del pecado». (4).

Fernando resiste a los halagos de la esperanza vestida de angustia prostituta aunque no logre por ello liberarse del todo, pues ella, obcecada, marcha a su lado como una mujer celosa hasta el hastío que no le deja volver la vista a ningún sitio porque le atenaza el miedo de perderlo. Bajo la presión tibia de su brazo Fernando canta:

“Es Imposible, hermanos, la alegría.

Cada hora nos deja un sabor Inseguro de mace­rado pan.

Vamos sufriendo oscuramente

bajo soles violentos o lluvias torrenciales ... ...

Vamos por las ciudades

gastando el alma con los pies”. (5)

La esperanza, siempre bajo las máscaras de la angustia, le transporta hacia la infancia como di­cen que Satán condujo a Cristo a las cumbres más altas de Judea, y mostrándole el campo do­rado-verde-rosa de su niñez le incita para que se batan allí Fernando acepta el reto y en lo más en­conado del combate capitula y gime:

“Yo quisiera llorar como en la Infancia.

Sentir que el llanto lentamente

me desdibuje en nieblas las miradas.

Escribir otra vez en los cuadernos

el bello nombre de una colegiala.

Llorar porque los días cierran sobre la tarde

una ventana.

Esa ventana que soñara siempre

abierta por las manos que yo amaba ...

... Llorar porque mi madre

me hablaba de caminos y nostalgias,

llorar porque mi padre me decía

que era más triste el corazón que el alma;

porque mis hermanitas iban solas y descalzas

y porque todo era más triste;

más triste la esperanza;

más triste el corazón adolescente;

y más triste la luz en las miradas. (6)

Seguidamente entona una canelón para que los niños se eternicen:

“En las manos de los niños

dejad solo cuadernos,

para que escriban siempre;

patria, paz, compañero,

y dibujen cantando

un árbol o un perro ...

... Decidles que la vida

es hermosa; y que el viento

fue creado por Dios

para ungir sus cabellos;

y que el trigo se dora por sus vocablos tiernos;

y que el alba es azul

si despiertan sonriendo ...”. (7)

Canta esta canción con un acento convicto y te­naz sabiendo desde antes que su deseo no logra­rá escalar los muros de lo posible y que a los ni­ños les saldrá bigote y cambiarán los cuadernos por las armas o las herramientas y fingirán olvidarse de los pantalones cortos, las cometas y los rizos. Y lo sigue deseando todavía con la vehemencia de Unamuno un viejo hermano suyo en la soledad que escribió una vez:

“Por qué lloras ahijadito con ese llanto fatal ¿

Es que acaban de decirme que he de llegar a papá “Pero si todos los niños

lo que quieren es medrar. Yo no, yo quiero ser niño

por siempre y siempre jamás” (8).

Dice Javier Arango Ferrer que “Ios temas Infan­tiles son comunes a todos los grandes poetas por­que en ellos hay casi siempre un niño detenido” y esto vale (lo del niño detenido), creo yo, no sola­mente para los grandes poetas sino para todos los hombres. Los hombres nunca dejan de ser niños, solo cambian de número de talla en la ropa y juegan a jugar en serio; la diferencia radica en que la mayoría de los hombres no quiere reconocerlo y los poetas sí, no solo reconocen sino que procla­man a gritos ese reconocimiento.

En la poesía de Fernando Mejía hay elementos constantes entre los cuales se destacan más el campo y los manes familiares. En medio de las sombras tutelares que presiden sus poesías sobresale por su rotundez, su grandeza discreta y su bonhomía la sombra del padre.

“Cómo recuerdo ahora a mi padre cuando llegaba a la labranza, para dejar entre los surcos

la fe vibrante de su alma,

y hacer que en ellos la simiente su vital fuerza levantara,

y sobre el horno de su amor

el maíz áureo se curvara ...

... Amaré tanto su memoria que irá a mis huesos apegada; y su imagen será en el tiempo hondo clamor de mi nostalgia; y mi sangre -brasa cautiva-

de su ceniza desterrada”. (9)

El sentimiento que Fernando experimenta hacia su padre es un sentimiento claro y distinto. Los versos con que lo canta exhalan amor, respeto, veneración, admiración. Fernando quiere a su padre con un amor diáfano, transparente, que está muy lejos del oscuro y complejo sentimiento con que un Kafka o un Sartre evocan la memoria de sus progenitores. Fernando no le reprocha nada, no le pide nada, lo quiere como fue y como es en su re­cuerdo y a él, a su padre -quien lo prolongó en la sangre y en la voz-, ofrece reverente los arpegios dulce-amargos de su canto.

Fernando es un virgiliano frustrado por la angustia vital, nacida, como dije antes, de luchar con la esperanza, que prendida a su existencia como una Erinia Implacable le Impide disfrutar las alegrías silvestres hasta arrancarlo por fin de su campo patriarcal y, nuevo Ulises, condenarlo a vagar sin descanso por las ciudades sucias del humo de las fábricas, por los caminos de hierro y asfalto donde las flores no florecen y el musgo no germina.

Y en su vagar desterrado Fernando no se olvida del campo ni de las flores ni de los árboles y tiene que cantarlos entonces desde la orilla brumosa del recuerdo. Inclinado sobre la sima de su memo­ria tañe la lira y trina como un pájaro enjaulado añorando las ramas bordadas de capullos, los ho­rizontes abiertos, el vértigo del vuelo por los aires perfumados:

... EI río era un remanso en el verano... (10)

Recuerdo el cántaro como un oasis apagando mi sed de caminante... (11) ... Sobre la tierra grávida de tallos

se cumplió la verdad del evangelio ... (12) ... Los montes llegan hasta mis visiones como solemnes dioses tutelares ...” (13)

No habrían cantado así Virgilio y Horacio de ha­ber sido desterrados de las campiñas luminosas del Lacio ¿

La poesía de Fernando contiene luz y desespe­ranza. Una luz tibia en pugna con la sombra como la luz de Rembrandt y una desesperanza Inválida como una mariposa con las alas rotas. Y música como la de la quinta sinfonía de Beethoven y sonrisas, sonrisas tímidas. Fernando sonríe en sus poemas como un niño que sorbe sus lágrimas ante la perspectiva de un bombón.

En sus versos hay también fuerza y reciedum­bre. La lira de Fernando es una isla de roca aba­tida por las constantes tormentas de la vida pero, erguida, siempre aunque el agua al retirarse se lle­ve entre la espuma sus arenas y corroa sus ci­mientos.

Al concluir este sencillo estudio sobre la poesía de Fernando Mejía cabe una pregunta: saldrá triunfante en su lucha contra la esperanza? será él mismo quien nos lo diga después de algunos años. Aún le queda por vencer la suprema tentación de la esperanza que no se deja abatir tan fá­cilmente. Esa suprema tentación en la cual la es­peranza pondrá en juego toda su argucia y toda su fuerza es el suicidio. Sufrida con éxito esta última prueba Fernando habrá derrotado a la esperanza y podrá entonar con toda su voz el canto triunfal de la desesperanza y decir la soberana libertad del hombre.


NOTAS:
1.
MEJIA MEJIA, FERNANDO “La Inicial esta­ción. Biblioteca de Escritores Caldenses. Vol. 6 Manizales, 1961, Pg. 60.
2.
KAZANTZAKI, NIKOS . “EI jardín de las ro­cas” Obras escogidas. T.II.Ed. Planeta. Bar­celona 1962. pg. 287.
3.
MARCEl, GABRIEl. “EI hombre problemáti­co “Trad. María Eugenia Valentier. Ed. Sud­americana. Bs. Aries 1956. pg. 77.
4.
KAZANTZAKI NIKOS. Opus clt. pg. 272
5.
MEJIA MEJIA, FERNANDO. “Cantando en la ceniza” Biblioteca de Autores Caldenses. Vol. 15 Manizales 1963. pg. 20.
6.
Ibidem, pg.14
7.
FERNANDO MEJIA, opus. clt. pg. 24
8.
UNAMUNO MIGUEL DE. Citado por Charles Moeller en “Literatura del siglo XX y cristia­nismo” T. IV Trad: Valentín García Yebra. Ed. Gredos, Madrid 1960. pg. HO.
9.
MEJIA FERNANDO. Opus cit. pg. 36. 10.11 - 12 - 13 - MEJIA FERNANDO. Opus. cit. págs. 64, 65, 70, 71.